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If you could read my mind

No comparten sus problemas, los japoneses. Los consideran una especie de enfermedad contagiosa. Al menos, eso me contaron hace unos días. Yo no creo que sea bueno guardarse ciertas cosas para uno mismo, pues se corre el riesgo de estallar, pero sí comprendo el punto de partida.


Y es que a menudo, de tanto compartir dudas, estas crecen, se multiplican. Esperabas el consejo perfecto y solo cavaste una zanja más honda en la que perderte. Causando además preocupación en los demás, preocupación innecesaria si finalmente la tormenta pasa de largo. ¿Sería mejor colocarnos la máscara del "todo va bien" hasta que, de una manera u otra, podamos prescindir de ella?

Recuerdo que hace varios años un amigo estuvo en el hospital pero yo solo me enteré cuando le dieron el alta. Yo y casi todos: la familia y los amigos más íntimos no quisieron angustiar a nadie mientras no hubiera nada seguro. Y aunque mi reacción inicial al descubrirlo fue el enfado, enseguida comprendí que habían hecho bien. Nos habían ahorrado días de incertidumbre y tensa espera.

De paso, me di cuenta de que alguien podría desaparecer de tu vida de un día para otro sin que nunca llegaras a saber cómo ni por qué, y de eso tan triste nació algo bueno: el germen de mi primera novela. En las salas de espera esperando un diagnóstico, no sé si habría nacido alguna. Sería muy distinta, en todo caso. Así que sí: entiendo que en ocasiones el silencio pueda ser el mejor consejero.

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Passing birds

¿Puedes pararte en el movimiento? Sería la única forma de conseguir una cosa y su opuesta. Porque me voy dando cuenta de que lo anhelamos todo. Una vida estable y agitada, disfrutar de nuestra soledad con el apoyo incondicional de una pareja, alguien que diga un sí taimado y también alguien que lo grite más fuerte. Lo queremos todo sin comprometernos a nada. Una libertad a medias en la que sentirnos cómodos.


Supongo que no podemos evitarlo. Nos dijeron que soñando todo ocurriría y lo creímos a pies juntillas. Y soñamos, y llegaron cosas, y siguieron apeteciéndonos otras. Contradicciones de la vida moderna cuando todo debería ser más sencillo.

Desde fuera, todo se ve tan claro. Ella debería apartarse de su ex, él tendría que apostar por la opción segura, el otro podría terminar de una en una sus historias en vez de pretender abarcarlas todas. Pero puede que solo estén, estemos jugando. Aprendiendo malabarismos. Y quizás esté bien así, porque si no hemos venido a jugar, ¿qué hacemos aquí?

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Nobody said it was easy

Con sus mil caminos, el laberinto te atrapa haciéndote creer que solo tú lo cruzarás. Una posibilidad entre mil que se traduce en dar vueltas y vueltas. Perdido, recuerdas aquel truco. Si siempre eligieras el camino de la derecha, acabarías por encontrar el camino correcto. Eso dijeron, al menos, personas con todo el tiempo del mundo por delante. Tú no tienes ese lujo. Intentas desdoblarte en cada bifurcación, llamas a todas las puertas.


Nunca entendiste la solución al enigma de las puertas parlanchinas en la película Dentro del Laberinto. Si una siempre dice la verdad y otra siempre miente, estás perdido. ¿A quién creer? Has confiado en la gente tantas veces y otras tantas te han mentido... Quizá las relaciones entre personas se basen en eso, en la confianza ciega. No queda más remedio. Te juegas el todo por el todo.

Sientes tanta hambre de mar que buscarás unas rocas para usarlas como trampolín. Sin saber si el agua tiene la temperatura idónea o si llegaste a la playa correcta. Confiarás que al salir no sientas el frío sino el placer. Entonces te secarás, contemplarás el paisaje alcanzado. Mil caminos pero solo uno te llevó hasta aquí.

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Calm after the storm

Cuando estás enfermo, te llegas a convencer de que nunca volverás a estar bien. Te duele la muela o el oído y vas haciéndote a la idea: de ahora en adelante tendrás que vivir así, con este dolor. Nada existirá que no sea eso, piensas. Luego el dolor remite. Y no es que la vida mejore, pero sí vuelve a ser tal como la recordabas, y eso también te gusta.


"Baila, baila, baila", le recomiendan al protagonista de una novela de Murakami que lleva ese consejo por título. Tiene que seguir bailando aunque no sepa o no le apetezca, aunque no se sienta capaz de captar el ritmo. Bailar hasta que llegue la complicidad de una mirada. Irte o quedarte: la certeza de haber elegido bien.

Disfrutarás entonces de la recompensa. Tu calma tras la tormenta. Que no es una imagen única: el azul limpio entre los edificios de siempre y las flores que siguen en pie en todos los balcones, también el ladrido de bienvenida de un perro al abrirse aquella puerta, el café humeante que acompaña a todo nuevo libro, un abrazo doble. Todo habrá pasado y sabrás que lo lograste. De tanto bailar, llegaste al punto de partida.

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Life, oh life

La vida que quieres, la vida que tienes, la vida que merecías. La oportunidades que no llegaron y las que dejaste escapar. Los momentos donde todo iba a cambiar y nada lo hizo, o solo un poco, y no de la manera que esperabas. La gente más joven que tú, con más suerte o más esfuerzos a sus espaldas: ellos son la prueba de que, sencillamente, no naciste donde ni cuando había que hacerlo.


No era cuestión de tiempo sino de que estuviera escrito. Esa vida que envidiabas de la gente valiente, esos volantazos que tú nunca darás porque no sabes conducir. Como un avión que nunca llega a despegar, dando vueltas tontas por las pistas numeradas del aeropuerto. El rumbo fijado pero no autorizado.

Encogimiento de hombros, qué remedio, pasos cortos uno tras otro por la misma calle de siempre en la misma dirección de siempre. Habrá que conformarse. Y entonces llega un mensaje. Dice algo muy simple que podría trastocarlo todo: "sí". Un nuevo comienzo, una nueva carretera, ¿una nueva vida?

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No es nada mística

La magia no se puede explicar. Tiene que sorprenderte tras la esquina, como cuando eras un niño que jugaba y las cosas, simplemente, ocurrían. En tu cabeza y de verdad. Diseccionando tus rituales para hacer partícipes a los demás, al final lo único que consigues es quitarles encanto, misticismo. Como quienes señalaban las cuerdas que hacían volar a los actores de las películas.


Y además, solo crees en la magia cuando te conviene. El otro día, por ejemplo, expliqué que una amiga utiliza La noche nos alumbrará a modo de oráculo. Le hace una pregunta, abre una página al azar y lee lo que el libro tiene que decirle. Eso que a ella le funciona, a los demás puede parecerles una tontería. Así fue: risitas, comentarios para cambiar de tema.

Entre cervezas y montaditos, la conversación derivó hacia la situación sentimental de uno de los chicos. Nos contó que le gustaba quedar con cierta chica porque se daban estabilidad, pero que no se consideraban novios. Y eso que llevaban ocho meses viéndose. Los demás opinamos que era tiempo suficiente para establecer una relación. Él se enrocó: si ya estoy bien así, ¿para qué pensar que las cosas son o podrían ser de otra manera?

Ya nos íbamos cuando alguien, medio en broma, le pidió que le preguntara a mi libro si aquella chica era su novia. Él se rio y entonado por las cervezas, lo hizo. Al fin y al cabo, le iba a salir alguna frase tonta. Entonces leyó: "Eres tú. Cuesta creerlo." Cerró el libro en silencio. De golpe, volvía a ser aquel niño que creía que los dragones blancos volaban. Y delante nuestro, el más brillante de todos surcaba los tejados de Barcelona.

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Y así fue como conocí a vuestra madre

Durante años, How I Met Your Mother fue un talismán. Antes había sido un conjunto de packs de DVDs que devorabas en compañía: en un fin de semana podíais ventilaros una temporada completa, para poneros al día. Cuando aquello terminó, las aventuras de Ted y sus amigos se convirtieron en tu faro. Cada capítulo tenía una frase clave que se ajustaba a tu momento actual, que te orientaba cuando lo necesitabas o te señalaba lo importante si tú no eras capaz de verlo. Los guionistas escribían la serie solo para ti, como las mejores canciones. Luego volviste a lanzarte al agua y la serie continuó un rumbo que ya no era el tuyo, pero aun así conservaste tu cariño hacia ella.


Sí, desde aquel primer "¿Conoces a Ted?" han pasado muchas cosas. En la serie y en tu vida. 9 años: tiempo suficiente para la aparición de arrugas y las primeras canas, para dejarte de barba o empezar a raparte el pelo, para encontrar una nueva pareja con la que descubrir nuevas cosas que antes parecían impensables, para instaurar nuevos rituales con nuevos amigos que se cruzaron contigo en el mejor momento. 9 años de risas enlatadas pero sobre todo de vivencias compartidas, cada martes, mientras desayunabas. Porque tú esta serie la veías por la mañana: no había mejor forma de empezar el día.

Lo que nunca fue How I Met Your Mother es una serie convencional. Y tampoco podía serlo su final, claro. Nos dijeron que lo importante no era la meta sino el recorrido y tú asentiste. Pero en realidad querías llegar, ver, saber. Cuanto antes. Y querías que encajara en tu esquema de final perfecto para poder exclamar que tú ya lo sabías. Así eres: lo pides todo, aquí y ahora, a tu manera. Olvidas que la vida es caprichosa. Que las cosas se toman su tiempo y aunque aparezcan, nunca lo hacen en el orden ni de la manera que esperabas. Los desvíos no te alejan: hacen el camino más ameno, te ofrecen posibilidades y elecciones mientras continúas avanzando.

Ted lo ha descubierto a base de dar muchos tumbos y derramar muchas lágrimas, y así se lo ha contado a sus hijos. Él ahora también sabe que en su búsqueda del amor se cruzaron muchas personas interesantes, incluso importantes, cada una a su manera. No hay un único amor, hay muchos. Y a esta verdad se suman chistes, giros inesperados, anécdotas cuya importancia solo él y los suyos entienden. También se perdieron amigos, otros se distanciaron. Dicen que el desgaste es ley de vida. Mientras sueltas una carcajada en la mesa habitual de vuestro bar favorito, te juras que para ti, para vosotros, esto no terminará nunca. Pero ocurrirá. ¿Lo disfrutarás a tiempo?


Aún no sabes qué harás la semana que viene, ya sin serie talismán. Quizá prepares un desayuno especial o nada más despertarte, sonrías por cualquier motivo tonto. Eso sí, por fin dejarás de preguntarte cómo se llamaba la madre o cómo se conocieron Ted y ella. Primero porque ya lo sabes y segundo porque ya va siendo hora de abrazar, una a una, las pequeñas cosas que te trae la vida, las subidas y bajadas, todos los desvíos. De verdad, no de boquilla.

La estación de llegada aguarda al final del camino, más lejos de lo que imaginas, y solo cuando llegues todo cobrará sentido. Hasta entonces, tú decides. Puedes contemplar por la ventana mil paisajes, contar árboles, incluso apoyarte en el cristal si lo necesitas, puedes bajarte en las estaciones antes de dejarlas atrás, saltar en el tiempo o continuar viajando puntual como un reloj. Construir tú la magia y conseguir que llueva o dejar que sea ella la que te envuelva. Es el último truco del destino: creas en él o hayas decidido tirar la toalla, siempre acabarás llegando a tu destino. Ahí estará el paraguas amarillo soñado y para cogerlo solo tendrás que levantarte y dar dos pasos.

-Hi!
-Hi...

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Más

Encender la luz. Click, y todo se aclara. Un gesto al alcance de cualquiera pero que tan a menudo olvidas. Como si dar con el interruptor no fuese de lo más sencillo, como si tampoco fuera importante. Ese avanzar entre tinieblas lo conviertes en un juego aunque nunca vaya a ser uno divertido.


No quieres ser como ese bonito bar de Gracia que solo destaca de día, cuando nadie puede entrar a tomar uno de sus cócteles. De noche está lleno de modernos y turistas, pero ni siquiera ellos pueden apreciar las coloridas paredes. Favoreciendo la intimidad, los camareros mantienen las lámparas a medio gas, y así no hay quien vea los colores ni las sonrisas que tiene justo delante.

Te gustaría parecerte a la cantante que ayer deslumbró al público junto al puerto. No era Rihanna ni era Brequette pero podría haber sido ambas porque se lo creía. Sobre el escenario, lucía gestos de estrella: echaba la melena hacia atrás, se contoneaba, gemía. Pedía a los músicos que acompañaran sus gorgoritos y ellos lo hacían. Pedía a la gente que se acercara y todos se acercaban. Sí: ella cantaba bien y los demás aplaudían.

Te gustaría ser como las farolas del paseo nocturno. Recién instaladas, blancas. Iluminan un tramo antes oscuro y lo hacen con la luz más potente, porque nada ilumina tanto como una bombilla nueva. Ser como ellas, como la mariposa en llamas, como la luna llena. Brillar incluso de noche, alumbrarlo todo desde lo alto del cielo.

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We can be heroes

La semana pasada vi cómo los egos empañaban varios proyectos colectivos en los que colaboro. Crearon pequeñas grietas que, como todas las grietas, irán ensanchándose con el tiempo. Supongo que es inevitable porque, al fin y al cabo, ni en grupo alguien puede dejar de ser uno mismo. Pero es una lástima.


No conoceréis a nadie más individualista que yo. Incluso egoísta, a menudo. Me gusta mi espacio y me gusta defender ante todo lo que es mío, sí, como a todo el mundo. Aun así, cuando me implico en un proyecto con más gente es para que todos ganemos. Un poco como ese sentimiento de colmena de los japoneses. Todos a una y una para todos.

Está claro que si participas en algo es para sacar algún beneficio para ti. Notoriedad, contactos, dinero. Nadie invertiría horas en nada si no obtuviera algo a cambio. Y que nadie se engañe: la realización personal también es un beneficio.

Tarde o temprano ves que el de al lado destaca más que tú. Y tienes miedo. De que pise tu terreno, de que en adelante te quedes diminuto y los demás te ignoren. Hasta que al final te das cuenta: lo bueno de pertenecer a un grupo es que cuando uno brilla, consigue que los demás brillen a su lado. Y además puedes transformar la envidia en ganas de superarte. "Yo también puedo hacerlo, y mejor que nadie." Así mejoras tú y se fortalece el grupo. No seamos enemigos, sino héroes unidos.

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Don't you want me

No eres exactamente tú, pero de tanto mirarte al espejo te acostumbras a imaginarte así. Como ese desconocido que el reflejo te devuelve. Más o menos os parecéis, aunque él siempre será zurdo y tú diestro. En cambio, las fotos y los vídeos muestran a una tercera persona. Con entradas más pronunciadas y algo más gordo, la nariz enorme por más que intentes no salir de perfil. Llegas a pensar si en realidad no serás así y tú eres el único que no se da cuenta.

 
Dicen en Evangelion que eres la suma de esas imágenes que los demás tienen de ti. Una visión distorsionada que a ti te aterra. Qué pensarán cuando fuerzas un chiste o te pillan en una contradicción, cuando escribes una frase más brillante que el resto. Disfraces momentáneos que engañan para siempre. Que emborronan la única verdad, tu identidad normalucha, la que llevas dentro y querrías mostrar pero no te ves capaz de hacerlo, al menos no de forma limpia y sincera.

Cada gesto es otro adorno. La naturalidad relegada por completo, como cuando te enfocan con una cámara, sí: de repente haces caras extrañas sin pretenderlo. Lo que pensabas que sería una sonrisa los demás lo han visto quizá como una mueca psicópata. Por suerte la cámara no lo capta, solo capta una boca torcida, medio oculta detrás de otras cabezas. La sonrisa convertida en trazo y la identidad en naufragio. Si ni siquiera el espejo se pone de tu parte, nunca podrás estar seguro de ser quien crees.

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Set fire to the rain

Salí del cine y llovía. Acababa de ver una película que me había encantado, incluso inspirado, pero la noche me recibía así. Transformando las gotas aisladas de la tarde en un chaparrón. Bajo el porche del acuario, los demás esperaban pacientes a que amainase. Yo tuve que echar a correr porque no me quedaba otra. Tenía que llegar a tiempo para el último metro, a tiempo de cenar a una hora decente. Solo haces locuras cuando el reloj aprieta.


Me empapé enseguida. Era una lluvia fría como todas las lluvias de invierno, una lluvia fina y constante que me iba calando sin darme cuenta. Luego me secaría el pelo con la manga del abrigo, pero en ese momento solo pensaba en cruzar el puente por el camino más corto, esquivar charcos, desear que los semáforos se pusieran de mi parte. Corrí hasta que me faltó el aliento.

Y eso no tardó en ocurrir porque no estoy acostumbrado a correr tanto. Bajando el ritmo, pareció que la lluvia también disminuía. Los círculos que se dibujaban en el mar desmentían esta impresión, pero sí, yo noté menos lluvia. Como los samuráis, me había hecho a la idea de que iba a mojarme y lo disfrutaba. Mejor eso que protestar en vano.

Alcé la cara para recibir las gotas con la boca abierta. Y allí en lo alto vi una mariposa. Una mariposa de fuego enorme, quieta, brillando a pesar de toda el agua que caía contra ella. La mariposa resistía. Y a pesar de toda el agua que caía contra mí, sonreí al verla. Ya en la estación, justo entonces se abrió el ascensor que baja al vestíbulo y lo cogí por primera vez en mi vida. Bajé, me sequé, esperé, leí. Llegué a tiempo.

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Come on and do it

"Un amigo que ha sacado un libro...", le contaba a una amiga. "Pero no el chico del otro día, otro que también es escritor". Y ella alucinaba, claro: ¿cuánta gente que escriba o publique libros puedes llegar a conocer? Y fotógrafos, y diseñadores, y dibujantes... La vida convertida en desfile de artistas.


Durante muchos años no fue así. Antes me quejaba, de hecho, porque no tenía nadie con quien hablar de libros o de escritura. Creía que se trataba de mala suerte, de no frecuentar los círculos apropiados. Me convencí de que decir con qué lectura andaba ahora sería como lanzar una botella al espacio, así que optaba por leer en silencio.

La solución, como suele ocurrir, estaba más cerca de lo que pensaba. En mi interior. Porque en cuanto retomé el hábito de escribir y lo compartí, enseguida llegó a mi vida gente que también escribe o que le gusta leer, gente que me recomienda y aconseja, que me enseña nuevas perspectivas, con la que disfruto hablando, a veces por las redes sociales y a veces cara a cara, de todos esos temas que me interesan.

Dicen que el optimismo atrae más optimismo. Me gustaría creer que algo parecido ocurre con la creatividad. Como en el vídeo del Holstee Manifesto, que ya he puesto otras veces por aquí: "Share your passion and do it often". Las ideas de otros te contagian; también su entusiasmo: verles con ganas de crear te inspira a crear a ti también. Es una botella de cava descorchada. Descubres nuevas bellezas a través de los ojos de otros y ya no paras.

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Touch

Dicen que es como tener un hijo. No lo sé, nunca he tenido uno ni parece que lleve camino de tenerlo. Pero si tener un hijo es extraño y familiar a la vez, entonces sí: recibir un ejemplar de tu propio libro es como tener un hijo. Sujetarlo entre tus manos se siente igual de extraño y familiar.


Te lo crees y no te lo crees. Parece algo natural, siempre supiste que sería así, y sin embargo tiene el toque de irrealidad de un rodaje. De una toma mil veces repetida. No es muy distinto a viajar a Nueva York: has visto esta ciudad desde tantos ángulos en tantas series, películas, anuncios, conoces tan bien la ubicación de sus tiendas y rascacielos y anuncios luminosos y sus taxis amarillos que se desdibujan en las fotos y el murmullo de la gente... que cuando estás ahí en medio, no hay sorpresa que valga, no hay fascinación y sí un punto de incredulidad. Porque ya la conoces como la palma de tu mano y aun así te sientes perdido en ella.

Algo así. Tras horas maquetando el libro, corrigiéndolo, comprobando que todo siguiera correcto tras cada cambio, el miércoles recibí un primer ejemplar. Pensaba que lloraría, pero no lloré. Pensaba que me parecería pequeño o grande, y no: era justo de la medida que imaginaba, que para eso estuve comparando opciones. Pensaba que lo olería y solo me acordé después, cuando me lo preguntó un amigo.


Hubo un detalle que sí me fascinó. Que alguien (una máquina) le hubiera dado forma física a lo que originalmente solo eran dos PDFs. Lo abrí, creo que fue lo primero que hice, y por más que lo hojeaba, no entendía cómo era posible que mis páginas estuvieran en orden, bien cortadas y encoladas. Todo en su sitio, cada elemento parte de un todo. Sigo sin entenderlo: tiene que ser un truco de magia.

Ah, y el tacto. El tacto de la portada se me hizo raro al principio. No era tan suave como había imaginado, pero tampoco áspero. Era el tacto exacto de mi libro. Ningún otro tiene ese tacto y es lo que lo hace especial, supongo. Después, yendo en metro, nadie más entendía mi sonrisa al sostener ese libro, bastante tenían ellos escuchando su música o pensando en sus asuntos. Yo no podía evitarlo: estaba orgulloso. Qué raro se hace tocar las cosas bonitas, pero qué bonitas son.

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La noche nos alumbrará

Hoy me siento más feliz de lo normal. Me comprenderás, supongo, si te cuento que hoy (auto)publico mi primer libro. Se titula La noche nos alumbrará y no, no es la novela de la que vengo hablando desde hace tiempo. Esa también llegará, porque todo llega, pero todo a su debido tiempo. Las mareas no puedes controlarlas, son más sabias.


No: La noche nos alumbrará no cuenta una historia. Cuenta muchas. Casi 200, de hecho: escritas a lo largo de los años en este mismo blog. Porque sí, después de compartir tantas experiencias, me apetecía reunir mis entradas favoritas de Sombras de neón y aquí están: revisadas, ampliadas, acompañadas por textos nuevos, conectadas entre sí a modo de juego... para que conviertas el día a día en tu propia aventura.

Cuando abrí el blog en 2009, lo hice aconsejado por el que entonces era mi novio. Él decía que me vendría bien, que así escribiría más. Y tenía toda la razón del mundo. Pero tardé tiempo en descubrir que un blog también puede servir de terapia, de desahogo, de faro en la niebla y de foro donde conocer gente afín. De motivación para mejorar. O para intentarlo, al menos. El libro intenta reflejar este proceso.

Así que gracias, Enric, por esa idea y ese título que me trajeron hasta aquí. Gracias también a Jose por la portada espectacular. Gracias a Fer de Confesiones tirado en la pista de baile por el prólogo. Gracias a Víctor Algora por cederme el título. Y también gracias a ti, lector o lectora, por darle sentido a cada entrada que hayas leído. Lo dicho: hoy me siento muy feliz.

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You can fly! You can fly! You can fly!

Al final te lo llegas a creer. Que la magia existe, que está por todas partes, pero sobre todo aquí. En Disneyland París. Aunque para ti siempre será EuroDisney, ya va siendo hora de que te acostumbres a su nuevo nombre. El mejor regalo incluía no solo pisar París, también venir aquí. Al epicentro de la magia.


Te habían contado leyendas acerca de gente embelesada dando saltos entre los parterres llenos de flores dispuestas en forma de Mickey. Cánticos sobre "otro mundo" y buenrollismo por doquier. Pero cuando desembarcas bajo el cielo gris de un frío día de enero, todo eso parece tan lejos como el sol de Barcelona. O será que no has abierto los ojos, todavía.

Porque poco a poco te empapas del efecto Disney. Entre castillos y lanzaderas especiales, acabas por ver que aquí hay más parejas que niños. Parejitas, mejor dicho: se besan y se miran en todo momento, felices como en un primera cita. Tontean. Todo les hace ilusión. Especialmente, recorrer juntos las tierras exóticas, perderse en las cuevas de los piratas, montarse a lomos de una tortuga o a bordo de una alfombra voladora.


Y entonces se apagan las luces para que luzcan los fuegos artificiales. Y los focos de colores, los láseres. La música, también. A su ritmo, cobran vida todos los personajes de las películas de tu infancia. Para cuando los coros cantan "¡Volarás, volarás, volarás!", tú ya estás en las nubes, junto a Peter Pan, y recuerdas de manera definitiva que sí, que es posible volver a ser ese niño que aún tiene ganas de lograrlo todo.

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Turn it on

El cachete que hará llorar o reír a un recién nacido. Una puerta de embarque por confirmar. Una montaña de ropa limpia pero con arrugas, a punto de ser planchada. Los ojos abiertos que aún no se han fijado en nada, la boca abierta cuando ya sabe de qué quiere hablar. Una maleta abultada.


El nadador que toma impulso para lanzarse desde lo más alto. Los tornillos que encajan como una llave y hacen clac. Un acelerador pisado a fondo. El camino sinuoso hacia la montaña de las grandes gestas y aventuras. El último toque de especias en el caldo, las últimas vueltas al cucharón. Una página que pronto dejará de estar en blanco.

Ahora sí, empezamos.

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La música nos salvará...

No iba a hacer balance. Pensaba que no me iba a dar tiempo. Que no me iba a apetecer. Y al final aquí estoy, un año más, repasando lo bueno y lo malo de 2013. Esta vez lo malo ha arañado protagonismo, pero lo bueno ha sido muy bueno y por tanto gana la batalla. 2013 no ha sido el tipo de año que yo esperaba, ni tampoco le ha hecho justicia a mi número favorito, el 13, pero cosas buenas las ha habido. Y como se suele decir, son las que importan. Las únicas que cuentan.

 
Terminé de escribir mi primera novela, por ejemplo. Aunque no haya gustado por igual a sus primeros lectores, sí ha habido gente que la ha disfrutado y comentado, y esa es la mejor recompensa. Me basta. Al menos de momento. En 2014 tocará compartirla con todo el mundo, de una forma u otra. Porque no encaja en las líneas editoriales de las editoriales, pero yo creo en ella (vuelvo a creer en ella) y quizá corra mejor suerte en los corazoncitos de algunos lectores que la compren desprevenidos.

Llevo año y medio con un chico que sigue sorprendiéndome, he recuperado amistades y afianzado muchas otras con las que hemos iniciado buenas costumbres que espero que se mantengan. He viajado poco pero siempre a lugares con gente que me importa. He ido a conciertos estupendos, he logrado que mi tienda crezca, he conocido a nuevas personas y he seguido creando... Sí, ha sido un buen año. Porque además, lo he vivido acompañado de talismanes como los que siguen.

DISCOS
1. Pet Shop Boys: Electric
Disco redondo donde no cabe el relleno. Así deberían ser todos. Nada me anima las mañanas como estas canciones bailables que se han sacado de la manga. La energía de volver a sentirse joven y poderoso. Turn it on!

2. Woodkid: The Golden Age
Este hombre destila emociones puras. Con su voz, con sus percusiones, con su instinto cinematográfico. La banda sonora de muchos días y algunos noches. Castillos en el aire que, de pronto, aterrizan.

3. Empire of the Sun: Ice On The Dune
Como el propio 2013, la tibia impresión inicial desembocó en un "¡pero qué discazo!" cuando, una a una, todas las canciones fueron conquistándome. Un oasis en el desierto, sin duda.


PELÍCULAS
1. Gravity
La joya del año. Algunos dicen que no tiene historia, que se queda solo en el espectáculo. No podría estar más en desacuerdo con ellos. Cuenta una historia sencilla, sí, pero es la historia más importante. La de acordarse de vivir y luchar por ello. Hora y media clavado al asiento.

2. La vida secreta de Walter Mitty
La última película del año puede que haya sido la más inspiradora de todas. Por eso está aquí. Por eso hay que verla. Por eso hay que lanzarse.

3. Cloud Atlas / Searching For Sugar Man
Todos podríamos ser héroes para otras personas; inspirarles con nuestros actos. Depende de nosotros. Dos historias sobre héroes no tan anónimos como ellos pensaban. La grandilocuencia de los Wachowski y la humildad de Rodríguez bien merecen un visionado.


LIBROS
1. Haruki Murakami: Los años de peregrinación del chico sin color
¿Puede un libro ser la banda sonora de un año? Porque así, justo así, sonaría mi 2013. El japonés sigue conquistándome libro a libro. Sus protagonistas y yo dudamos, cocinamos, viajamos, aprendemos juntos.

2. Peter Cameron: Algún día este dolor te será útil
Una de las primeras lecturas del año. La defendí a capa y espada en un premio literario del que fui jurado. No hubo suerte, pero sigo pensando que este hombre escribe como nadie. Me lo confirmó con la reciente Coral Glynn, que espero reseñar pronto.

3. Alessandro Baricco: Mr. Gwyn
Volver a escribir por placer. Una de las lecciones de este año la presagiaba ya esta nueva maravilla del italiano que mejor elige las palabras.

Sí, pensándolo bien, ha merecido la pena navegar a través de 2013. Con buena compañía, buena música, buen cine, buenas lecturas y unos brazos que a pesar del viento en contra siguen remando, al final siempre llegas a puerto. Muchas gracias a todos los que seguís aquí o ahí. Seguiremos conectando.

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A spoonful of sugar

"Portobello Road, Portobello Road... Donde se vende y se compra hasta el sol". Alguien hablaba el otro día en Twitter sobre La bruja novata y de repente se me pegó la canción que más recuerdo. Antes cantaba siempre canciones de musicales. Me bañaba los domingos con la banda sonora de Sonrisas y lágrimas y en mis conversaciones me remitía a Mary Poppins para todo. Era una vida prácticamente perfecta en todo.


De vez en cuando conviene ver un musical. De los buenos, ojo. Esos que te muestran una vida en Technicolor deslumbrante, como si fueras Dorothy dándose cuenta de que ya no está en Kansas. Musicales donde los problemas siempre se resuelven. En el peor de los casos, sabes que siempre podrás cantar a bordo de un coche volador.

El otro día vi Frozen y volví a ser un niño. Ni se te ocurra dejarla pasar. Debajo de la animación por ordenador y el 3D y los obligados gags para niños, se esconde el Disney más clásico. El que abre todas las puertas: a la compañía y el calor y los sueños por cumplir. Por un momento, volví a creer en esas cosas bonitas. Quizá sigo creyendo. Por algo sigo tarareando "Con un poco de azúcar, esa píldora que os dan...", digo yo. La música continuaba dentro y solo había que dejarla salir.

 
 In every job that must be done
There is an element of fun
You find the fun and snap!
The job's a game
 And every task you undertake
Becomes a piece of cake

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Conquest of spaces

Una aventura sin fin. Antes cada paso servía como puerta de entrada; traía nuevas posibilidades, nuevos retos. Bastaba con caminar para que todo tuviera sentido. Antes, sí. Tampoco hace tanto tiempo de eso, pero ya no me acuerdo de cómo lograba ese estado de suspensión. Fluir. Será que con los cambios, también llega la certeza de que no volverás a creer en aquello que creías antes.


Para ser justos, no sé si he dejado de creer o simplemente he dejado de notarlo. En la vida hay momentos así, de desajuste entre el mundo y tú; los dos avanzáis a velocidades distintas y toca convivir con ello. Hoy lo he sentido de pleno. He salido de casa media hora antes de lo normal y el sol lo tenía de frente, me cegaba sin que lo tapase ni siquiera el campanario de siempre a lo lejos. Todo eran figuras a contraluz y unas aceras que brillaban naranjas como la arena del desierto. Entonces he sabido que no iba a llegar a ninguna parte: por más pasos que diera, ahí me quedaría dando vueltas. Pero al final he llegado. Y he vuelto a subir la reja de la librería y he saludado al primer cliente y todo ha seguido su curso, tal como estaba previsto.

Quiero volver a conquistar mundos con cada paso. Quiero volver a creer que es posible hacerlo. Ser capaz de hacerlo. Convertirme otra vez en aquel ser diminuto que lo conseguiría todo, solo era cuestión de tiempo. Quiero la inocencia y el convencimiento, la espada y las ganas. Quiero la aventura del que no conoce el final del camino.

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I have confidence

Del exceso de confianza a la falta de humildad solo hay un paso. Esto es así. Y siempre acabas por darlo. Creías que habría un rinconcito del mundo que me pertenecía, pensabas que se te debía algo, y lo gritaste a los cuatro vientos. Lo contrario te haría parecer débil, y ¿cómo iba a ganar alguien débil?


Una y otra vez el mundo te demuestra que no le importas. No hay rincón para ti, ni grande ni pequeño; no hay deuda que reparar. Solo puertas cerradas. Mil puertas y unas manos, las tuyas, que no dan con ninguna llave. Ahora recuerdo cuánto me gustaba decir aquello de que si no quedan puertas abiertas, habrá ventanas. Sonaba bien. Casi creíble. Pero aquí los muros son altos y no hay ventanas ni nada que se le parezca.

Del exceso de confianza a la falta de humildad solo había un paso. Y yo acabé por darlo. ¿Y ahora qué? El bofetón de realidad duele. Quizá aspiraba demasiado alto, pero es que no conozco el caso de nadie que aspirase bajo. Imitaba a otros, pensaba que para mí sería igual de fácil. Al final, lo asumo: llegar hasta aquí no sirvió de nada. ¿Será que tengo que huir a otra parte? Enlazo pasos de ciego, en busca de algo que ya no estoy seguro de saber qué es.


Oh, I must stop these doubts, all these worries
If I don't I just know I'll turn back
I must dream of the things I am seeking
I am seeking the courage I lack