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Umbrella

Cada día se cruzan dos veces. Él y ella: tienen horarios muy parecidos y siguen el mismo itinerario, pero en direcciones opuestas. No se conocen, no se saludan, ni siquiera se miran. Al principio, no lo hacían por ahorrarse la mera vergüenza de ponerse a hablar con un desconocido en plena calle, entre los coches que vienen y las motos que van. Y ahora no se atreven porque después de dos años cruzándose a diario, quedaría raro. Supondría un paso importante, y ambos son más bien de dar pasitos cortos.


Él nunca ha tenido paraguas. Nunca le han gustado, o mejor dicho: nunca ha encontrado uno con el que se sintiera cómodo de verdad. Los prefiere grandes porque los plegables se le acaban rompiendo o atascando cuando más los necesita. Pero los grandes luego son un incordio: dónde los cuelgas, dónde los guardas. Así que lleva toda su vida dependiendo de los paraguas de los demás. De sus padres, de sus amigos, de sus sucesivos compañeros de piso. Gente precavida que compra paraguas. Se lo prestan encantados y él acepta. No sabe si se acostumbrará algún día a esos estampados con cuadros de abuela o los complicados sistemas de apertura automáticos.

Solo sabe que mientras esquiva charcos, la echa de menos. Porque los días de lluvia nunca se cruzan, es curioso. Quizá ella cambia de ruta esos días, o será que él camina cabizbajo para esquivar la lluvia. Se la imagina modelo de pasarela. No es exactamente guapa, pero sí muy alta. Cuando más le gusta es cuando no lleva maquillaje. A menudo lleva una maleta a cuestas que él ha deducido que contiene los trajes de un desfile en Madrid. Y así pasa los días: imaginándosela a ella, imaginando lo que se dirían al llegar a casa y cenar juntos.


En realidad, ella trabaja en una tienda de bolsos y maletas de viaje. Y tiene un enorme paraguas amarillo que nunca compartirán porque cada día dejan escapar dos veces la oportunidad de conocerse.

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La respuesta no es la huida

El útlimo día lo entendiste. Viendo a tu sobrino levantarse otra vez aún con el juguete en la mano. Viendo a tu gato saltar sin red. Qué habrá al otro lado del muro. Ésa era la pregunta que querías responder. Das media vuelta y sigues adelante por ese camino del que huías. Sobran precipicios en el mundo genial de las cosas que dices.


Eres la suma de todos los caminos del laberinto. Solo al recorrerlos por completo aumenta tu inventario: en uno encuentras la espada y en otro el escudo. El único error sería quedarse quieto. Las baldosas amarillas te muestran el camino más escondido y llegas por fin al centro. Viéndote tan bien armado, el Minotauro confiesa: al otro lado del muro solo hay un mar infinito.

Eso te asusta, pero ¿cómo vas a huir de algo que forma parte de tu ADN? Tú también puedes ser agua: encontrarla, tocarla fresquita, refrescarte al beberla, escucharla cuando fluye, olerla cuando le echas té. Está decidido. Te tirarás al mar y nadando volverás a ser tú. Al final, dar con la brújula fue mucho más fácil de lo que parecía.


La respuesta no es la huida.

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We found love in a hopeless place

Solo dos pares de piernas. Era todo lo que se veía desde la puerta de la lavandería. Cuatro piernas enfundadas en tejanos y cuatro pies calzando bambas. Dos personas sentadas encima de la mesa aunque hay asientos libres, dos personas haciéndose compañía, esperando a que termine el ciclo de la lavadora.


Él está estudiando y ella busca trabajo. Desembarcaron en Barcelona como desembarca todo el mundo en una ciudad nueva, por su cuenta, con una maleta, una sonrisa y muchas ganas de comerse el mundo. Luego llegaron el alquiler y las facturas y los gastos y los recortes y las subidas de impuestos, de precios, sube todo menos la calidad de vida.

Vivían cerca el uno del otro pero entonces aún no lo sabían. Pisos pequeños, edificios sin ascensor, escaleras angostas cuyas paredes se descascarillaban, cuartos de la lavadora sin lavadora. Dentro de esos zulos, los inviernos de Barcelona parecían más fríos. Pero ni él ni ella se rindieron. Salían a la calle con su mejor sonrisa y su mejor camiseta, confiaban que el futuro llegase algún día.


Sonreír costaba algo más en la lavandería, esos sitios que tan fuera de lugar parecen en el mundo civilizado, así que se llevaban un libro para leer. Él nunca leía, en realidad; dejaba el libro en la silla de al lado y se quedaba mirando cómo la ropa daba vueltas y vueltas en la lavadora. 65 minutos de soledad. Ella sí leía, pero ayer levantó la mirada de la revista y entonces le vio. Justo delante.

Hola. Nunca se pondrán de acuerdo sobre quién lo dijo primero. Pero se saludaron. Y entonces todo tuvo sentido: las penurias, Barcelona, el piso sin lavadora. Tan a gusto se sintieron juntos, hablando de sus cosas, sabiendo que el futuro había llegado y que sería un futuro juntos, tan a gusto que se subieron a la mesa. Ayer, al pasar por delante de la lavandería como cada tarde, los vi, vi sus pies alineados y supe que da igual el sitio. A veces encuentras el amor y a veces él te encuentra a ti.

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The view from your balcony

Qué buenas vistas. Se ve toda la ciudad. Bueno, eso es lo que se suele decir siempre, pero en este caso es cierto. Barcelona a nuestros pies, de noche, más allá de la brisa. Por fin hemos subido. No se oye la tele ni los gritos, sólo algún coche, y nuestras voces. El chin-chin de los vasos de cerveza fría.


Hablamos apoyados en la barandilla aún tibia. Confidencias, anécdotas, sensaciones. No llegan a secretos. Por eso no los contamos a casi nadie. Pero esta noche sí, parece que en esta terraza las palabras nos salen más fáciles. También esas palabras que no habíamos pronunciado todavía.

Apenas nos damos cuenta y estalla el amanecer. Es el primero que vemos juntos. De eso me daré cuenta después, al volver a casa; por ahora me limito a disfrutarlo. A mirarte mirándolo. Cuando piensas que no te veo, entrecierras los ojos y sonríes más que de costumbre. Luego te giras y siempre te sorprende que esté mirándote.


Qué tendrán las barandillas para que desde ellas todo se vuelva más importante. La ciudad y nosotros. Menciono la música del vecino y resulta que es la tuya, llega del interior de tu casa. Valoro el detalle. Sacas más cerveza. La última, decimos, como venimos diciendo desde hace horas. Y brindamos otra vez. Sí, es una de esas noches especiales de verano.

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Banana Yoshimoto - Recuerdos de un callejón sin salida

"De esto se trataba..."

Debía de estar reservándome para este libro. Tras varios intentos dejados a medias de adentrarme en el mundo de Banana Yoshimoto, por fin he conectado con una obra suya. Además, es su favorita, según cuenta en el epílogo. También asegura que son las historias más tristes que ha escrito jamás. Curioso, porque a mí no me han parecido en absoluto tristes ninguno de los cinco relatos que componen el libro. Todo lo contrario.


Son historias sobre la esperanza, sobre el reencuentro con uno mismo. Por eso me parece tan acertado el título: Recuerdos de un callejón sin salida. Solo tiene recuerdos quien ha sobrevivido. Quien sale de ese callejón, pone el pie de nuevo en la calle principal, luce una sonrisa y da las gracias por estar vivo. Quien entiende que la luz filtrada a través de las cortinas da más color a la estancia. Y los fantasmas pueden dar pie a una historia de amor y un fracaso amoroso traer a tu vida la amistad de los amarillos (¿será casualidad el color de las flores de la portada?) y un envenenamiento dar pie a esa reconciliación con el pasado que te hará libre.

Las protagonistas de Banana Yoshimoto son chicas vulnerables y tan ingenuas que ni siquiera se dan cuenta de que algo les faltaba hasta que el destino las arrolla para que crezcan. Y son más fuertes de lo que creían. Y tienen la felicidad a su alcance. Aquí, ahora. Solo tenían que saberlo. Solo tenían que desearlo. Ir a por ello. El libro es efectivo porque en menos de 200 páginas, cuenta cinco historias de transformación. Su estilo sencillo, de frases limpias, como cazadas al vuelo una mañana de primavera, subraya el mensaje: todo es más fácil de lo que parece.


Propongo que cada lector se atreva a escribir el sexto cuento. Se podría titular "La última pieza". Pero para colocar esa pieza, primero tienes que ir a la tienda a comprar el puzzle, eliges uno bonito, preparas entonces en casa una superfície adecuada, en una habitación tranquila y con mucha luz, reservas un poco de tiempo, te relajas, distribuyes las piezas por colores, creas el borde primero, eso es lo más fácil, cotejas, colocas piezas por instinto, dejas atrás las preocupaciones y poco a poco, sin darte cuenta, ese inmenso hueco del principio se habrá llenado, ya solo queda un punto ciego. Pero esa última pieza es la más importante. Pagaste por el placer de colocarla. El placer definitivo de haber completado el puzzle. Es su razón de ser. Rebusca en la caja, ahí está, colócala. Ahora sí, ahora admira el resultado. Es tu vida.

"Estoy aquí, ahora, con mi cuerpo, mirando al cielo.
Éste es mi espacio."

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If I don't believe in love

Has oído hablar de él. Es guapo, sabe cómo conseguir que la gente ría, le gusta ir al cine, leer buenos libros, viste bien, pero como por descuido, como si hubiera cogido lo primero que tenía en el armario. No cree en el amor. Unos dicen que es por el fracaso de una relación amorosa, otros dicen que en realidad nunca creyó en ese sentimiento. Engancha su autosuficiencia. Su sonrisa ancha, también. Podría tener más años de los que aparenta, o podría tener justo los que dice tener. Ahora no piensas en eso. Vas camino de su dormitorio, atravesando a oscuras el piso. Los muebles son solo bultos. Los besos muerden y la ropa vuela.




"Vete cuanto antes. Has sobrepasado tu tiempo."

Eso les dice él a todos los chicos que pasan por su cama. Te lo han advertido. Con los más divertidos tarda un poco más en decirlo, espera a que el sol se filtre por la persiana; con los paraditos lo suelta sin llegar a terminar siquiera el cigarrillo de después. Pero a todos les convence de que con ellos será diferente, que son especiales y podrán quedarse eternamente. Es su estrategia. Su sonrisa, otra vez. Podrías resistirte pero no quieres. Querrías contener las ilusiones pero no puedes. Ya lo hemos dicho: es guapo, sabe cómo conseguir que la gente ría.

Tú también tienes tu historia. Todos la tenemos. Heridas que curar y necesidades que calmar. Te tumbas en su cama y piensas que si en este momento él sacase una pistola de debajo de la almohada, te dejarías disparar. Después le besarías para aplacar su venganza contra el mundo. Te desnudas despacio, deseando que él note cómo te tiemblan los dedos y entienda que solo buscas su abrazo, unas palabras dulces, un beso de buenas noches. Como él. Piensas en la canción de Dido que escucharás luego de camino a casa.


Pronto el dormitorio estará cubierto de sangre, salpicaduras rojas manchando los pósters y las sábanas y el suelo. Te montas encima suyo. Uno de los dos tiene que morir. Le besas, le arrancas la camisa, le acaricias. Y no entiendes por qué tiene que ser un enfrentamiento. Sus pezones pequeños. Por qué, si ambos buscáis lo mismo, otra cabeza en la almohada al despertaros por la mañana, por qué hay que andar jugando al Risk, fingiendo esa frialdad y esa distancia que no existen porque ahí estáis, juntos. Así que sacas tu pistola, le apuntas a la cabeza, un poco por debajo del flequillo tintinero, tu dedo tiembla, se aferra al percutor como un náufrago al único tablón de madera que todavía no se ha hundido. Intentas que tus ojos no resbalen por su pecho desnudo. Él se limita a sonreír. Sabe muy bien que ha ganado.

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Sing hello

Debemos desear lo nuevo. Eso aseguraba el personaje de Judi Dench al final de El exótico Hotel Marigold. El futuro asusta porque implica cambios, pero tienes que darte cuenta de que ésa es también su mayor virtud. Porque te hará crecer gracias a las novedades, todo lo desconocido que traerá a tu vida. Aprendes lo que no sabes, te sorprende lo que no has visto, recorres caminos extraños porque tienes que llegar a nuevos destinos. Pero no hay que adelantar acontecimientos: al principio conviene relajarse, sentir, nada de planificar: el futuro no existe todavía. Déjate llevar pasito a pasito.


Acuérdate de ese hombre huraño que era el único inquilino de su rellano. Se había acostumbrado a estar solo en aquel pedazo de edificio. Saludaba a los vecinos de otros pisos cuando se los cruzaba en el portal o el ascensor, pero luego subía hasta el 4º piso y se sentía el amo y señor de esos pocos metros cuadrados: tres puertas siempre cerradas y luego la suya, que podía demorarse en abrirla tanto como quisiera, sin que nadie le mirase raro o le interrumpiera, podía canturrear y saltar, incluso pasearse en calzoncillos por el rellano si quería: nadie le vería. Se sentía libre y no quería que eso cambiase.

Y disfrutó de su libertad hasta que un día llegaron cajas y cajas a la puerta de al lado. Por la mirilla vio el trajín de transportistas. Una mudanza. Un nuevo inquilino. Resopló. Pensó en los ruidos que habría a partir de ahora. Las juergas nocturnas le mantendrían despierto hasta las tantas y luego por la mañana seguro que el vecino pondría la música muy alta y le despertaría. Tendría que saludarle cuando se lo cruzase de camino al ascensor. Igual hasta tenía un perro que ladraba, o le acorralaría hablando del tiempo (o, peor, de su trabajo y sus hobbies). Seguro que era de esas personas que siempre estaba llamando para pedir prestado un tornavís o un abridor. Esas personas que luego lo pierden y se hacen los locos. Sí, seguro.


Una noche, el hombre libre que ya no lo era tanto pensó en hacerse en una tortilla de patatas. Ya tenía las patatas a medio freír cuando descubrió que los huevos de la nevera estaban podridos. Pensó en el vecino. A veces oía el trajín de sus llaves en el rellano, cuando iba o volvía de una rutina desconocida, pero todavía no se habían cruzado. Su primer impulso fue resistirse: no quería pedirle un par de huevos. Seguro que no tendría o no querría dárselos. Pero las patatas se freían tristes en la sartén y amenazaban con quemarse en vano.

Así que el hombre se armó de valor, se vistió, por instinto más que por coquetería comprobó cómo iba en el espejo, se arregló el pelo y antes de llamar a la otra puerta, se aclaró la voz, ensayó su sonrisa de vecino modélico. Todo un ritual para pedir solo dos huevos. Lejos de sentirse ridículo, sentía que estaba dando los pasos correctos. Por fin, llamó a la puerta, y ésta se abrió, y sus latidos se calmaron. Le impactó la sonrisa de su vecino, ancha y graciosa y amigable en la penumbra del rellano. Dijo hola y le salió más sonoro de lo que pretendía.


-¿Huevos para una tortilla? Pues justo ahora he terminado yo una, y me va a sobrar... Pasa.

Ni siquiera pensó en rechazar la invitación. Entró y cenaron juntos. Hablaron mucho, de todo y de nada porque los temas iban y venían. Pero sobre todo rieron. De repente, el hombre fue consciente de que hacía ya muchos años que no compartía risas con nadie. Y le gustó esa sensación.

-¿Y ahora qué?

Miraron los platos vacíos, faltaba por traer el postre; miraron la caja de la película que el vecino planeaba ponerse a solas después de la cena; miraron la puerta del piso. La patatas a medio freír quedaban muy lejos. Ahora qué. Ésa era la palabra: ahora. Con una sonrisa doble, ambos se encogieron de hombros.

Convertirnos en principiantes es disfrutar de esos comienzos.

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Would you be wonderful if it wasn't for the weather?

-¿Cuál es el problema ahora?
-Me duele la cabeza. La resaca. Tengo mal despertar.

Podía escudarme en muchas excusas. Y ninguna sería exactamente mentira. Supongo que en verdad era tan sencillo como que no me apetecía. Así que, de forma unilateral, decidí que seguiríamos durmiendo. La luz ya entraba por la ventana pero todavía no había sonado el despertador.


Dos o tres cabezadas después, le descubrí con sus ojos legañosos clavados en mí. Debía de llevar un buen rato así, esperando a que nuestras miradas se cruzasen. Estábamos tan cerca que él parecía un cíclope. Despeinado y guapo, pero cíclope.

-¿Cuál es el problema ahora? -repitió.

Dudé: ¿no me había oído antes? ¿O no le habían parecido lo bastante buenas mis excusas? Probé con otras:

-Tengo que ir a trabajar. Va a sonar la alarma en cualquier momento. Prefiero hacer las cosas bien, con calma.

Todo eso tampoco era mentira.

-¿Cuál es el problema ahora? -insistió él.

Estaba claro que esperaba la respuesta correcta por mi parte. Una palabra clave. Muerto de sueño, deseando acurrucarme entre las mantas, me acordé de Indiana Jones resolviendo los enigmas cuando todo parecía perdido, recuperando su sombrero un segundo antes de que la compuerta se cerrase para siempre, escapando por los pelos. Pero lográndolo siempre. ¿Cuál es el problema ahora? Y dije:

-Ninguno.

Mi respuesta no había sonado muy convencida pero él sonrió, satisfecho. Y entonces comprendí. O mejor dicho, recordé. Y ya todo fue bien. Muy bien, de hecho. Más tarde, al salir a la calle, Barcelona esa mañana de sábado parecía más llena que nunca de detalles sobre los que escribir poemas y de las sonrisas de gente que paseaba sin mapas. Se dejaban guiar simplemente por la luz del sol al torcer la siguiente esquina.


"Los caminos se pierden cuando se ponen excusas."
(Hagakure, Yamamoto Tsunetomo)

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Lana Del Rey - Born To Die

Entras en un antro del callejón más oscuro. Un cartel de neón parpadeante, unas escaleras que bajan a los infiernos y una sala llena de desconocidos estudiándote a través de la niebla. Se diría que allí todos fuman, hasta los camareros. Te sientas en la barra. Pides cualquier cosa. Un whisky, por ejemplo, porque es de la clase de sitios donde la gente pide whisky. Podrías haber entrado en cualquiera de los otros antros, el callejón estaba lleno de ellos, pero tu cliente te ha citado allí. Debe ser el dueño. O quizá tiene un lío con una de las bailarinas. A saber. Te dedicas a esperar.


Trece sorbos cortos después, oyes una voz a tus espaldas. Está cantando. Es la voz de una chica fúnebre dedicando odas a amores que estaban destinados a morir. Sonríes: la historia te suena. Tu trabajo te ha vuelto un experto en crímenes pasionales. Te imaginas a la cantante ya casi una anciana, agarrada al micrófono para no caerse al abismo. Copazo en mano, seguramente, porque su voz huele a alcohol y a drogas y a desencanto. Toda una vida de fracasos acumulados que la han llevado hasta allí, al fondo de ese antro, más allá de la barra y las mesas.

Cuando te das la vuelta, descubres, perdida entre el humo de los cigarrillos, a una lolita recién entrada en la edad adulta, una adolescente que envejeció demasiado pronto. Debe haberle robado la ropa a su hermana mayor. Es guapa, de esa forma en que las chicas frágiles se maquillan guapas para parecer más fuertes. Sus labios son rojos: arden cantando sobre amantes que la maltratan, amantes que la ignoran, amantes que prefieren jugar a videojuegos antes que mirarla en su mejor vestido, amantes que se drogan con ella. Las canciones flotan hipnóticas por el bar, como opio, salidas de algún tocadiscos que va demasiado despacio.


El antro parece ganar un poco de luz gracias a esos temas, desbordantes de percusiones urbanas y orquestras y arreglos etéreos. Son temas lentos pero nunca te duermes. Hay algo en la chica, en su mirada quizá, que te mantiene atento. Puede que sean las ganas de comprobar si se pegará un tiro al final de la actuación. Sólo entonces, al visualizar la sangre que provocaría el disparo, te das cuenta de que el papel que cubre las paredes es rojo. Ella sigue enlazando versos como si estuviera llorando. Pero no llora, su maquillaje se mantiene impoluto. Acaricia el aire con poses sofisticadas, quizá aprendidas después de demasiadas noches buscando el calor de otros cuerpos por los colchones de todo Los Ángeles.

El camarero te dice algo y te fijas que detrás de él, entre las copas vacías y algo sucias, hay pósters que anunciaban la actuación de la chica. En esa foto, sale bien peinada, con un colorido tocado de flores. Debieron hacerla tiempo atrás, porque ahora las flores ya no existen, o se le han caído. La promocionan como una Nancy Sinatra gangsta. Sea lo que sea eso, tú piensas que alguien ha encontrado a la hermana estadounidense y un poco pija de Amy Winehouse. Pero igual de triste y melancólica. Su voz muta de canción en canción, camaleónica, como si tuviera que amoldarse al tono de cada historia. A veces suena menos grave, aún recuerda a la niña que fue, no hace mucho.


Pasan las horas y tu cliente no llega. Suele ocurrir, en esta ciudad: demasiadas cuentas pendientes, demasiadas amantes despechadas. Quizá lo haya matado la propia Lana Del Rey -así se llama, según el póster- antes de subir al escenario. El concierto termina y, antes de volver al camerino, ella da las gracias con una sonrisa tímida. Después de verla sonreír así, piensas que en el camerino no se refugiará en otro vaso de alcohol, como temías, sino que recuperará fuerzas con un simple refresco. Mountain Dew, versión diet, como en una de sus canciones más pegadizas.

Te marchas de allí confiando que el personaje de la cantante sea sólo un disfraz, el que usa como escudo o sustento una chica que es más o menos feliz, que más o menos paga su alquiler a tiempo y que más o menos ama y llora, pero nunca hasta ese punto de destrucción que predica en sus canciones. Quizá sea muy buena actriz, quizá actúe tan bien como canta. Sobrevivirá. Todos los hacemos cada día, ¿por qué ella no? Alejándote por el callejón, aún la oyes cantar a lo lejos.


Let's get out of this town, baby we're on fire
Everyone around here wants to be going down, down
If you stick with me, I can take you higher, and higher
It feels like the call of a friend thought lost
Nobody's found, found, found

I got so scared, I thought no one could save me
You came along, scooped me up like a baby

Every now and then, the stars align
Boy and girl meet by the great design
Could it be that you and me are the lucky ones?

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Everybody's raised in blindness

El otro día, navegando por Internet en busca de información sobre un cuadro que me había llamado la atención, me encontré con "El reflejo", un cuento de Oscar Wilde que invita a reflexionar acerca del amor. Curiosamente, Paulo Coelho lo utilizó para el prólogo de su novela "El Alquimista".

Narciso era un hermoso joven que todos los días iba a contemplar su propia belleza en un lago. Estaba tan fascinado consigo mismo que un día se cayó dentro del lago y se murió ahogado. En el lugar donde cayó, nació una flor, a la que llamaron narciso.
Cuando Narciso murió, llegaron las Oríades -diosas del bosque- y vieron el lago transformado, de un lago de agua dulce que era, en un cántaro de lágrimas saladas.
-¿Por qué lloras? -le preguntaron las Oríades.
-Lloro por Narciso -respondió el lago.
-Ah, no nos asombra que llores por Narciso! -prosiguieron ellas-. Al fin y al cabo, a pesar de que nosotras siempre corríamos tras él por el bosque, tú eras el único que tenia la oportunidad de contemplar de cerca su belleza.
-¿Pero Narciso era bello? -preguntó el lago.
-¿Quién sino tú podría saberlo? -respondieron, sorprendidas, las Oríades-. En definitiva, era en tus márgenes donde él se inclinaba para contemplarse todos los días.
El lago permaneció en silencio unos instantes. Finalmente dijo:
-Yo lloro por Narciso, pero nunca me di cuenta de que Narciso fuera bello. Lloro por Narciso, porque cada vez que él se inclinaba sobre mis márgenes yo podía ver, en el fondo de sus ojos, reflejada mi propia belleza.
(Oscar Wilde, "El reflejo")


Tras una lectura superficial, se podría pensar que el lago era tan narcisista como Narciso. Pero yo no lo veo así. Narciso estaba tan borracho de sí mismo que acabó ahogado; para él no existía nada más que él mismo. En cambio, el lago entiende que el amor verdadero es ése que gracias a su compañía te ilumina, con su mirada te das cuenta de tu propia belleza y valía. Creces.

Todo lo contrario de esa idea de amor que nos inculcan desde pequeños: ese amor que exige sacrificio, sufrimiento, someterse al otro, diluir nuestra personalidad, reducirnos a la nada ("sin ti no soy nada"). Si alguien os pide que cambiéis, es que no os quiere de verdad; os está pidiendo ese cambio a vosotros para que su propio reflejo sea más bonito, no para que vosotros brilléis más. El amor son dos bellezas que no están juntas por ser bellas pero se recuerdan la una a la otra que lo son; son dos bellezas que reflejándose mútuamente se potencian, no se absorben. No es lo mismo necesitar a alguien para sentirse bello que necesitar a alguien para saberse bello.

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We've seen the outcome of the boys who didn't fly

"HUID", advertía el cartel de la entrada del parque abandonado. El chico pasaba por delante cada tarde al volver del instituto. Siempre le fascinaban esos muros, altos e imponentes, cubiertos de hiedras tan verdes que parecían de plástico. Bordeaba el muro deleitándose en cada paso, imaginando cómo sería el parque que contenían aquellas piedras coronadas de pinchos. Imaginaba árboles frondosos y riachuelos y un puente y flores y el rumor de los insectos invisibles y fuentes y un caminito que llevaba a un rincón secreto donde leería un buen libro sin temor a ser interrumpido. Pero justo en el punto culminante de esa fascinación que sentía, siempre chocaba con el dichoso cartel: "HUID". Y huía.

Tardó meses en atreverse a hablar con alguien acerca del parque. Preguntó cómo era, o cómo había sido. Cualquier detalle le servía.
-Sólo hay zarzas que pinchan y sus rasguños nunca se curan -le dijo su madre-. No entres nunca.
-Es muy peligroso, por la noche van allí los lobos a cazar -le dijo su padre-. No te acerques siquiera.
-En el centro hay un estanque tan podrido que su mero olor te envenena -le dijo un profesor-. Suerte que lo tapiaron y ya nadie puede entrar allí. Huye.

Pero aquellas advertencias sólo estimularon la imaginación del chico. Quería ver aquellas zarzas, aquellos lobos, aquel estanque. No era tanto el magnetismo del peligro como una sensación extraña de pertenecer a aquel lugar al que todos los demás le habían dado la espalda. Se dispuso a encontrar una forma de entrar. La puerta era de hierro macizo y la protegía un candado tan grande como el pie de un gigante. El candado estaba frío y en su tacto áspero, el chico intuyó lágrimas lejanas y un silencio demasiado extenso. Pero parecía imposible de forzar.

Optó por empezar a escarbar el muro entre las hiedras; quitaría una piedra tras otra hasta crear un hueco lo bastante ancho como para colarse por él. No resultó tan difícil como creía, llevado por la excitación trabajó rápido. Pero cuando estaba a punto de quitar la última piedra, esa que le permitiría por primera vez observar el parque al otro lado del muro, se detuvo. Sintió que no era justo entrar así, a hurtadillas. Si el parque era tan importante para él como intuía, tenía que entrar por la puerta principal.

Acudió al herrero del pueblo. Éste accedió a fabricarle una llave a cambio de un ejemplar de la extraña flor que se decía que antaño crecía en lo más profundo del parque. Era blanca y se llamaba Edelweiss.
-En realidad no creo que la encuentres -dijo el herrero-, hace muchos años que la maleza habrá acabado con todas las flores.


Durante siete días y siete noches estuvo el herrero trabajando en la llave. El chico le ayudaba como podía: acercándole las herramientas, atendiendo recados, cocinando y encendiendo el horno para fundir el hierro. Cuando hubo terminado la llave, el cerrajero se la tendió. Pesaba mucho y todavía estaba caliente.
-Muchas gracias -dijo el chico-. Le prometo que le traeré una de esas flores, una Edelweiss.
Y ya se iba, cuando el cerrajero le tendió un pequeño saco atado con una cuerda.
-No lo abras aún -le dijo-. Cuando necesites su contenido, lo sabrás.
Se despidieron.

El chico se sorprendió de la facilidad con que la llave se deslizó en la cerradura del candado, la facilidad con que giró. Sonrió con el chasquido y, por algún motivo, le pareció perfectamente normal que, liberada del candado, la puerta se abriera sola, como dándole la bienvenida. Entró. O sería mejor decir que se adentró.

El parque era un páramo. No se podía definir de otra forma. Cuatro arbustos se atrevían a navegar en el barro que lo cubría todo. Una mancha más oscura en el centro debía ser el famoso estanque: desde la entrada le llegaba su olor pestilente. Dio un paso más y gritó cuando algo le arañó el brazo y la pierna: las famosas zarzas. Los raguños escocían, pero el dolor se calmó un poco aplicándoles saliva. Siguió explorando los troncos muertos, las piedras mohosas y las maderas rotas que quizá fueran lo único que quedase de ese puente que había imaginado. Por supuesto, no había ni rastro de la Edelweiss, la flor blanca que le había pedido el herrero. Pasaron las horas y llegó la noche y un aullido se levantó a lo lejos: quizá el viento, quizá los lobos.


Lejos de asustarse, el chico se sentó en una piedra lisa, dispuesto a pasar la noche. Se sentía bien allí, en el lugar sobre el que todos -es decir: todos menos el herrero- le habían advertido. Llenó el silencio hablándole al parque muerto de sus sueños y del instituto, de sus planes, los miedos que lo inmovilizaban a veces, lo que opinaba del amor y la muerte, sus comidas favoritas y el último libro que le había gustado (aunque fuera un poco raro porque se lo había recomendado un profesor). Y el parque muerto le contestaba con el temblor de los arbustos y el burbujeo del estanque, le calentaba con la luz de la luna y le acunaba con las dulces corrientes de aire.

Llegó el amanecer como siempre llega: un poco de imprevisto, pero un imprevisto alegre, como el reencuentro con un viejo amigo. El chico se puso en pie con decisión y usó esa misma decisión para trabajar durante meses. Limpió los rastrojos y las zarzas y los arbustos secos, secó el barro para que volviera a crecer la hierba, plantó nuevos árboles, purificó el estanque y puso en él peces tropicales de colores intensos, domesticó a un lobo para que protegiera el lugar y le hiciera tanta compañía como un perro, colocó una estatua y un camino de piedra que llevaba hasta ella, diseñó una elaborada fuente de la que brotaban chorros pizpiretos, reservó un rincón secreto en el que poder leer cómodamente, reconstruyó el puente y lo pintó de un rojo más intenso, para que al cruzar el riachuelo no supieras si mirar el agua cristalina o la madera reluciente. Gracias al trabajo de sus manos, el parque recobró el esplendor de antaño.

Al acabar, el chico abrió el saquito que le había dado tiempo atrás el herrero, aunque para entonces ya se imaginaba lo que contenía: semillas. Claro. Las sembró, las regó con mimo. Tímidamente, el parque movió la ramas de los nuevos árboles en señal de agradecimiento, y le sonrió meciendo la hierba renacida. El chico se sentó en la misma piedra del primer día, cruzado de piernas, y se llenó los pulmones del aire limpio del parque, y contempló el paisaje que había creado con sus propias manos. Un paisaje hermoso aunque incompleto: aguardaba que los días y las lluvias y el sol y la luna y la brisa hicieran florecer, por fin, el Edelweiss blanco.

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Now I've changed my mind, this is my religion

Paseando por un hermoso bosque, un niño encontró un pozo. De su estructura, pendía una gruesa cadena, bloqueada en lo alto por dos piedras enormes. "¿Quién las habrá clavado allí arriba?". El niño estiró con energía desde un lado, estiró con energía desde el otro; sus esfuerzos para desencallar la cadena sólo provocaban que los cantos de las piedras hicieran saltar partes del esmalte gris. Los eslabones emitían ruidos extraños, lamentos de cansancio. No podían avanzar, no podían retroceder. Las piedras los mantenían anclados.

El niño suspiró. Sintió que resolver ese enigma era su misión. "Seguro que el pozo oculta algún tesoro", pensó. Así pues, decidió acampar allí mismo, aferrándose a la certeza de que, algún día, la cadena acabaría liberándose o rompiéndose. Y él quería -necesitaba- estar ahí cuando aquello ocurriera y así extraer el tesoro de aquel agujero oscuro. De hecho, una parte de él creía firmemente que, si se concentraba lo suficiente, su mirada desintegraría aquellos malditos pedruscos.

Y empezó a clavar sus ojos en lo alto de pozo, sin cerrarlos ni pestañear siquiera. A la intemperie, los días de lluvia, el agua oxidaba la cadena y calaba sus ropas; los días de sol, la luz quemaba la cadena y desteñía sus ropas. Pero el niño permanecía impasible. Sus ojos resecos no se apartaban de los eslabones entre los que mucho tiempo atrás alguien cruel, para hacerle desistir del tesoro, había incrustado aquellas piedras. A veces, éstas, con el roce del hierro, crujían y dejaban caer un fino polvillo blanco. El niño se obsesionaba: "Es un signo de erosión, tienen que romperse pronto".

Una noche, el niño se despertó de golpe, escaló el borde de piedra del pozo y de puntillas, tambaleante, intentó arrancar los dos pedruscos con sus propias manos: sólo consiguió rasguños y cortes, sangre. No volvió a intentarlo hasta que las heridas ya habían cicatrizado lo suficiente. Insistió infinitas veces pero siempre obtuvo el mismo resultado: rasguños y cortes, sangre.

Pasaron los años. Y un día, las manos completamente magulladas, sin uñas en esos muñones que en el pasado habían sido dedos, el niño se rindió. Agotado, se dio la vuelta y empezó a caminar. Dejó atrás las dos piedras y la cadena y el pozo y el bosque, los olvidó.


Al día siguiente, el cielo tenía las mismas nubes y el mismo sol, los árboles se mecían bajo el mismo viento. Pero ese día tan vulgar como cualquier otro, las dos piedras acabaron por romperse en mil guijarros. Nadie las había tocado. La cadena estaba por fin libre y retomó su avance. Con un relajado tono metálico, los eslabones susurraron: "Tu mundo vuelve a girar".

El sufrimiento es el voraz apetito de encontrar seguridad en lugares donde no puede hallarse.
(Buda)

(Y por cierto, con ésta cumplo 100 entradas en el blog.)

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La carta en el cajón

Todo acaba por romperse. Absolutamente todo, incluso la carta que durante casi una década Eduardo había conservado en el cajón de su mesilla de noche. Apenas la sacaba una o dos veces al año, cuando necesitaba recordar la ilusión del principio, tan lejana ya como ese último trueno que se dispersa en el aire después de una tormenta.

El tiempo y los descuidos habían acumulado en la superficie del papel un intrincado mosaico de pliegues, manchas, huellas, borrones. Eduardo podía recordar el momento exacto en que se produjeron cada una de aquellas imperfecciones: la madrugada de invierno que posó la taza de café sobre una esquina de la carta porque sus ojos sólo podían mirar abajo, a la calle, a la espera del coche de Daniel; la noche que se estaba arreglando para la cena del sexto aniversario con pulso tan tembloroso que no pudo evitar que unas gotas de colonia se derramasen y diluyeran parte de la palabra “siempre” de la posdata; la tarde lluviosa que cerró de golpe un libro, atrapando la carta entre sus páginas, porque había creído oír una llamada de Daniel en el móvil...

Precisamente porque acumulaba tantas pequeñas tragedias, esa hoja de papel amarillenta parecía indestructible. Eduardo estaba convencido de que, ya anciano, en su lecho de muerte, cuando el recuerdo de Daniel fuera apenas la silueta fantasmagórica de una antigua mancha de humedad y otro hombre estuviera junto a él, velándole encorvado, tendiéndole una mano tan fría como la suya, aún podría leer aquella primera carta. Leerla con ojos vidriosos, susurrando cada palabra. Leerla una última vez y que, al terminar, las arrugas de su cara se desplazasen para dibujar algo semejante a una sonrisa.

Y sin embargo, no le sorprendió la facilidad con que la carta se rompió la mañana de aquel 31 de Diciembre. Acababa de desayunar, ya se había cepillado los dientes, tenía el pelo húmedo por la reciente ducha y estaba a medio vestir: descalzo, la camisa abierta. Todavía le quedaba más de una hora para llegar a la oficina. Dejó el cinturón encima de la cama. La mitad de Daniel estaba sin deshacer; no había dormido allí. Eduardo sacó la hoja del cajón, como siempre. Y también como siempre, la desplegó con un vestigio de ansia juvenil. Primero, apareció una pequeña grieta; un instante después, el papel tantas veces doblado cedió y se partió en dos. Eduardo se quedó con un trozo en cada mano.

Su primera reacción fue ponerse los calcetines. No había encendido la calefacción y el suelo era una pista de hielo. Tras los calcetines, se colocó el cinturón. Tuvo que ceñirlo un agujero más de lo habitual. Después, acabó de abotonarse la camisa, se anudó la corbata con una inesperada facilidad, deslizó los pies en los zapatos y se ató los cordones despacio, asegurándose de que los nudos quedasen bien firmes; no le gustaba que a lo largo del día se aflojasen y tuviera que agacharse en plena calle para volver a abrocharlos.

Sólo cuando estuvo completamente vestido, examinó por fin la carta; es decir, los dos pedazos de papel que hasta cinco minutos antes habían sido una carta. Rotas, las frases pálidas a las que tan a menudo se había aferrado, ahora ya no significaban nada. Eran jeroglíficos escritos con una caligrafía que recordaba vagamente a la de Daniel, sí, pero que Eduardo se vió incapaz de reconocer. Tinta levemente azul manchando aquel feo y áspero papel acartonado.

Cogió los dos pedazos y los rasgó. Repitió el proceso otra vez, y otra, y otra, y no se detuvo hasta que los fragmentos fueron tan pequeños que se deslizaron entre sus dedos y cayeron al suelo. Una lluvia de confetis maltrechos. Exhausto, sentado en el colchón, notó cómo sus labios crujían para formar una sonrisa. Corrió al espejo del baño para comprobarlo. El cristal estaba sucio y ni siquiera había encendido la luz pero sí, no había duda: sonreía.

Barrió. Tiró todos aquellos papelitos en el cubo de la cocina y los sepultó con los restos de una cena solitaria. Antes de salir de casa, volvió al dormitorio. El cajón de la mesilla continuaba abierto. Al agarrar el tirador, la pieza se desprendió y rodó bajo la cama. No se molestó en recogerla. Empujó el cajón con delicadeza, dejándolo cerrado. Cuatro meses más tarde, la mujer de la limpieza de los nuevos inquilinos descubriría aquella bola roja en un rincón. Todos los muebles habrían cambiado, por supuesto, sustituidos por otros mucho más nuevos, así que al buscar a su alrededor uno al que pudiera pertenecer aquel extraño tirador, la mujer no lo encontraría. Se guardaría la pieza de madera en el bolsillo del delantal y seguiría limpiando y tarareando la canción que sonaba en la radio.


Alex Pler
23-24 de Enero, 2011