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10.000 km

"¿Dónde irás si nunca vuelves?", se preguntaban Pastora en la canción 1.000 kilómetros. Los Ángeles está aún más lejos y esos 10.000 km que la separan de Barcelona dan título a una película acerca de la distancia. No solo la distancia física sino sobre todo la emocional, mucho más peligrosa. Esta es insalvable.


Cuando hay pequeñas tradiciones de pareja, no cuesta crear puntos en común. Trincheras donde acomodarse entre las sábanas, puentes de madera. Nexos inestables que la primera borrasca se llevará por delante. El paisaje cambia y entonces, frente a la ventana o la pantalla del ordenador, es cuando te das cuenta de que no hay vuelta atrás. Todos los defectos encantadores se han convertido en molestias; los pequeños esfuerzos, en sacrificios.

10.000 km muestra la desintegración de Alex y Sergi. Y a ratos es tan realista que casi parece un documental. El desgaste es progresivo, chat a chat, whatsapp a whatsapp. Aun así, hay espacio para el humor, como esa lección de cocina vía Skype. Espacio para el sexo y el cibersexo, para cosas que por un momento parecen nuevas y solo son repeticiones.


Espacio entre dos personas, en fin. Unos lo llamarán diferencia de expectativas o cambio de aires; otros lo achacarán a los años, a los celos, a las circunstancias, a las mentiras. Da igual. El caso es que al final, cuando la distancia se impone, no hay avión en el mundo que pueda reuniros. Intentarás recordar que todo final es un punto de partida. No lo sientes así, todavía no puedes sentirlo así. Pero no te queda otra que intentarlo. Una puerta, una maleta, un rellano... ¿Y ahora qué?


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Coldplay : Ghost Stories

El final del amor. La incertidumbre y el no poder creértelo, los celos, dudar si darás el paso, el derrumbe, la nostalgia tan amiga de la idealización, ese paso tras otro que te lleva hacia adelante, el olvido guardado en el cajón como un postal de antiguas vacaciones. Todos sentimos lo mismo, aunque sea en un orden distinto.


Aquí hay canciones pequeñas. Para dejarse abrazar o para abrazarse uno mismo. A base de susurros, los versos intentan aferrarse a algo que ya no existe. Los fantasmas abundan, vagan de una canción a otra intentando comprender. Ecos, pianos. Sonidos para atesorar bajo la almohada. Solo al final vuelve el ritmo. Al final, sí: al borde del próximo principio. La euforia tras la tormenta silenciosa.

Un canto en honor a lo que se alejó por el horizonte y que ahora te lleva a ver las estrellas. Ese cielo lleno, llenísimo de estrellas. Cuando se cierra el círculo, lo confirmas. Continúas creyendo en la magia. Y en adelante, volverás a amar como si el amor fuera eterno, pero recordando que nunca lo es. El final del amor: su tristeza y nuestras lecciones.


And if you were to ask me
After all that we've been through
'Still believe in magic?'
Yes, I do

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Y así fue como conocí a vuestra madre

Durante años, How I Met Your Mother fue un talismán. Antes había sido un conjunto de packs de DVDs que devorabas en compañía: en un fin de semana podíais ventilaros una temporada completa, para poneros al día. Cuando aquello terminó, las aventuras de Ted y sus amigos se convirtieron en tu faro. Cada capítulo tenía una frase clave que se ajustaba a tu momento actual, que te orientaba cuando lo necesitabas o te señalaba lo importante si tú no eras capaz de verlo. Los guionistas escribían la serie solo para ti, como las mejores canciones. Luego volviste a lanzarte al agua y la serie continuó un rumbo que ya no era el tuyo, pero aun así conservaste tu cariño hacia ella.


Sí, desde aquel primer "¿Conoces a Ted?" han pasado muchas cosas. En la serie y en tu vida. 9 años: tiempo suficiente para la aparición de arrugas y las primeras canas, para dejarte de barba o empezar a raparte el pelo, para encontrar una nueva pareja con la que descubrir nuevas cosas que antes parecían impensables, para instaurar nuevos rituales con nuevos amigos que se cruzaron contigo en el mejor momento. 9 años de risas enlatadas pero sobre todo de vivencias compartidas, cada martes, mientras desayunabas. Porque tú esta serie la veías por la mañana: no había mejor forma de empezar el día.

Lo que nunca fue How I Met Your Mother es una serie convencional. Y tampoco podía serlo su final, claro. Nos dijeron que lo importante no era la meta sino el recorrido y tú asentiste. Pero en realidad querías llegar, ver, saber. Cuanto antes. Y querías que encajara en tu esquema de final perfecto para poder exclamar que tú ya lo sabías. Así eres: lo pides todo, aquí y ahora, a tu manera. Olvidas que la vida es caprichosa. Que las cosas se toman su tiempo y aunque aparezcan, nunca lo hacen en el orden ni de la manera que esperabas. Los desvíos no te alejan: hacen el camino más ameno, te ofrecen posibilidades y elecciones mientras continúas avanzando.

Ted lo ha descubierto a base de dar muchos tumbos y derramar muchas lágrimas, y así se lo ha contado a sus hijos. Él ahora también sabe que en su búsqueda del amor se cruzaron muchas personas interesantes, incluso importantes, cada una a su manera. No hay un único amor, hay muchos. Y a esta verdad se suman chistes, giros inesperados, anécdotas cuya importancia solo él y los suyos entienden. También se perdieron amigos, otros se distanciaron. Dicen que el desgaste es ley de vida. Mientras sueltas una carcajada en la mesa habitual de vuestro bar favorito, te juras que para ti, para vosotros, esto no terminará nunca. Pero ocurrirá. ¿Lo disfrutarás a tiempo?


Aún no sabes qué harás la semana que viene, ya sin serie talismán. Quizá prepares un desayuno especial o nada más despertarte, sonrías por cualquier motivo tonto. Eso sí, por fin dejarás de preguntarte cómo se llamaba la madre o cómo se conocieron Ted y ella. Primero porque ya lo sabes y segundo porque ya va siendo hora de abrazar, una a una, las pequeñas cosas que te trae la vida, las subidas y bajadas, todos los desvíos. De verdad, no de boquilla.

La estación de llegada aguarda al final del camino, más lejos de lo que imaginas, y solo cuando llegues todo cobrará sentido. Hasta entonces, tú decides. Puedes contemplar por la ventana mil paisajes, contar árboles, incluso apoyarte en el cristal si lo necesitas, puedes bajarte en las estaciones antes de dejarlas atrás, saltar en el tiempo o continuar viajando puntual como un reloj. Construir tú la magia y conseguir que llueva o dejar que sea ella la que te envuelva. Es el último truco del destino: creas en él o hayas decidido tirar la toalla, siempre acabarás llegando a tu destino. Ahí estará el paraguas amarillo soñado y para cogerlo solo tendrás que levantarte y dar dos pasos.

-Hi!
-Hi...

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Umbrella

Cada día se cruzan dos veces. Él y ella: tienen horarios muy parecidos y siguen el mismo itinerario, pero en direcciones opuestas. No se conocen, no se saludan, ni siquiera se miran. Al principio, no lo hacían por ahorrarse la mera vergüenza de ponerse a hablar con un desconocido en plena calle, entre los coches que vienen y las motos que van. Y ahora no se atreven porque después de dos años cruzándose a diario, quedaría raro. Supondría un paso importante, y ambos son más bien de dar pasitos cortos.


Él nunca ha tenido paraguas. Nunca le han gustado, o mejor dicho: nunca ha encontrado uno con el que se sintiera cómodo de verdad. Los prefiere grandes porque los plegables se le acaban rompiendo o atascando cuando más los necesita. Pero los grandes luego son un incordio: dónde los cuelgas, dónde los guardas. Así que lleva toda su vida dependiendo de los paraguas de los demás. De sus padres, de sus amigos, de sus sucesivos compañeros de piso. Gente precavida que compra paraguas. Se lo prestan encantados y él acepta. No sabe si se acostumbrará algún día a esos estampados con cuadros de abuela o los complicados sistemas de apertura automáticos.

Solo sabe que mientras esquiva charcos, la echa de menos. Porque los días de lluvia nunca se cruzan, es curioso. Quizá ella cambia de ruta esos días, o será que él camina cabizbajo para esquivar la lluvia. Se la imagina modelo de pasarela. No es exactamente guapa, pero sí muy alta. Cuando más le gusta es cuando no lleva maquillaje. A menudo lleva una maleta a cuestas que él ha deducido que contiene los trajes de un desfile en Madrid. Y así pasa los días: imaginándosela a ella, imaginando lo que se dirían al llegar a casa y cenar juntos.


En realidad, ella trabaja en una tienda de bolsos y maletas de viaje. Y tiene un enorme paraguas amarillo que nunca compartirán porque cada día dejan escapar dos veces la oportunidad de conocerse.

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Eva Mengual : El camino del amor

Hay libros que no son para ti. Al menos, no para este momento. Los lees porque, por carambolas del destino, han llegado ahora hasta tus manos, pero mientras vas pasando sus páginas solo puedes pensar en alguien que conoces. Un amigo a quien le vendrá bien leerlo. El camino del amor es uno de esos libros.


Otros títulos de esta colección, como Los cerezos en diciembre, me inspiraron en su día. Cuentan historias sencillas sobre conflictos cotidianos y esas soluciones que no siempre recordamos. Este trata del amor, claro. De una ruptura, más concretamente, y no sé qué ha ocurrido pero en los últimos meses me han rodeado unas cuantas.

Amigos que se separan, amigos que tendrán que descubrir por su cuenta lo mismo que yo hace tres años: que la soltería está para disfrutarla, para cambiar tu escala de valores:  lo que quieres y lo que no quieres. Para quererte mucho, también, y así ser mejor persona cuando alguien nuevo llegue.

En este proceso, no todo el mundo lleva el mismo ritmo. A algunos les toma más tiempo. A ellos les recomendaré El camino del amor. Habla de ese lento abrir de ojos, desde que te sientes en mitad de una carretera desértica donde nadie dará contigo hasta que por fin los árboles que has plantado dejan ver sus frutos.


No es que un libro te pueda cambiar la vida. Los libros solo pueden darte pequeños empujones hacia la cima. Mil páginas, mil personas te repetirán lo mismo y aunque sepas que tienen razón, no les harás caso: no es lo que necesitas ahora. No sabes qué necesitas, pero eso no. Hasta que quizá un día, de la nada, llegue una frase. Dirá lo mismo que tantas otras y sin embargo lo hará con palabras distintas. Palabras que conectan puntos. Que te devuelven la energía, las riendas. Entonces te descubres todopoderoso y comprendes que todo tuvo sentido.

La ventaja de volver a empezar sola es que puedes hacer todo lo que tú quieras y como tú quieras. Es como si la vida te diera una oportunidad nueva para hacerlo diferente y, quién sabe, quizá mejor. Quiero que sepas que puedes contar conmigo siempre que me necesites.

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Her

Durante algunos años, yo fui Samantha. Eran los tiempos del IRC y todos chateábamos con todos, en busca de un amor que no llegaba. Horas gastadas en conocer al otro y, en cuanto la cosa no cuajaba, pasar a conocer al siguiente, esta vez con la lección aprendida. A cada flirteo éramos un poco menos inexpertos, sabíamos qué decir para agradar, para prolongar la conversación. Para conseguir la ansiada cita.


Ahí se rompía el hechizo. Y nos convertíamos sin remedio en el desdichado Theodore. Porque resulta que nadie es tan perfecto como esa imagen que, casi sin querer, construyes en tu cabeza. Los tecleos nocturnos de repente se convertían en palabras que no salían y cafés que se enfriaban. Aquellos píxeles donde tú habías descifrado un apuesto príncipe azul, cobraban vida: narices aguileñas, entradas más pronunciadas de lo previsto, ojos saltones...

Ah, pero mientras la ilusión duraba era tan divertido. Habías encontrado a tu alma gemela, nada menos. Y te hacía feliz y te sentías menos solo en el mundo. A veces, por diversión, jugabas a ser el alma gemela de otro. Recuerdo una noche de borrachera que con varios amigos nos dedicamos a chatear con un conocido de gustos peculiares. Construimos un personaje al que le gustaba lo mismo que a él y él, claro, alucinaba, por fin se creía comprendido. Bastó un fallo de conexión para no tener que romperle el corazón.


Dicen que Her vaticina nuestro futuro próximo, ese camino que estamos tomando, enganchados a las redes sociales para comunicarnos, a Grindr para follar. Pero yo creo que siempre hemos sido así. Siempre hemos necesitado sentirnos importantes y nos valemos de la fantasía para ello. Si el otro es perfecto y además nos hace caso, es que un poquito perfectos somos nosotros también, ¿no?

Quizá hoy en día la tecnología nos lo pone más fácil, pero ¿qué diferencia hay entre una relación con un sistema operativo y aquellas relaciones epistolares de hace siglos entre dos personas que jamás llegarían a consumar su amor? Sé que en el cine, todos soltamos un suspiro a la vez cuando Theodore y Samantha se declararon sus sentimientos. Todos hemos pasado por eso. Dices algo que no estás seguro de sentir todavía con la esperanza de que se materialice.


Her es maravillosa porque habla de nosotros. De nosotros ahora y siempre. De cómo vivimos el amor en sus primeras etapas cuando todo es perfecto. De cómo salimos a flote cuando, a punto de tirar la toalla, aparece alguien que le devuelve los rojos y azules y amarillos a nuestro día a día. Entonces ir a la oficina se convierte en fuente de alegría, los videojuegos quedan relegados en favor del sexo, emprendes proyectos aparcados, vas a la playa y te ríes como nunca te has reído. ¡Y cómo se ríe Joaquin Phoenix! Se habla mucho de la voz de Scarlett Johansson, pero él debería haber ganado todos los premios porque su felicidad colma la pantalla.

¿Hay amor tras la desvirtualización? No nos gusta que el otro no sea como habíamos imaginado, le achacamos que no encaje en el molde que le habíamos construido y eso siempre es terrible. Suerte que a veces también encuentras, más cerca de lo que temías, justo aquello a lo que aspiras. La confortable convivencia con alguien en cuyo hombro apoyar la cabeza. De noche, en silencio, enamorados sin tener que decirlo. Tras la descarga de hormonas, llega la feliz calma.

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Daniel Fernández : La confabulación de Eros

Hay temas universales. Que nunca pasan de moda, en todas las épocas y países están presentes. El amor, qué duda cabe, es uno de los temas más importantes, sino el que más. Si algo te sorprende cuando lees una novela como La historia de Genji, escrita en el Japón del siglo XI, es que por encima de las exóticas costumbres de la corte imperial, te reconoces en esos personajes porque se preocupan por lo mismo que tú. El amor. Esa inquietud por encontrar (o conservar) alguien que les quiera. Y algo así deberán sentir también los habitantes del año 3077 al acceder al blog Proudstar in the City.


Ese es el punto de partida de La confabulación de Eros, debut literario de Daniel Fernández. En el siglo XXXI, basta con pulsar el botón de la aplicación Eros para encontrar una pareja compatible. Amor garantizado durante un mínimo de dos años. El paraíso. O eso parece, porque alguien encuentra los archivos informáticos de un blog de hace mil años y entonces todo cambiará. Sí, a veces basta una sola voz diciendo lo de siempre para cambiar las cosas.

En el libro hay ciencia-ficción desenfadada (que disfrutarás especialmente si te gustan los cómics y las películas de superhéroes), hay mucho humor, hay referencias a la música pop, pero sobre todo hay una historia de amor preciosa a través del tiempo. La de Joel y Proudstar. Y te engancha de verdad. Al menos, yo lo leí casi del tirón, en dos días, porque necesitaba saber su destino y ya de paso, si eso, el del resto de la humanidad.


Después de años relatando en el blog Proudstar in the City su vida madrileña y sus encuentros y desencuentros amorosos, Daniel Fernández (Proudstar) se animó a recopilar las mejores entradas. A sugerencia del editor de Stonewall, escribió una nueva historia tomándolas como base, y ha sido un acierto. De hecho, a ratos parece que originalmente se escribieron con este proyecto en mente.

Y además, cierras la novela con ganas de haber conocido antes el blog, de haber leído todas las entradas en su día. De haber llorado en el hombro de Proudstar cuando las cosas se torcían, de haber reído con él la mayoría del tiempo. De haberle dado ánimos. Todo saldrá bien. "Nothing really matters, love is all we need." Lo dicen las canciones pop y ellas siempre tienen razón.

Nuestras mentes han estado conectadas todo este tiempo. Cuando el Universo se percató del error que había cometido, decidió ayudarnos, creando esta línea de metro que recorre la frontera que separa el destino de la casualidad.

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David Nicholls : Siempre el mismo día

Leer un libro después de haber visto la película es extraño. Más extraño que volver a un libro que ya habías leído. La historia es la misma, pero ahora no solo conoces las caras que se esconden tras las palabras, también las voces. He leído las frases de Emma con la voz de la dobladora de Anne Hathaway. Era como ver los vídeos de las vacaciones de dos amigos después de que ya me las hubieran contado. Me desconcertaba cada cambio, entre lo que yo recordaba (de la película) y lo que ocurría de verdad (en el libro)

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Pero me ha gustado el viaje. El libro me lo podía llevar a cualquier parte. A la playa, sobre todo. Y me gustaba notar el gramaje de las páginas, su textura bajo el sol, que cada día se amarillearan un poco más y que al sacar el libro de la bolsa, ya en casa, sus esquinas siempre hubieran cogido un poco de humedad de la toalla. El desgaste del tiempo, el mismo por el que pasan Emma y Dexter.

Esta amistad a través de los años ha vuelto a golpearme. En el cine porque entonces la sentía cercana y en la toalla porque ahora venía desde otra galaxia. De una realidad alternativa. Y qué tonto te ves desde lejos. Qué tonta es Emma pero cómo la entiendes. Al terminar, me sequé y volví andando por otras calles que aún no había visto.

"-No, en serio, ¿qué pasó?
-Que te conocí. Tú me curaste de ti."

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Antes del anochecer (Before midnight)

Acabo de ver un documental. Eso pensé al salir del cine el pasado viernes. Ya Antes del amanecer y Antes del atardecer me impactaron en su día por la química de sus protagonistas, que parecen nacidos para hablar el uno con el otro, y mirarse. Pero lo de Julie Delpy y Ethan Hawke llega a tal nivel en la tercera parte, que costaba creer a ratos que no fueran ellos, sin más, en su día a día de unas vacaciones en Grecia.


Y no me refiero solo a la tan comentada conversación del último tercio de película. Al poco de arrancar la película, a Jesse y Céline les bastan un par de frases y un gesto mientras conducen para ponerte al día de todo lo ocurrido en los últimos 9 años. Golpes de genio que afianzan una relación mostrada de forma cruda, para lo bueno y para lo malo. Striptease emocional, que diría un amigo mío.

El realismo no es el único acierto de Antes del anochecer. Las autorreferencias están bien insertadas, con esa discusión sobre los títulos de las novelas de Jesse. Ya Antes del atardecer adjudicó experiencias reales de los actores en sus personajes (los libros de él y las canciones de ella), pero aquí van un paso más allá. Guiños para fans.


Pero si algo me enamoró especialmente de esta tercera entrega fue la escena de la comida. Varios personajes alrededor de una mesa, compartiendo una ensalada y las historias de cómo se conocieron.Un homenaje a las parejas, y todas tienen una historia bonita que contar. De todas podría hacerse una película.

Es en esta escena donde se concentran todas las virtudes del proyecto de Richard Linklater: diálogos engarzados como piezas de orfebrería, el montaje justo y necesario, la localización exacta (el sol de Grecia es clave). Y cómo no, el cásting, esta vez tan acertado que consiguen que Jesse y Céline vivan entre ellos. Felices de pertenecer al fin a algún lugar donde seguir construyendo su historia.

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Max Beerbohm : El farsante feliz

"Disfruta siempre de las flores -dijo él-.
Y enséñame a apreciarlas también."

Max Beerbohm pertenecía al círculo de amigos de Oscar Wilde. Y se nota. El farsante feliz podría salir en las colecciones de cuentos del autor irlandés, junto a El gigante egoísta y El famoso cohete. Me fío del criterio de Acantilado y una vez más aciertan de pleno con una historia que se lee enseguida pero perdura en el recuerdo.


"Un cuento de hadas para hombres cansados", indica el subtítulo, con razón. Para escépticos, para desencantados, para buscadores que no encuentran y no saben por qué. Es una fábula preciosa sobre el poder que tiene el amor para transformarte... si tú te dejas. El inesperado de las máscaras, también. Hábitos y monjes.

Debería llegar a tus manos sin esperarlo. La puerta entreabiertas, los brazos dispuestos a abrazar la sorpresa. Y entonces salta a ti y con él en las manos sonríes porque sí, algo te dice que te va a gustar, lo vas a disfrutar. ¡Gracias, María!

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Instant crush

De repente, un engranaje gira en tu interior y todo tiene sentido. Lo llaman flechazo. Vas por la vida cargado con tus prejuicios, tienes muy clara tu visión del mundo, lo que te gusta y lo que no, de ahí no te mueve nadie. Hasta que chocas con algo que te desarma. Y en esa sorpresa redescubres el auténtico sabor de la vida.


Algo así me pasó el otro día escuchando Random Access Memories, el último disco de Daft Punk. Me estaba pareciendo un soberano coñazo, la típica obra que se hace para lucimiento personal y no para disfrute del oyente. Pero antes de que perdiera la esperanza, llegó Instant Crush, en colaboración con Julian Casablancas, cuya voz vocoderizada hasta parecer riffs de guitarra tiene más emoción que casi todo lo que se ha lanzado en 2013 (Woodkid es mucho Woodkid). ¡Así sí!

And we will never be alone again
Cause it doesn't happen every day...

Me sentí acompañado tarareando la letra. Y esa debería ser la función del arte. El escritor David Foster Wallace me lo confirmaba ayer por la noche en el libro de entrevistas con él que estoy leyendo. En la cama, aún tapado por el nórdico, sonreí al leer que le gustaban esos libros que le daban compañía, que le aportaban algo como ser humano en medio del caos. "La literatura o mueve montañas o aburre", decía él.


Plantearse la escritura, y por extensión el arte, y por extensión el amor, como un acto generoso, con el que pretendes que el otro encuentre una pieza perdida y crezca contigo. La complicidad de compartir ese mismo flechazo que tú sentiste para que el otro lo sienta. Por eso no paro de escuchar ese Instant Crush de Daft Punk y se lo pasé a una amiga. Nunca será single, pero para mí justifica el lanzamiento del disco.

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Seeking a friend for the end of the world

"Una película muy tú." Así me la definieron. No supe quién sería predecible, si la película o yo. O si de verdad hay cosas que tienen que ir juntas sí o sí. No te las imaginas de otra manera. Es lo que ocurre con los personajes de Steve Carell y Keira Knightley cuando se conocen. Sí, son las reglas de toda comedia romántica: chico conoce a chica, blablablá, pero en este caso hay algo más.


Ambos llegan a la vida del otro en su momento más bajo, por accidente, cuando además a su alrededor el mundo se está acabando (siempre parece que se acaba, pero esta vez va en serio) y sabes que juntos se sanarán. No es que se necesiten, sino que solo conociéndose podrán afrontar esta nueva etapa con valentía. Atreverse a hacer todo lo que querían y no hacían.

Han sintonizado el canal y por fin dejan de aparecer franjas y ruidos extraños. Es una historia de amor sencilla, contada con la emoción precisa, sin alardes ni dramatismos, y eso que se prestaba a ello. Emociona porque no pretende emocionar, solo te cuenta las cosas tal cual ocurren. Así se enamorarían dos extraños en pleno fin del mundo.


Hay secuencias de las de abrazarse al cojín (o peluche, o manta, o novio, o lo que gastéis), no sobra ni una canción ni un minuto, el final es perfecto. Un viaje para disfrutarlo de principio a fin. Como la vida, como un buen amor. Te deja clavado a la silla con una sonrisa, a pesar de todo. Pues sí, me dije, orgulloso: es una película "muy yo".

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Smiley. Una història d'amor

Me siento vacío cuando salgo del teatro. Eso le decía ayer a unos amigos, a punto de entrar todos al Espai Lliure para ver Smiley, de Guillem Clua. Y es que por buena que sea una obra, nunca me siento satisfecho; será que luego no puedo comprar el DVD, como en el cine. Ayer no fue así: salí del teatro completamente extasiado.


Hora y media de comedia romántica, con todos sus tópicos y giros inesperados. Los ingredientes: un guión preciso, lleno de frases mordaces, dos buenos actores y un escenario camaleónico: bar del Gaixample, piso compartido, aeropuerto. Mucha autocrítica del mundo gay y las redes sociales pero una misma búsqueda.

Una apuesta por el amor en mayúsculas, por el optimismo, por la magia, por las puertas abiertas, por las diferencias y el aprendizaje que conllevan. Todas esas cosas que Àlex y Bruno habían olvidado porque a veces parece más sencillo tirar la toalla. Cuando en realidad todo se reduce a sentir. Confiar en eso que sientes y actuar en consecuencia: llamar, escribir, sonreír. Y hacerlo a tiempo.


Hoy dan su última función, después de una exitosa andadura de cuatro meses por la Sala FlyHard y el Espai Lliure, agotando casi a diario. Por eso, estoy convencido de que pronto estarán en nuevas salas y llegará, por qué no, una versión en castellano. Así que si en el futuro tienes la oportunidad de verla, adelante. La química del sexo, la chispa y las carcajadas, las lágrimas se notaban desde la butaca. Te llenará.

EDIT: Me informan que la obra pasa al Club Capitol. Del 14/03 al 28/04.

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We mapped the world

Al final será verdad aquello que decían en Love Actually. "El amor, en realidad, está en todas partes." Buceando por Tumblr he encontrado esta serie de fotos. Cuánta magia con pocos ingredientes. Sale una pareja, él es el fotógrafo y ella, de espaldas a la cámara pero siempre cogiéndole la mano, le guía por rincones de todo el mundo.


 
 


La idea es del fotógrafo Murad Osmann y recoge bien lo que es el amor: sed de experiencias, aventuras compartidas, evolución. Aladdin tendiéndote la mano desde su alfombra mágica: "¿Confías en mí?" Perder en compañía el miedo a volar. Siempre adelante, la siguiente casilla a la que viajemos también merecerá la pena.

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Paperman

"Dar en el blanco es el resultado de noventa y nueve fracasos."
(Ariel Andrés Almada - Los cerezos en diciembre)

The Artist y el mejor anime japonés. Son las primeras cosas que me han venido a la mente viendo esta maravilla titulada Paperman. Su protagonista parece salido de la pluma de Naoki Urasawa. Durante los 6 minutos que dura el corto, no se pronuncia ninguna palabra, pero está lleno de magia. De la de verdad. La unión perfecta de animación tradicional y 3D. Les ha costado pero lo han logrado.


Y de eso va la historia de Paperman. De intentarlo, intentarlo, intentarlo. Tantas veces que pierdes de vista el objetivo original. Para encontrar hay que buscar, pero también saber soltar a tiempo. Poner la suerte en movimiento, nunca forzar que el viento sople a tu favor. Fluir es avanzar y también confiar que ocurrirá algo bueno.

Siempre he admirado a esos amigos que tienen pareja estable con la que llevan años. Me gusta escucharles. Sin ir más lejos, hoy un amigo me contaba que se va a casar con su novio después de 12 años juntos. Es bonito oírles rebobinar a esos primeros momentos, cuando solo había corriente y una barca temblequeante y dos remos que no sabían bien cómo usar. Todos somos principiantes alguna vez.


Los que sabéis muy bien qué significa remar juntos, los que estáis cansados de lanzar aviones de papel, los queréis que os enseñen a bailar, los que creéis en la magia, incluso los que dejáis que de eso de la magia se encarguen los demás... Disfrutad todos del arte de Disney en estado de gracia.

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El lado bueno de las cosas

Todos llevamos equipaje. Pero no siempre nos pesa lo mismo. Hay momentos y momentos, y el que atraviesan los protagonistas de este drama romántico es el momento más bajo de sus vidas. Pero lo bueno de llegar al fondo del pozo es que a partir de ahí ya solo queda una salida: subir. De esa ascensión trata la película.


"Excelsior", lo bautiza Pat. Ver el lado bueno de las cosas, sacarle partido a los obstáculos y tomarse con humor cualquier desaguisado. No es fácil para alguien bipolar como él, con constantes ataques de ira y una medicación que lo deja medio abatido. Pero lo intenta, vaya si lo intenta. Ahí están sus padres para ayudarle. Y una chica. Bueno, La Chica: ya he dicho que esto era una película romántica.

Lo mejor del optimismo que comparten todos los personajes de El lado bueno de las cosas es que te lo crees. No es un optimismo ingenuo de nubes rosas y arcoiris. Es crudo, salvaje, sangra si le golpean. Pero está hecho a prueba de bombas, porque eso de apostar alto tienes que ganártelo. Y sudar, sudar mucho.


Iba con las expectativas muy altas. Avisado también, de que no ésta era una comedia al uso: tiene mucho de drama y flirtea con el indie, el último grito en Hollywood. Yo encantado. Bienvenidas sean todas las películas que se salen de la fórmula y ofrecen protagonistas distintos. Desquiciados casi, en este caso. Y adorables, y guapos. Tan creíbles que hacia el final a punto estuvimos de aplaudir todos.


Alguien que te enseñe a bailar o que como mínimo quiera bailar contigo. Y compartir locuras. De eso se trata el amor. Bichos raros que se topan en el zoológico. Juntos llegarán más allá de las nubes, lugar privilegiado desde donde contemplar ese silver lining del título original y gritar: ¡Excelsior! ¿Ves como merecía la pena buscarlo?

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Amor es todo lo que necesitas

"Puedo hacerlo si tú lo haces conmigo."

Que tome nota Woody Allen, porque esto es lo que esperaba de A Roma con amor. Historias de turistas que descubren el amor por Italia, el punto justo de locura, paisajes deslumbrantes. Susanne Bier aprovecha mejor la localización, el pueblo costero de Sorrento y consigue una comedia que además de romántica es inteligente.


Entre tú y yo, no sabía que el cine nórdico también podía ofrecer comedia. Lo descubrí el año pasado con Siempre Feliz y lo confirmo ahora con esta película. Tampoco evitan el drama, ojo. "La vida es así", parecen decir, pero sin encogerse de hombros. Vamos a salir de ésta, y reforzados, y más sabios. Y más felices, que el ingrediente secreto es fácil, ya lo adelanta el título: amor.

Nada como un entorno bonito para disfrutarlo. ¡Qué paisajes! Acantilados, playas, bosques de limoneros, un pueblo turístico que conserva su encanto, con bares donde antes había iglesias. Sales de la película buscando vuelos y precios de hotel. Atención, por cierto, al uso del color, con rojos, amarillos, verdes y azul muy potenciados, muy en la línea de Almodóvar.


Cada línea de diálogo, cada palabra, define a los personajes. La mujer recién separada y con cáncer que no cree en su potencial, la ejecutiva frustrada que quiere conquistar a su cuñado (ya viudo) a cualquier precio, la novia suspicaz, el marido infiel que se presenta con su secretaria... Gracias a un buen trabajo de guión, a todos los conoces enseguida.

Nadan desnudos porque el agua está buena. Secan la ropa al sol, salen a ese balcón que tan buenas vistas ofrece. Se tumban en el suelo cuando no hay muebles. Se atreven en compañía. Sonríen cuando no queda otra. Es una película, en fin, sobre aprender a quererse y aprender a querer. Viene a ser lo mismo.

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Dog days are over

Creo que comprendo mejor el amor desde que tengo gato. Bueno, no lo tengo. Lo disfruto. Estoy cuidando de él mientras un amigo está de viaje, y ésa ha sido la primera lección, que las cosas no se tienen o dejan de tener, sencillamente se disfrutan. Deja que llegue lo que deba llegar: hasta hace poco, ni siquiera me gustaban los gatos.


Cuidar de Batman (así se llama) es desinteresado. Le limpio la arena, me aseguro de que tenga comida y agua suficiente cada vez que salgo de casa. Le acaricio y le hablo con voz suave. Lo hago como recomiendan hacerlo todo los maestros zen: sin esperar nada a cambio. Solo quiero que el gato esté a gusto. Es mi tarea.

También le miro mucho, porque es muy mono y además me divierte ver cómo juega. Cómo descubre el mundo. Se queda extasiado delante de la ventana, todo le sorprende. Disfruto enseñándole pequeños placeres, cosas como jugar con una pelota de ganchillo. Y como me gusta jugar con él, a él le gusta jugar conmigo.


Dicen que el gato es un animal arisco. Creo que no. Es independiente, eso sí, pero también sabe ser cariñoso. A su manera. No le puedes dar órdenes, eso es algo que aprendes tras varios días de convivencia. Tienes que dejarle hacer, darle su espacio. Estar tranquilo: el gato siempre vuelve.

Lo mejor de todo es cuando al final del día, Batman salta encima de mi cama, con sus patitas hace un hueco en el nórdico de IKEA y se acurruca a mi lado. Se siente seguro conmigo, me da su calor. Gracias, parece decir cuando me mira con los ojos entrecerrados, y vuelve a cerrarlos. Más, por favor.

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Brenda Shoshanna - El zen y el arte de amar

"Cuando me busques de verdad, me verás en el acto"
(Kabir)

Como el mar en calma. Así me quedé después de leer este libro, y mientras lo leía. Me ha gustado mucho, la verdad. Al principio solo lo hojeé, como hojeo todos los libros que llegan a la tienda, y entonces saltó una frase que parecía escrita para mí en ese preciso instante. Eso ocurre solo con los libros especiales, y éste tenía que serlo.


La autora hace un paralelismo entre el proceso de enamoramiento y una sesión de meditación zen. Es curioso cómo encaja cada paso (cada capítulo), descalzarte, sentarte, el arte de cocinar, limpiar... pero más allá de la ocurrencia, lo bueno de El zen y el arte de amar es que, sin necesidad de que te interese el zen, sus ejemplos son visuales. Entiendes al momento qué es lo que podrías mejorar. Sin prejuicios.

¿Es autoayuda? Sí, y tampoco dice nada nuevo, en realidad, nada que no intuyeras ya. Pero como siempre digo, a veces viene bien que alguien te lo recuerde. El libro, además, es útil tanto para quien no encuentra pareja como para quien la encontró pero algo no salió bien, también para quien la tiene y quiere disfrutarla aun más.


Hay que saber apreciar lo que el mundo te da. A menudo piensas en lo mucho que te falta y no piensas en todo lo que ya tienes a tu alcance. A veces abres la puerta pero no enciendes la luz del porche. A veces culpas al mundo pero no pones de tu parte. A veces no entiendes por qué. Y a veces llegan libros como éste.

En la práctica zen nos volvemos vulnerables. Cuando nos descalzamos, empezamos el proceso de ir soltando nuestras defensas habituales y signos externos de valor. En el zendo encontramos nuestro auténtico valor, pero antes debemos abrirnos y soltar aquello a lo que nos estamos aferrando. Al hacerlo, descubrimos que aquello a lo que nos habíamos estado aferrando era lo que nos causaba los conflictos y el dolor. Y a medida que seguimos practicando, nos resulta cada vez más fácil quitarnos los zapatos y caminar, expuestos y descalzos, por el suelo de madera. Aprendemos a hacer lo que se nos pide sin titubear y a lo mejor incluso descubrimos que fue nuestra incapacidad para hacerlo en el pasado lo que contribuyó a que experimentáramos desengaños y rechazos amorosos. (Pág. 22)

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Submarine

Segundo romance hipster del año. Tras ver la maravillosa Moonrise Kingdom, tocaba el debut cinematográfico de Richard Ayoade (uno de los protagonistas de IT Crowd y director de videoclips para gente como Arctic Monkeys, Vampire Weekend o Yeah Yeah Yeahs). La película se estrenó en Inglaterra el año pasado. No es que se haya estrenado tarde en España; es que, como todo, ha llegado cuando tenía que llegar.


Sorprende que sea la adaptación de una novela. Y es que el mundo de Oliver Tate, el protagonista, es tan sumamente visual, que no te la imaginas como un bloque de texto. Bien de filtros, bien de efectos y bien de montaje (ese plano/contraplano en el pasillo). Una sorpresa tras otra. Da gusto pagar por ver delicias así en el cine.

Siempre acompañado por las canciones de su radiocassette, Oliver quiere salvar el matrimonio de sus padres, quiere seducir a una chica... pero descubrirá que tiene que establecer una escala de prioridades para salvar todas esas cosas que le importan. Una flecha no da para mil dianas. Habrá que buscar mejor munición.


Me gusta que los protagonistas no sean perfectos ni guapos. Me gustan los ojos mega-expresivos de él y la sonrisa cabrona de ella. Me gustan las escenas donde solo existen ellos dos, felices al correr por la playa o entre luces de colores. Cuando cogerse de la mano es descubrir el mundo. Un film sobre el amor, sin más. Disfrutadlo.