Este blog se ha trasladado, buscando el nuevo blog...

Pages

Mostrando entradas con la etiqueta alberto olmos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alberto olmos. Mostrar todas las entradas
5 comentarios

Alberto Olmos : Ejército enemigo

"La solidaridad ha fracasado."

Libro incendiario donde los haya. De hecho, a punto he estado de no comentarlo en el blog. Alberto Olmos, en boca de un protagonista cínico, publicista desencantado con el mundo, subraya los fallos de nuestro sistema. Pero detrás de su nihilismo, quiero ver las bases de otro mundo. No sé si mejor, ya se verá, pero otro mundo.


Es decir: hay que conocer para mejorar. Y el libro entra a trapo: juventud sin futuro, trabajos basura, activismo solidario de boquilla, el escaso valor de la intimidad en una época de redes sociales, la pornografía amateur, el capitalismo caníbal que quiere vender iPads a gente desplumada. El legado que dejamos.

Ejército enemigo es, además, una novela policíaca. Hay un crimen y una investigación en apariencia imposible. A ratos me recordaba a la del primer volumen de Millenium, cambiando la nieve de Suecia por el polvo del cemento de algún suburbio madrileño. Tensión creciente, muy bien medida, que llega a un tramo final terrorífico.


Ya llevo leídos tres libros de Alberto Olmos y me parece un autor valiente. Comprometido no, nada más lejos de su intención: valiente. Habla de lo que a menudo nos da vergüenza poner en palabras. Incomoda. Y con el culo torcido en el sofá, aprendes, quieres avanzar, reconstruir. Protegerte.

2 comentarios

Alberto Olmos - Trenes hacia Tokio

A veces los sueños se cumplen y entonces uno no sabe qué mover.

Vivir en Japón. Suena bien. Suena exótico, bonito, deseable. Alberto Olmos, que se lo conoce bien porque estuvo viviendo y trabajando allí durante 3 años, desmitifica eso de vivir en Japón en la segunda novela que leo de él, Trenes hacia Tokio. El libro se gestó en un blog y quizá por eso cada capítulo parece un cuento casi independiente, una cápsula directa al estómago. Todos tienen un título misterioso (al final siempre se resuelve el enigma y a menudo, al descubrir el por qué del título, no puedes evitar soltar una carcajada). Todos te llevan a ingerir -a leer- la siguiente cápsula. Te horrorizan y quieres más.


No estamos en el Japón de las geishas y los carteles de neón, sino en el Japón de las personas, de los trabajadores, de los estudiantes. El Japón íntimo, el de los deseos inconfesables, los viajes en tren y el aburrido día a día. Alberto Olmos desmenuza la realidad con una prosa quirúrgica, implacable. Ni siquiera es cruel: simplemente dice las cosas tal cual son, tal cual las ve. Destaca detalles insignificantes que le dan una nueva dimensión -absurda, ultrarrealista- a todo.

Su prosa es como una cámara de cine equipada con rayos-x que exploran bajo la ropa, bajo los párpados. Sus metáforas sorprenden, por lo lúcidas. No gasta más palabras de las necesarias. (Me maravilló, por ejemplo, cómo en vez de decir: "Me subo al coche y observo la ciudad al otro lado de la ventanilla", el autor suelta simplemente: "La ciudad se vuelve paisaje". Toma.) Más de una vez, en más de una frase, he querido aplaudir y he odiado al autor por ser tan certero.



Hay en Trenes hacia Tokio una urgencia por llegar a ninguna parte. Pedazos inconexos sólo en apariencia que van hilvanando una historia triste sobre la incomunicación. Y quizá lo más desasosegante sea que sólo se tendría que cambiar algunos nombres propios y marcas comerciales para que la novela pudiera estar ambientada en cualquier otra parte del mundo "civilizado". Y aún así, el ambiente que se describe, los personajes, los protocolos, son innegablemente japoneses. ¿Nos estaremos convirtiendo todos en japoneses?

No todos los trenes van hacia Tokio: solo los que tomo yo. Siempre que entro en un tren, y me siento, y me convierto en pasajero por unos minutos (a veces hasta por unas horas), sueño que voy hacia Tokio, que me llevan a la gran metrópoli, al cenáculo del dinero y del rímel y de las grandes pantallas de televisión. Luego, el tren, sus puertas, se abren a la decepción, una decepción provinciana, con poco dinero, ojeras y televisioncitas.

4 comentarios

Alberto Olmos - Tatami

Cuanto más irrealizable era el deseo, menos dolía.

Mientras esperaba a que me llegase Ejército Enemigo, la nueva novela de Alberto Olmos que tanto me llamó la atención en la última Qué Leer, opté por tener una primera toma de contacto con el autor, y elegí este otro título por sus resonancias japonesas. Me encontré con un estilo ameno, contundente, travieso pero también muy lúcido. Detrás de una historia en apariencia grosera, encontramos ideas interesantes.


A través del diálogo entre un mirón (la palabra voyeur le quedaría grande) y su sufrida compañera de vuelo, Alberto Olmos nos habla del miedo al contacto físico, del pánico a dar pasos decisivos, de la desidia y la soledad a las que parece abocarnos la sociedad con sus contratos basura y sus minipisos en edificios demasiado grandes (con Japón como telón de fondo y paradigma de ese individualismo forzado).

Nos habla sobre todo de los fetichismos, de las muchas formas de entender el sexo. El sexo visto como otra forma de ejercer el poder sobre los demás. Dice el protagonista: "Saber que me desean, que me miran, me excita mucho más, muchísimo más, que mirar yo. (...) Nada se puede comparar a la sensación de dominio, de poder. 'Tengo lo que tú quieres': esa es la idea." Es decir: en Tatami no se utiliza el sexo como una forma simplona de provocación, sino como método de reflexión, un ahondar en las mentes de nuestra época.


Obligándonos durante más de 100 páginas a escuchar una voz tan obscena que a ratos suelta un discurso casi coherente -y aún así radicalmente opuesto a nuestra escala de valores-, el autor nos recuerda que a veces fingimos tener las ideas muy claras para evitar mirarnos al espejo. ¿Por qué pensamos así? ¿Por convicción o por miedo a ser de otra manera? No sé si esta pregunta se resuelve en Tatami, pero sin duda recomiendo esta lectura sorprendente.

En algunas ocasiones, lo único que te puede hacer reaccionar es la inminencia de un final, de un: ya no habrá más oportunidades.