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La vida inesperada

Siempre hay dos vidas: la que esperas y la que, sin comerlo ni beberlo, llega a tus manos. Como si tu yo futuro te lanzara un salvavidas justo cuando creías que debías seguir nadando en plena tormenta. Ya lo cantaban los Rolling Stone: no siempre consigues lo quieres, pero si lo intentas, a veces encuentras lo que necesitas.


Otra cosa es como aproveches estas oportunidades. Hay cobardes que se creen valientes y hay valientes que creen cobardes. En el fondo, no son personas tan distintas. Los mismos sueños, las mismas cadenas, la misma ceguera para no ver lo que está ahí, a la salida de la boca de metro o en el escaparate de una tienda de delicatessen.

De repente, una Nueva York auténtica, en absoluto de postal. Aparece el Empire State en el póster, para que se la reconozca, pero la película apenas saca ningún monumento ni lugar emblemático. Sus personajes recorren las mismas calles que recorrerías de vivir allí. Los bares de cócteles baratos, los pisos diminutos donde desde el sofá ves el baño, los restaurantes en la otra punta, todas las calles iluminadas y no solo Broadway o Times Square. Se nota que Elvira Lindo es la guionista.


Ironías del destino: cruzaste el charco para acabar encontrando algo pequeño. Y parece tan diminuto en la ciudad más grande... Sabes que hay miles, millones de personas persiguiendo su sueño, pero sentado en un banco, a la espera de esa llamada, quieres creer que esta vez, contra todo pronóstico, serás tú el afortunado.

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Elvira Lindo - Lugares que no quiero compartir con nadie

"Todo siempre en su sitio. Sólo eres tú quien cambias."

Me gustó el título. Y por eso me lo regalé en Sant Jordi. Por eso y porque los lugares eran de Nueva York, claro. Siempre he pensado que escribes tu diario con la esperanza inconfesable de que alguien, algún día, sin permiso, lo lea: te enfadarás, claro, pero en el fondo te sentirás halagado. Lugares que no quiero compartir con nadie me evocaba algo de ese impudor coqueto.


La comprendo muy bien, a Elvira. A veces llegas a un punto de tu vida en el que cobijas cosas, lugares que has conquistado para ti mismo, y te los guardarías dentro, los sientes tan tuyos que, de alguna manera, se despierta el cosquilleo de compartirlos. Como si guardarte para ti eso tan valioso lo anulara y solo una segunda mirada confirmase que merece la pena. Que te merece la pena.

El placer y el riesgo de compartir. De eso va este libro. Hacer públicos los refugios íntimos de una Nueva York en la que todos nos sentimos nómadas. La necesidad de refugios en esa ciudad inabarcable. Lugares en los que alguien te espera, en los que echar raíces. Les llamas "casa", ya sean una casa real, un parquecito con sombra, un paseo junto al río donde hacer fotos o recoger tornillos, o cierto bar de buenas copas y mejor música. Todos necesitamos esos refugios, sí, incluso los que nos tenemos por autosuficientes, o nosotros más que nadie.


"¿Cómo escribir un libro sobre una ciudad que se pierde cada día?", se pregunta Elvira. Los locales que cierran. Hay que rendirles homenaje, para que recordemos que existieron. Los que ya desaparecieron, los que cambiaron de manos y por tanto se volvieron en otra cosa. Pero sobre todo los lugares que podrían desaparecer pronto, porque es una ciudad en perpetúa transformación, parches sobre parches, siempre en busca de la novedad, de lo mejor, como si eso garantizase algo. Hay una nostalgia que impregna todo el libro: el miedo a perder lo que se ha alcanzado, lo que ahora disfrutas, tus refugios. Pero encontrarás otros, no puede ser de otra manera. No estarás solo. Y menos en Nueva York. 


Echaremos de menos el parque. El río. Y esa excusa que se tiene a mano siempre para decir que no a una propuesta: lo siento mucho, no estoy en España. Nuestra vida tranquila está aquí. También donde, por alguna razón misteriosa, uno se vuelve más curioso y tiene afán por visitar lugares que aún no conoce. Tal vez porque en el fondo se sabe, sabemos, que esto tiene fecha de caducidad.