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Terenci Moix : Terenci del Nil. Viatge sentimental a Egipte

Se'm fa estrany escriure en català. I això que abans ho feia sempre. Però més estrany se’m faria parlar d’aquest llibre en cap altra llengua. És com Terenci el va escriure i com n’haig de parlar. Perquè no, aquest no és el mateix llibre de viatges que el 1999 va titular com “Terenci del Nilo”, ja a Planeta. Abans d’aquesta erudició egípcia, Terenci va abraçar les mateixes ruïnes amb la passió d’un principiant.

 
1970: després de dos viatges, finançats amb el que havia guanyat amb els seus primers llibres i els premis que li van portar, Terenci es proposa parlar-nos del seu Egipte. Per a ell, la literatura de viatges no pot ser objectiva: necessàriament ha de transmetre l’ànima de qui l’escriu. Així s’entén que reuneixi en 200 pàgines totes les seves cabòries, un Egipte hereu del cinema de Hollywood i dels còmics que llegia de petit, el seu carrer ponent de Barcelona, la construcció del seu propi personatge, les estades a Londres i a Roma, els seus amics, els seus projectes futurs.

Tot es concentra a Egipte, país que ell creia conèixer per tant com n’havia vist a les pel·lícules. Tanmateix el sent com nou en posar els peus damunt la sorra. Nou i acollidor, com una casa nova quan hi vas a viure. I s’hi fa tot un reguitzell de preguntes que fins ara no havia gosat de fer-se. De ciutat en ciutat, de ruïna en ruïna, Terenci viatja a un altre Temps on els faraons creien governar el desert. Ells van desaparèixer, d’alguns no en queden ni els jeroglífics amb el nom, mai no en sabrem la seva historia. Terenci s’hi sent identificat perquè sap que, al capdavall, aspirar a la posteritat no té cap sentit, però precisament perquè no en té, ens hi sentim empesos.


Amb aquesta angoixa, deixa enrere els oasis i recorre el Nil, riu amunt, cap a terres fondes, per tal de trovar-hi un mirall definitiu. Ens permet acompanyar-lo en el periple. Més enllà de l’Esfinx i de les piràmides, fins a l’última duna. En tancar la porta, un recull de poemes. Sempre hi descobreixes coses noves, en Terenci, i aquesta n’és una altra. Tal com passa amb les restes de l’Antic Egipte enmig de la sorra, en aquest llibre hi sobreviu un Terenci com ja no el tornarem a conèixer: encara curiós, jove i rebel, a mig construir.

De cara al nostre alliberament total, el desert, que sempre ha servit per construir pobres metàfores de solitud o d’esterilitat, hauria de servir en la dimensió que veritablement té: lloc d’extrorversió humanista, en la qual pots meditar, córrer sense limitació, fer volar sorra amb les mans, sentir sobre la carn nua el sol que t’escalfa fins a assolir la celestial crema que et fa sentir viu... (Pàgina 96.)

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J.D. Salinger : El guardián entre el centeno

Tengo que confesarlo, así de entrada: no había leído este libro hasta hace 2 semanas. Y no lo había hecho porque ese título, a mí me evocaba una especie de fábula moral en la línea de El Alquimista o El caballero de la armadura oxidada, pero ambientada en un mundo tipo Tolkien. Mezcla que me daba bastante pereza, dicho sea de paso. Lo juro, eso me evocaba El guardián entre el centeno. Y nada más alejado de la realidad, claro. Lo descubrí en mis últimos días de vacaciones, cuando necesitaba algo para leer en la playa, y cogí el libro de mi compañero de piso, y volvió a sorprenderme como siempre su contraportada blanca, y al hojearlo vi: "Nueva York". De Tolkien con moralina nada.



Al protagonista del libro se lo ha tachado de rebelde, desubicado, arisco... No me parece nada de eso. Es un chico normal y corriente cuyo único delito, en todo caso, es no aceptar la mediocridad. Y eso, en un mundo como el suyo, donde todos prefieren la facilidad de lo mediocre, le lleva a huir. Qué otra salida le queda. Pues dar vueltas y vueltas hasta encontrar algo que de verdad le motive.

Desde aquí quiero aprovechar para decirle a la gente de las toallas de alrededor que no, no estaba loco ese chico que se carcajeaba con un libro en la mano. Era yo, empatizando con el protagonista y su peculiar versión del mundo. Menuda travesía pasa el pobre en el Nueva York de los años 40 pero que podría ser el de hoy día. De plena actualidad me ha parecido, sí, el libro. El consuelo es que el mundo no empeora, sigue en las mismas que hace 70 años. Pero a los que no se conforman, tampoco les queda otra solución que la de Holden: seguir buscando.

"Hay quien no sabe lo que le interesa
hasta que empieza a hablar de algo que le aburre."

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Paul Auster : El Palacio de la Luna

"Hay libros que hablan y ciudades que viajan", dice el protagonista en cierto momento. Este libro es de los que hablan. De los que no estás leyendo, sino escuchando, cada frase una de las olas que llegan a la playa y la refrescan y se llevan consigo las piedras, despejando así la arena alrededor de tu toalla. Ahora lo ves todo más claro.


"El único lugar en donde existes es en tu cabeza", le advierten al protagonista hacia el final. Él ya lo ha descubierto. Ha pasado por varios procesos de destrucción donde al final solo podía contar con él mismo, con la imagen de sí mismo que conserva. Esa imagen le sirve como brújula cuando por fin el viento cambia.

Destrucción como único método de volver a reconstruirse. Como esos templos japoneses que derriban cada 50 años y vuelven a levantarlos tal cual, para que siempre sean fuertes. Quizá somos así, piensas perplejo, antes de adentrarte de nuevo en este cruce de historias de hombres que salieron fortalecidos cada vez que lo habían dado todo por perdido.

Y ojalá fuera tan fácil como beber agua en el desierto o cambiarte el nombre. Ojalá al final todas las piezas encajasen y todas las conexiones tuvieran sentido. Lees en busca de respuestas y la única que llega es la que ya sabías: que hay que caminar mucho para atravesar el desierto. De una punta otra, hasta el mar. Creías ya estar ante él pero resulta que hay otro mar en el extremo opuesto. Allí la luna brilla. Un primer paso, el primero de muchos. Tendrás que desgastar las suelas.

"Iba descubriendo que era capaz de ir muy lejos,
mucho más lejos de lo que había creído posible."

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Wave

Siempre está llegando una ola. Aunque no la veas. El mar no deja de moverse. Aquí, justo enfrente, está en calma, pero unos metros más allá, esos turistas tienen que subir un poco sus toallas para que no se las moje la siguiente ola. Fíate de las corrientes invisibles. Olvídate de ellas, también, porque nunca podrás controlarlas.


Por ahora sigue buscando piedras negras y blancas a lo largo de la orilla. Tranquilo, que no se acabarán. Las piedras las trae el mar por la noche. Y mientras sigas buscándolas, el mar seguirá trayéndolas y puliéndolas para que, cada mañana, las encuentres relucientes. Al cogerlas, tienes la manía de frotarlas para quitarles la arena, aunque a veces tus dedos están tan sucios que consigues lo contrario.

Te gusta imaginar las piedras de tu colección como fichas. Una a una, estás creando un juego para el que aún no tienes reglas. Y también te hará falta un tablero. Ya llegará, como todo. Como esa ola que ahora te golpea las pantorrillas. Pero hoy no te tumba. Allí hay otra piedra.

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David Nicholls : Siempre el mismo día

Leer un libro después de haber visto la película es extraño. Más extraño que volver a un libro que ya habías leído. La historia es la misma, pero ahora no solo conoces las caras que se esconden tras las palabras, también las voces. He leído las frases de Emma con la voz de la dobladora de Anne Hathaway. Era como ver los vídeos de las vacaciones de dos amigos después de que ya me las hubieran contado. Me desconcertaba cada cambio, entre lo que yo recordaba (de la película) y lo que ocurría de verdad (en el libro)

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Pero me ha gustado el viaje. El libro me lo podía llevar a cualquier parte. A la playa, sobre todo. Y me gustaba notar el gramaje de las páginas, su textura bajo el sol, que cada día se amarillearan un poco más y que al sacar el libro de la bolsa, ya en casa, sus esquinas siempre hubieran cogido un poco de humedad de la toalla. El desgaste del tiempo, el mismo por el que pasan Emma y Dexter.

Esta amistad a través de los años ha vuelto a golpearme. En el cine porque entonces la sentía cercana y en la toalla porque ahora venía desde otra galaxia. De una realidad alternativa. Y qué tonto te ves desde lejos. Qué tonta es Emma pero cómo la entiendes. Al terminar, me sequé y volví andando por otras calles que aún no había visto.

"-No, en serio, ¿qué pasó?
-Que te conocí. Tú me curaste de ti."

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La diferencia entre la fe y la ciencia

La primera vez te sale natural. No piensas en nada. Sientes. Te dejas arrastrar, improvisas en milésimas de segundo. Salen solos los gestos, se desliza el pincel sobre el papel de arroz, brota lo que no sabías que estaba ahí. Eres capaz. Una sorpresa lleva a la siguiente. Ni siquiera tienes tiempo de pensar: "Qué fácil".

Fotografía: First Place de Wagner Araujo.

Piensas después, viendo el resultado. Lo bien que te salió, y qué fácil parecía mientras lo hacías. Tan fácil que podrás recrearlo. Dispones la mejor hora para hacerlo, relajas los músculos, pones música tranquila, algo de Enya, y enciendes una barrita de tu incienso favorito. Coges el pincel. El pincel más cómodo. Respiras hondo. Hoy, contra el papel, estudias tus gestos en un intento de recuperar aquella naturalidad que tan bien recuerdas. Pero era una pluma mecida por el viento: puedes cogerla una vez y no otra. Repites, repites, repites y cada vez te notas más mecánico. Eres consciente de cada músculo, cada articulación que hay que poner en movimiento. La técnica mató la intuición La semilla sigue en alguna parte, lo sabes, pero no das con ella. Lo mejor que consigues es una parodia. Quizá otros no lo noten, pero tú sí. Ese trazo tieso, esa arruga donde no tocaba. Te conformas con la imitación, qué remedio.

Un día tendrás la mente en otra parte. Te moverás por moverte. Y lo encontrarás sin pretenderlo. Al vuelo. El tiesto para que brote la semilla. Y otra vez se sentirá fácil. Una nueva sorpresa que te lleva a la siguiente.

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Le vent nous portera

Te gustaría vivir en París. Una buhardilla pequeña desde la que, para cumplir todos los tópicos, verías a lo lejos la Torre Eiffel. Estaría en un barrio poco concurrido, alejado del centro. Así atravesarías la ciudad a pie cada mañana. Nunca cogerías el metro, menudo sacrilegio en una ciudad donde todas las calles son bonitas.


Te gustaría vivir en París. "Algún día", le dices a un amigo al llegar a la playa. Lo dices por decir, uno de esos planes irrealizables pero muy meditados que un día, sin más preámbulo, salen a la luz. En París ya estuviste hace 10 años, pero ahora irías de otra manera. Te patearías los museos y las placitas con cafés alrededor y los rincones escondidos que entonces pasaste por alto. La librería Shakespeare and Co, junto al Sena. Y antes aprenderás francés. Que no vuelvan a poner los ojos en blanco los camareros al recurrir al inglés incluso para una mísera Orangina.

Te gustaría vivir en París como te gustarían tantas otras cosas. Ríes. Qué tontería. Bajáis del coche, cogéis los bártulos. De camino a la playa, sobre un banco, alguien ha abandonado un libro. Vuelves a verlo horas después, cuando ya os vais un poco más morenos. Nadie lo ha cogido. Lo coges tú. Y es una novela en francés, claro. Para que vayas practicando. El título: "L'inespérée". Lo inesperado.