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Terenci Moix : Terenci del Nil. Viatge sentimental a Egipte

Se'm fa estrany escriure en català. I això que abans ho feia sempre. Però més estrany se’m faria parlar d’aquest llibre en cap altra llengua. És com Terenci el va escriure i com n’haig de parlar. Perquè no, aquest no és el mateix llibre de viatges que el 1999 va titular com “Terenci del Nilo”, ja a Planeta. Abans d’aquesta erudició egípcia, Terenci va abraçar les mateixes ruïnes amb la passió d’un principiant.

 
1970: després de dos viatges, finançats amb el que havia guanyat amb els seus primers llibres i els premis que li van portar, Terenci es proposa parlar-nos del seu Egipte. Per a ell, la literatura de viatges no pot ser objectiva: necessàriament ha de transmetre l’ànima de qui l’escriu. Així s’entén que reuneixi en 200 pàgines totes les seves cabòries, un Egipte hereu del cinema de Hollywood i dels còmics que llegia de petit, el seu carrer ponent de Barcelona, la construcció del seu propi personatge, les estades a Londres i a Roma, els seus amics, els seus projectes futurs.

Tot es concentra a Egipte, país que ell creia conèixer per tant com n’havia vist a les pel·lícules. Tanmateix el sent com nou en posar els peus damunt la sorra. Nou i acollidor, com una casa nova quan hi vas a viure. I s’hi fa tot un reguitzell de preguntes que fins ara no havia gosat de fer-se. De ciutat en ciutat, de ruïna en ruïna, Terenci viatja a un altre Temps on els faraons creien governar el desert. Ells van desaparèixer, d’alguns no en queden ni els jeroglífics amb el nom, mai no en sabrem la seva historia. Terenci s’hi sent identificat perquè sap que, al capdavall, aspirar a la posteritat no té cap sentit, però precisament perquè no en té, ens hi sentim empesos.


Amb aquesta angoixa, deixa enrere els oasis i recorre el Nil, riu amunt, cap a terres fondes, per tal de trovar-hi un mirall definitiu. Ens permet acompanyar-lo en el periple. Més enllà de l’Esfinx i de les piràmides, fins a l’última duna. En tancar la porta, un recull de poemes. Sempre hi descobreixes coses noves, en Terenci, i aquesta n’és una altra. Tal com passa amb les restes de l’Antic Egipte enmig de la sorra, en aquest llibre hi sobreviu un Terenci com ja no el tornarem a conèixer: encara curiós, jove i rebel, a mig construir.

De cara al nostre alliberament total, el desert, que sempre ha servit per construir pobres metàfores de solitud o d’esterilitat, hauria de servir en la dimensió que veritablement té: lloc d’extrorversió humanista, en la qual pots meditar, córrer sense limitació, fer volar sorra amb les mans, sentir sobre la carn nua el sol que t’escalfa fins a assolir la celestial crema que et fa sentir viu... (Pàgina 96.)

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Juan Bonilla : El tiempo es un sueño pop (Vida y obra de Terenci Moix)

"Terenci, aun sin saberlo, fue de esos sabios
que dejaba el pesimismo para tiempos mejores."

Otro de esos libros que dejas en la mesilla. Pasan y pasan las semanas y de repente ya hace año y medio que lo compraste. Nada más salir, como comprabas todos los libros de Terenci Moix desde que lo descubriste aquel aburrido verano en Sitges.


Quizá pensabas que ninguna biografía te descubriría cosas nuevas de un autor que, memorias aparte, volcó su vida entera a lo largo y ancho de su obra. Pero Juan Bonilla lo consigue. El tiempo es un sueño pop ahonda en el personaje y reivindica, al final, a la persona que se escondía entre bambalinas. Con sus claroscuros, contradicciones y virtudes que lo hacían único.

Y reivindica sobre todo los libros que él escribió. Porque fue mucho más que alguien que escribía sobre Egipto o novelas de humor absurdo. También fue un pionero que no dudó en mezclar Hollywood y los tebeos con el arte clásico, sadomasoquismo con costumbrismo. Incluso juntó pornografía gay con ciencia-ficción y crítica al Poder. Él mezclaba y con esa mezcla, la mayoría de las veces, acertaba.


Todo ello, fruto de un hombre culto, aunque a veces él pareciera empeñado en esconderlo. Viajero incansable, también: veintisiete viajes a Egipto (se dice pronto), pero también otros tantos a París, Londres, Roma, Grecia, Estados Unidos... Una vida por la que pasó gente interesante, además. De Pier Paolo Pasolini a Rafael Alberti, pasando por Maruja Torres o Nuria Espert.

Hace ya 10 años que murió y todas las formas de recordarle son bienvenidas. Una puede ser adentrarse en esta biografía, pero la mejor, sin duda, sería darle una oportunidad a sus libros. Las memorias El peso de la paja, el novelón El día que murió Marilyn o incluso, por qué no, la operística No digas que fue un sueño. En todos sus libros se pueden encontrar pistas de un talento y una personalidad desbordantes. A mí me enseñó a vivir como yo quería y a tener ambiciones. Gracias, Terenci.

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El sexo de los ángeles

"No te necesito. Quiero estar contigo."

Me cayó en gracia el póster. No sólo por los colorines o los maromos (que también) sino por el título. Uno de mis libros favoritos de Terenci Moix se titula El sexo de los ángeles. Sabía perfectamente que la película no tendría nada que ver con esa sátira de la cultura catalana de los años 60/70, ni mucho menos con las aventuras de Lleonard Pler, el escritorzuelo y enfant terrible protagonista del libro, cuyo nombre tomé para mi alter-ego virtual. Pero me gustó la coincidencia.


Así que sí: El sexo de los ángeles. ¿Hay algo más allá de las escenas de sexo (muchas, y bastante explícitas), de los morreos apasionados entre tíos buenorros sin camiseta y del morbo de la temática? Pues algo debe de haber, porque la película consiguió removerme por dentro temas en los que, generalmente, prefiero no pensar. Las infidelidades (las espontáneas y, peor, las consentidas), los celos, los tríos y el sexo moderno, la sensación de necesitar a alguien.

La película está curiosa, entretiene porque te recreas la vista, pero no puedes evitar pensar lo que mejoraría con unos personajes algo mayores, capaces de plantearse en profundidad las implicaciones de su situación. Mejores actores también, y esto lo digo sobre todo por la chica, Astrid Bergés-Frisbey, que a ratos roza la parodia; ellos cumplen mucho mejor,  también hay que reconocer que sus personajes son más sencillos: el sexérrimo Álvaro Cervantes (su mirada es sexo) y el sorprendente Llorenç González (su sonrisa es amor). Pero merece la pena verla porque, más allá de los aspectos mejorables, hace reír e invita a reflexionar.


Creo que en el fondo no somos tan modernos como nos venden que hay que ser. Nadie. Ni los abanderados de los follamigos y las parejas abiertas. A la hora de la verdad, todos buscamos alguien especial que nos abrace. Todo lo demás son artificios y vestidos del emperador para disimularlo, para mentirnos, para sentirnos a salvo. A mí no me pasará, yo no me ilusionaré, yo no necesito, a mí no me harás daño. Soy libre y follo. Pero abrázame.

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This way could be my Book of Days

Se puede leer por muchos motivos. Y se puede leer todo tipo de libros, que para eso los venden. Lo importante es que, con un libro en las manos, seas invencible. Sí, invencible porque el buen libro te aísla: deslizándote por sus páginas no estás exactamente aquí, aunque realmente te sientas más aquí, más tú que nunca. Te aferras tan fuerte a esa piedra de papel encuadernado. Durante esas horas es lo único que tiene sentido. Y eres feliz, porque de eso se trata, de esa  plenitud, de cerrar un libro con la sensación de que estás un paso más cerca. ¿De qué? Ya se verá. Dependerá de ti, del libro, del camino.


El primer libro del que tengo recuerdos (aunque, por supuesto, no fue mi primer libro) se titulaba Quan la Tina marraneja. Tendría yo 6 o 7 años y, como es lógico, a esa edad no le veía ningún doble sentido al título. Solo sabía que era infumable. A Tina no le gustaba la col lombarda y a mí no me gustaba que me explicasen que no le gustaba la col lombarda. No me aportaba nada. O no conectábamos. Leí una y otra vez aquel primer capítulo, un bucle creado por mi propio aburrimiento, como si a base de releerlo, las desventuras alimenticias de Tina fueran a volverse interesantes. Sobra decir que no me acabé el libro a tiempo para el examen.

Mi idilio con los libros podría haber terminado ahí mismo. Pero tomé otra decisión: leer solo los libros que me gustasen. O como mínimo los que me atrayeran, porque ya lo he contado otras veces: los libros te llaman, sientes que tienes que poseerlos a toda costa, como Bastian al ver el volumen de La Historia Interminable en la librería de Koreander. Tuve la suerte de que mi madre y sobre todo mi abuela alimentaran esta sed lectora sin poner trabas. No todas las abuelas regalarían un ensayo sobre Jack El Destripador que se le ha antojado al nieto de 11 años; la mía sí, y por eso (y por muchas otras cosas) la quise tanto. Ahora sonrío cuando, en mi tienda, alguna abuela no se atreve a comprarle un tomo de Dragon Ball al nieto. Si supieran...


Con los libros he crecido. Pegué el estirón leyendo a Stephen King y Michael Crichton, desembarqué en la edad adulta de la mano de Terenci Moix, durante mis primeros trabajos basura encontré consuelo en las páginas furiosas de Chuck Palahniuk y David Foster Wallace, refloté el año pasado con la compañía de Albert Espinosa, los samurais, Javier Montes, Mathias Malzieu... Cuando he cambiado de casa, siempre ha habido unos títulos y unos autores que tenían que venir conmigo sí o sí para que aquellas cuatro paredes se sintieran como un hogar. Luego ya llegarían los muebles. Son estufas, los libros. El placer del agua cálida en verano.

Así que... ¡Feliz Sant Jordi a todos! Especialmente a quienes, como yo, hoy no vayan a recibir un libro. Pero nos lo autorregalaremos. O cogeremos uno de la estantería y lo releeremos. O lo escribiremos, si es necesario. Sea como sea, leed mucho y leed a gusto.

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Terenci Moix - Mundo Macho

El poder no es nada si no es bello.

El impacto que debió suponer el hecho de ser lector de este libro en 1971, fecha de publicación original. Me gustaría haberlo sentido. Si ahora ya me impacta en su relectura, entonces, 40 años atrás, habría sido un shock de esos que marcan de por vida. Y qué valentía la de Terenci Moix la de publicar esto en una España, la del franquismo, no tan diferente al mundo de fantasía que describe.


El punto de partida: un famoso cantante de rock es secuestrado para gobernar un país exclusivamente masculino que parece existir al margen de nuestra civilización y al mismo tiempo ser el resultado, el cúmulo de toda nuestra Historia. ¿Existe ese Mundo Macho que nos describe el protagonista? Nos gustaría creer que no. Allí, los hombres se comen vivos a sus hijos "impuros" (considerados así por sus defectos físicos, o porque su atractivo o intelecto no están a la altura de las exigencias del país...), las mujeres viven prisioneras en cavernas y sólo sirven para procrear una vez al año, ejército y religión van de la mano y lo dominan todo, hay que superar ritos inhumanos para entrar en la edad adulta, y el único dios tiene forma de Cobra.

Escenas muy explícitas de torturas y canibalismos varios se alternan con bellísimas descripciones de los paisajes, los manjares y la arquitectura de Mundo Macho, que para sorpresa del protagonista es un amalgama de civilizaciones y estilos (egipcio, griego, romano, bizantino, gótico, renacentista, etc). A lo largo de la novela se habla, y mucho, del poder. De cómo el poder cambia de máscara a lo largo de las épocas, pero sigue siendo un poder despiadado. El gobierno de Mundo Macho nos recuerda a los totalitarismos europeos del siglo XX (hay claras reminiscencias del nazismo, el fascismo italiano y el franquismo). Terenci Moix incide también en el poder totalitario, marginador de la belleza. La belleza por encima de todo lo demás: de la cultura y de la humanidad.

La novela es también una reflexión sobre el precio de la fama; de cómo se construye una estrella pensando en cada detalle del personaje y sus actuaciones para obtener los máximos beneficios, pero pasando por alto los efectos que se provocarán en la salud mental de la persona que encarna a esa estrella. Es un bucle triste: la fama destruye y la fama la ansiamos. Así, la novela va derivando en una auténtica pesadilla a medida que el protagonista enloquece y ya no está seguro de si está drogado o viendo una película de su vida.


Mundo Macho es también una visión metafórica del despertar sexual en un mundo hipócrita que invita al mismo tiempo al erotismo y a la represión. Quizá también sea una crítica velada al mundo gay: hermético y delirante, lleno de defectos pero tan necesario para los hombres homosexuales (¿dónde ser uno mismo sino en el guetto?). Es, en resumen, un libro fruto de unas circunstancias y un tiempo muy concretos, y por eso mismo tan fascinante hoy en día... porque sigues viendo cosas muy actuales. Una de las obras más experimentales y sorprendentes de Terenci Moix. Un ejercicio de estilo: sueño, película, realidad inescapable. Huimos de aquello que perseguimos, perseguimos aquello de lo que huimos.


Pensé una vez más que la civilización más refinada, la belleza más lograda y la extrema perfección cultural no consiguen triunfar sobre la crueldad. Y que el despotismo sigue siendo amo y señor del universo, aunque se oculte bajo aquellos tres disfraces y reciba a lo largo de la Historia multitud de nombres diferentes, que pretenden ser disimuladores.

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Terenci Moix - Olas sobre una roca desierta

En algún lugar, supongo, tiene que haber algún reino, un mundo, un ser, una cosa, una sola idea que, nada más cogerla, me haga sentir un rey.

¿Crecen los libros con nosotros? ¿Aprenden, evolucionan? Pienso que sí. Durante medio verano y todo el otoño de 1999, devoré todo lo publicado por Terenci Moix, encontrando en él esa compañía, esa comprensión que tanto necesitaba entonces. Pero Olas sobre una roca desierta me dejó absolutamente indiferente. Y ahora, 12 años después (¡se dice pronto!), decido revisitar esta obra casi por instinto y encuentro en ella, a pesar de estar escrita hace ya más de 4 décadas, las mismas reflexiones que yo me hago ahora. Me descubro reflejado. A lo largo de los años, el libro y yo hemos cambiado, caminando de la mano sin saberlo. Y ahora me habla, porque ahora podemos entendernos.


Olas sobre una roca desierta (recomiendo que, si os es posible, leáis el original en catalán) es la historia de un fugitivo. Un chico de 24 años que huye del ahogo de sentir que no pertenece a su ciudad, a su entorno, a su época. No puede aceptar lo que se espera de él. Así que con la herencia de su madre, se compra un coche deportivo y durante año y medio recorre Europa, sin detenerse en ningún lugar más de la cuenta. Emula así a todos sus mitos, jóvenes rebeldes que huyeron en busca de otras posibilidades. Especialmente al héroe típicamente byroniano de Las peregrinaciones de Childe Harold.

La "novela" (si se la puede llamar así) son las cartas que el protagonista, Oliveri, le envía a un amigo de Barcelona. Le describe las ciudades que visita (descripciones logradísimas, por cierto), le habla de los motivos de su huida, sus lecturas, sus paseos solitarios siempre de noche, sus devaneos amorosos... Todas estas confidencias llegan a dar un tono íntimo, casi de diario.

No se puede negar que Oliveri es clasista, elitista, algo intransigente y despótico. Pero hay algo en él, en ese sentir suyo de que no encajará allá donde vaya, que despierta mucha empatía. Reflexiona con dureza sobre una generación y una cultura que son las suyas pero que no siente como tales, critica la adopción de unos nuevos valores que él no puede compartir. Y suena todo extrañamente actual.


Todo Terenci está contenido en este libro: los jóvenes que huyen, los años 60 (también los 40 y 50), las influencias literarias, la mitomanía del cine, los cómics y otras manifestaciones pop, el por qué del acto de crear arte (especialmente literatura), los misterios del amor y el final del mismo, la soledad, el sexo, la fascinación por un cuerpo martirizado, los viajes, todos esos lugares que lo marcaron: Barcelona, París, Londres, Italia entera, incluso Egipto. También están muy presentes los dos grandes temas que vertebran toda su obra: la eterna búsqueda del doble y el paso del Tiempo. Olas sobre una roca desierta es, quizás, detrás de todas las máscaras, uno de sus libros más sinceros: el que explica la transformación de Ramón Moix en Terenci Moix, nada menos.


Soledad de uno solo; no matas a nadie, nadie te mata. Es paz.

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Adele - Someone Like You

"Perfección". Así definiría este videoclip de Someone Like You en una palabra. A menudo se nos olvida que un videoclip debería limitarse a trasladar una canción al lenguaje audiovisual, reforzarla con imágenes que la complementen, sí, pero no que la emperifollen para que parezca mejor de lo que es.


Por mucho vestuario, por mucho maquillaje, por mucho efecto especial que haya en el videoclip, a la hora de la verdad la protagonista  debe seguir siendo siempre la canción, su letra, su sonido: que todos estos elementos queden envueltos por las imágenes y, juntos, marquen a fuego emociones en el cerebro del espectador. Por eso hay videoclips que funcionan y hay videoclips que fallan. Unos recuerdan su función y otros sólo pretenden impactar. Pero los impactos duran dos segundos, se olvidan enseguida.

No debía ser fácil grabar un videoclip para una canción tan emocionante como Someone Like You. Quizá por eso han tardado tanto. Por eso o porque la marcada estética otoñal habría chocado un poco en pleno mayo.


Hay un relato de Terenci Moix que siempre me ha gustado mucho. Se titula "Asesinar con el amor" y en él, el protagonista pasea por una Barcelona vacía mientras recuerda una historia de amor fallida, los errores y las cosas que cambiaría y no podrá cambiar. Los recuerdos se agolpan y el escenario, esa ciudad nocturna  llena de hojas caídas y aceras húmedas, parece aliarse con las emociones del personaje. No deja de ser una escena que todos hemos vivido pero contada con especial maestría.

Desde hace tiempo me imaginaba algo así para Someone Like you. Y en realidad el resultado no se aleja demasiado. Es un videoclip en apariencia sencillo pero cuyas piezas encajan con la perfección de un reloj, empezando por la fotografía granulada y la ciudad elegida (París... amor y desamor).


Primero, el escenario: un paseo bordeado de árboles junto al río Sena. Sopla el viento. Adele camina mientras canta llena de emoción. Parece ensimismada, sus gestos transmiten toda la intensidad de la letra. La cámara se aleja y Adele encoge. Para el estribillo, volvemos a acercarnos a ella y de repente -la magia de la coreografía, mira a cámara en el momento preciso, justo cuando pronuncia esos "never mind" y "someone like you" tan desgarradores. Te sientes casi culpable. Pronto la cámara gira sobre sí misma, recorriendo ese pequeño pedazo de una ciudad que ya nunca más será de los dos. Termina la panorámica de 360º y jurarías que Adele ha desaparecido. Pero no: ha seguido adelante. Así es el sufrimiento: parece que no podrás, que te fallarán las fuerzas, pero casi sin darte cuenta continúas dando pasos hacia adelante.

En este trozo, Adele no canta. Lógico: esta estrofa es retrospectiva absolutamente. Adele contempla un punto muy concreto del canal, evoca recuerdos, momentos que no volverán. Continuamos el paseo y Adele vuelve a cantar. Atentos a su gesto cuando entona: "how bittersweet this would taste". Brillante. El rostro de la chica se diluye sobre un último vistazo a París. Y la escena final: ¿qué decir? Pocas veces se habrán rodado despedidas tan intensas en un videoclip. No hay diálogos pero tampoco hacen falta gracias a esos juegos de perspectivas y espejos y una última panorámica en la que dejamos de comprender dónde está Adele porque ella ya sólo piensa: "Tú te marchas, yo me quedo".

Lo dicho: un vídeo perfecto para una de las mejores canciones del año.

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Terenci Moix - El día que murió Marilyn

La vida es un regreso constante a lugares que nos contuvieron una vez suprema, estigmatizante, definitiva.

Éste es el libro más bonito que existe. Bonito y triste, por sincero. La melancolía impregna sus páginas como una lluvia muy cálida. No engañan frases como "La felicidad de los primeros días, cuando todavía no pensábamos en el tiempo y un hoy no quería decir asesinato del ayer sino principio del mañana". Pero es una nostalgia que no supone tanto querer volver al pasado como honrar los momentos, las experiencias que te formaron como persona.


También es un libro muy valiente: aunque décadas después Terenci añadiría párrafos enteros que se había autocensurado, ya en la edición original de 1969 se habla claramente de temas políticos y sexuales (también homosexuales) poco habituales en la época.

"El desorden" era el título original de esta novela en su primera redacción en castellano. Luego Terenci la reescribió en catalán, así se publicó y así se hizo famosa y acumuló premios, si bien la edición de 1998 que el autor consideró "definitiva" volvió a ser en castellano. Y de desorden trata el libro. El desorden de una época (la posguerra), el desorden de una clase social (la clase media antes pobre y que empieza a ser rica) y el desorden de una generación muy joven, atrapada en una educación y unos valores que no pueden sentir como suyos. Uno de los personajes es muy tajante al recomendarle a Jordi, amigo del protagonista: "Tu orden es el caos. Ve hacia tu orden y, por lo menos, procura dignificarlo."

La novela es sobre todo la búsqueda de la propia identidad en medio de ese desorden: ¿quién eres, la educación que te han inculcado, la historia que te han enseñado sesgadamente, los valores que te han impuesto, el legado que se espera que perpetúes? ¿O la persona que sientes que podrías llegar a ser si te liberas de toda esa carga? "Tú no puedes ser tu verdad, sino tu búsqueda. Si tú, sólo tú, fueras tu verdad, el mundo se convertiría en una limitación monstruosa". Y cuando no quieres renunciar a ser auténtico, la única solución, claro, es la huida.


La huida como única forma de encontrarse a uno mismo. La huida que lleva, siempre, al inevitable retorno. El retorno de Bruno (el protagonista absoluto del libro) a Barcelona y a Sitges. La novela es también un homenaje a esos lugares -mis lugares-, siendo lo mejor que se ha escrito sobre ambos. Mientras otras novelas se limitan a hacer listas de calles y plazas, Terenci Moix te hace sentir la vida en el día a día de Barcelona y los veraneos de Sitges.


Recuerdo cómo hace 12 años temblaba al leer "El día que murió Marilyn" por primera vez. Descubría así que alguien podía sentir el mismo amor que yo por Sitges, por Barcelona, por sus piedras y sus gentes. Es un amor impregnado de cierto odio, también; algo inevitable cuando entre esos muros has sufrido y sufrirás, y aún así querrás volver a abrazar esas calles.

En fin: un libro precioso, nostálgico, imprescindible, el mejor libro del autor (y tiene muchos libros buenos). Confío que pronto se reedite con una edición magnífica que le haga justicia. Cierro mi crítica con uno de mis fragmentos favoritos, cuando el desengañado Andreu empieza a despedirse de su amante Jordi. Sintentiza muy bien de qué trata "El día que murió Marilyn":

Quiero que sepas lo que es tu ciudad y que un día llegues a amarla no sólo por uno de sus distritos (por elegante que sea), no por uno de sus hombres, no a través de las cosas que se han escrito sobre ella, sino por todo lo que ha sido y será en tu vida y en tu amor. Porque, fíjate, al amarla no amas solamente una piedra o un conjunto de casas, sino que nos amas a todos. (...) Cuando vuelvas a tu ciudad, cuando hayan pasado los años y llegues por el muelle y bajes de un barco enorme y la Rambla vuelva a abrirse ante ti, entonces (...) nos sentirás a nosotros, a todos, latiendo en el fondo de cada recuerdo tuyo, y también nuestros rinconcitos, nuestras casas ya envejecidas, donde un día fuiste feliz; me sentirás a mí, recordarás estas palabras, aquel arco roto; recordarás a tu madre, de joven, en su piso del Ensanche; a Bruno y la calle donde nació...

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There where the air is free, we'll be what we want to be

Hubiera dado el mundo por haber tenido valor para decir la verdad, para vivir la verdad. (Oscar Wilde)

Llevo días retrasando una entrada con mi reseña del libro "El arte de no decir la verdad". La tenía reservada para hoy, en plan crítica cáustica a ciertos aspectos del a menudo superficial mundo gay. Pero no me parecía justo. Así que prefiero homenajear a todas las personas que han luchado, trabajado o simplemente aportado su granito de arena para que hoy, en efecto, podamos disfrutar de todos los derechos que tenemos, gozar de un legado cultural envidiable y caminar con la cabeza bien alta. De ellos, y de muchos otros, sí estoy orgulloso. Estos son algunos de mis ídolos paganos. Como se suele decir en estos casos, no están todos los que son, pero sí son todos lo que están.


Hubo otros tiempos donde el amor entre dos hombres era aceptado con más o menos normalidad, incluso (o sobre todo) entre los más poderosos. Tenemos, por ejemplo, al Emperador Adriano: humanista, pacifista (prefería consolidar fronteras que expandirlas), apasionado y divulgador de la cultura helenística, promotor de la cultura en general, precursor de la multiculturalidad, viajero incansable... Su gran amor fue el efebo Antinoo; tras su muerte, lo deificó y fundó en Egipto una ciudad en su honor: Antinópolis. Eran otros tiempos, desde luego; entonces se comprendía que el amor tiene otros nombres (si bien no para las mujeres, que todavía no tenían derecho al placer). Tampoco me olvido de Alejandro y Hefestión, de Aquiles y Patroclo, de los filósofos griegos, de otros emperadores... Precursores nuestros, todos ellos.


Cabe dar gracias también a todos los artistas que a lo largo de la historia han representado sin pudor la belleza del cuerpo masculino. Deleitándonos la vista, estoy convencido de que también han contribuído a que haya más visibilidad, menos puritanismo. Miguel Ángel, Leonardo, los escultores de la Grecia y la Roma clásicas, y tantos otros. Me parece absolutamente transgresor que en su época, Miguel Ángel erigiera una estatua como el David, que más allá de su inspiración bíblica, es un canto al ideal de belleza masculina.


En tiempos donde parece que los militares gays sólo existen en las películas porno y aún colean los efectos de la campaña "Don't ask, don't tell", es gracioso recordar que hubo tiempos en los que las castas guerreras no sólo aceptaban sino que incluso incentivaban el amor homosexual entre sus guerreros. Se entendía que estas relaciones entre dos soldados incrementaban la fidelidad, el entusiasmo y el coraje de las tropas, y por ello existían rigídas normas de conducta. Ocurrió así en sitios tan dispares como la Grecia clásica o el Japón de los samuráis.


Desafiar las leyes y la hipocresía de su época le acabó costando la salud al pionero Oscar Wilde, que murió a consecuencia de las inclemencias por las que pasó en la cárcel. Mientras les hizo reír exponiéndoles sus miserias, la alta sociedad le permitió ser excéntrico, tener sus caprichos e incluso pasearse del brazo con su amante Bosie. Pero cuando se atrevió a denunciar a uno de "los suyos", la sociedad bienpensante se vengó con furia. Resulta muy inspirador leer sus discursos durante los juicios, pero sobre todo nunca me cansaré de recomendar toda su obra: ya sean sus bellos relatos, sus cínicas obras de teatro, sus poemas o su única novela, la eterna El Retrato de Dorian Gray, eterna porque además de estar muy bien escrita, su temática sigue teniendo vigencia máxima.


Más suerte tuvo Terenci Moix, que ni siquiera durante el franquismo escondió su homosexualidad: ni en las entrevistas ni, desde luego, en su obra. Se estrenó con La torre de los vicios capitales (si bien algunos relatos no superaron la censura), siguió con un título tan marica como El día que murió Marilyn, pronto llegó Mundo Macho... Lo suyo nunca fue la militancia, sino la normalidad. Escribía sobre lo que sentía, lo que amaba, lo que deseaba, lo que pensaba. Y quizá por eso siempre gozó del apoyo y el cariño del público, de la crítica y de todos los sectores, incluso de la derecha. Por encima de todo lo demás, en la prosa de Terenci aprecias su sinceridad absoluta. Sinceridad a menudo desgarradora, como en No digas que fue un sueño y su secuela El sueño de Alejandría, pero también en obras presuntamente petardas como Garras de astracán. Recomiendo especialmente sus tres volúmenes de memorias, claves para entender un personaje tan especial. Gracias por todo lo que me has aportado y enseñado, Terenci. No es casualidad que mi nick en internet sea Lleonard Pler, en honor del protagonista de uno de tus mejores libros, El sexo de los ángeles.


Freddie Mercury era muy tímido pero lo compensaba con sus dotes de estrella sobre el escenario. A pesar de la discreción con la que siempre llevó su vida privada, es indubable que su muerte contribuyó a sensibilizar al mundo sobre la tragedia del SIDA. Pero prefiero quedarme con sus gestos teatrales y su excentricidad, con su voz potente: cantando, actuando, Freddie Mercury te invitaba a ser tú mismo. Bien conocido es todo el repertorio de Queen, pero hoy también quiero destacar la calidad de su carrera en solitario: sólo nos dejó dos discos y varios singles dispersos, pero todos ellos son más que recomendables. Podéis empezar a conocerlo con el reciente recopilatorio Lover of Life, Singer of Songs (precioso título, por cierto: qué bonito que te recuerden así).


Tampoco quiero olvidarme de David Bowie, que sin ser gay, sí ha abierto mentes coqueteando con la bisexualidad y la androginia. Lo suyo siempre ha sido la transformación constante: en looks, en sonidos, pero siempre imponiendo su personalidad apabullante. Con sus personajes, su estética revolucionaria y sus temas, él también ha sido una pieza clave de la transgresión de ser uno mismo. Un auténtico Rebel, Rebel, sin duda. Sin él no existirían Madonna, Marilyn Manson, Lady Gaga ni muchos otros.


Y no puedo dejar de hablar de Pet Shop Boys. Mucho antes de que, a principios de los noventa, el cantante Neil Tennant saliera del armario, ya nos habían dejado numerosos vídeos e himnos donde la homosexualidad estaba presente de forma más o menos obvia: Opportunities, West End girls, It's a sin, Domino dancing, Being boring, Was it worth it?, Go West... Sus letras siempre se han destacado por la normalidad. Si te gustan los hombres, ¿por qué deberías cantar sobre otra cosa? Lo de cantarles a chicas inexistentes se lo dejan a otros. Por tanto, su arte es así no para vender más sino por coherencia con ellos mismos. La hipocresía de la gente hizo que a partir de la salida del armario se les criticase por lo mismo que ya llevaban años haciendo y que en cierto modo se los marginase por ello, pero Pet Shop Boys no han cambiado. Pocas formaciones pueden presumir de 25 años de buena música, buenos vídeos y buenos conciertos, todo presentado con el envoltorio del buen gusto. Imprescindibles.


Y por supuesto, no quiero despedirme sin dar las gracias a todos los hombres y mujeres que han luchado -y siguen luchando- en épocas y lugares donde ser uno mismo podía o puede implicar la muerte. Es gracias a ellos que hoy en día tenemos los derechos que merecíamos, es gracias a su lucha que podemos caminar orgullosamente y sin miedo, ir de la mano en público, incluso casarnos. Somos afortunados porque gracias a ellos hoy, aquí, ser gay y ser persona ya no es un sueño.

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Our aspirations are wrapped up in books


Hoy haré un repaso por todos esos libros que más me han marcado. Todo lo que me han enseñado y lo que me han hecho disfrutar. Me voy a dejar muchos en el tintero (es el problema de leer "demasiado" y no tener tan buena memoria como me gustaría), pero intentaré que esta selección sea un pequeño repaso de mi vida lectora. Y a vosotros, ¿qué libros os han marcado a fuego?


Michael Ende - La historia interminable
Ya lo dije hace un par de días: fue mi primer libro "de mayor". Sigue fascinándome cómo trata la relación que se establece entre un libro y su lector. Cómo incluso el libro más vendido consigue hacerte sentir su único lector mientras navegas entre sus páginas. Sólo yo he cruzado junto a Atreyu el oráculo de las esfinges. Imprescindible tener la edición con las ilustraciones que abren cada capítulo e impresión a dos tintas.
Los buenos libros te absorben absolutamente.




Andreu Martín + Jaume Ribera - Serie Flanagan
En este caso, no se trata de un solo libro, sino de toda una colección narrando las aventuras de Flanagan, un detective adolescente. De pequeño, mi sueño era ser detective. Con estos libros, aprendí que ni siquiera los detectives se libran de hacer los deberes y sufrir. Mucho humor y casos que enganchan. Novelas juveniles que se pueden disfrutar incluso de mayor. Porque si por algo destaca Flanagan es por describir mejor que nadie qué significa crecer. Libro a libro, creces y evolucionas con Flanagan. Mi favorito: "Los vampiros no creen en Flanagan", pero todos son fantásticos y aún hoy devoro cada nuevo libro de la serie que publican.
¿Ser detective? No hay nada más misterioso ni fascinante que vivir.




Michael Crichton - Parque Jurásico
Después de ver la película 4 veces en el cine, todavía me quedaban ganas para más dinosaurios, así que me compré el libro. Y me encontré la mejor novela de aventuras, además de la mejor novela de Michael Crichton. Una fábula sobre la codicia del ser humano, sobre cómo se ordena el caos, sobre cómo la naturaleza siempre encuentra su camino. Fascinante es poco. Mucho más que un best seller.
El libro siempre es mejor que la película.




Arthur Conan Doyle - Estudio en escarlata
Sherlock Holmes es un personaje imprescindible de la literatura. Drogadicto pero lúcido, antisocial pero con don de gentes, descuidado y analítico, científico y artista... Un cúmulo de contrastes que lo hacen único. Un consejo: no os leáis las aventuras completas de Sherlock Holmes de una tacada porque aparte de un empacho literario, llega un punto que detectas enseguida los trucos de Conan Doyle, los casos pierden todo su misterio. De todos modos, lo que más fascina de estos libros es el propio personaje de Sherlock Holmes, todo lo demás es accesorio para que él pueda lucirse. Mi favorito: "Estudio en escarlata".
Las respuestas están en los pequeños detalles.




Stephen King - It
Empecé con 11 o 12 años a devorar los libros del señor King. Y entre mucha morralla (que la tiene), hay verdaderas obras maestras: "Misery", "Carrie", "Apocalipsis", "La larga marcha", "El juego de Gerald", "La tienda", la saga "La Torre Oscura", etc. Pero "It" es el mejor de todos. Qué bien explota los miedos que todos hemos tenido. Un lavamanos nunca había sido tan terrorífico. Y si el problema de Stephen King son los finales (sus libros suelen desinflarse en la última recta), ésta es la excepción: qué llorera. El inevitable olvido.
La vida nos tiene reservados caminos separados para cada uno, y eso no es malo.


Terenci Moix - El día que murió Marilyn
Mi libro favorito de mi autor favorito. También fue el primero que me leí. Me enamoré ya de sus primeras frases: "A veces, aún te deseo. Quizá ahora mismo. Ahora, quizá te abrazaría. Pero siempre con miedo, siempre con miedo y un poco más de tedio". Retrato generacional. La posguerra a pie de calle. La aventura de hacerse mayor en un mundo donde los adultos son más inmaduros que tú mismo. Los amores y los amigos perdidos. Las vacaciones de verano que no volverán. Nostalgia en estado puro. No sólo del pasado: también nostalgia del futuro que no fue. Hay cierta despedida bajo la lluvia que me parece lo más emotivo y verdadero que se ha escrito jamás. Tengo pendiente releerlo, ya haré crítica completa en el blog.
Te conviertes en un verdadero adulto el día que te das cuenta que sólo puedes depender y apoyarte en ti mismo.


Oscar Wilde - El retrato de Dorian Gray
Y mi otro libro favorito junto al anterior. Una obra para la que no pasan los años; cada vez que la leo me parece más actual. Oscar Wilde en estado de gracia. Diálogos brillantes y una historia descarnada sobre la vanidad. El culto al físico por encima de todo lo demás, todo lo que sacrificamos a cambio de cosas fugaces. También habla de lo monstruosos que nos volvemos por culpa del amor... o de la ausencia de él. Recomiendo la lujosa edición de Galaxia Gutenberg, una maravilla.
Acepta tus defectos para vivir libremente y sin hacer daño a los demás.




Bret Easton Ellis - Glamorama
Después de dos autores tan recargados como Oscar Wilde y Terenci Moix, el estilo glacial de Bret Easton Ellis me impactó. Sus libros siempre retratan con precisión quirúrgica a gente perdida en un mundo absurdo del que no saben salir. Flotan por la vida dando torpes brazadas. Todas sus novelas son magníficas, pero personalmente me quedo con "Glamorama". Ese mundo de modelos terroristas y gente tan famosa que ya ni se reconocen unos a otros.
No busques la perfección: todo tiene manchas.


Mark Haddon - El curioso incidente del perro a medianoche
El mundo visto a través de los ojos de un niño autista. A estas alturas, quizá el libro os parecerá sobrevalorado, se le ha dado mucha publicidad. A mí me sigue pareciendo una joya. A través de las reglas "absurdas" por las que se rige el mundo de Christopher, te replanteas tu forma de entender lo que te rodea. ¿Por qué hay cosas que damos por sentadas? ¿Por qué un buen día es ése que hace un sol radiante y no el día que te cruzas con cinco coches rojos?
Nada como un cambio de enfoque para verlo todo más claro.




Chuck Palahniuk - Nana
Con un estilo clínico y salvaje parecido a Bret Easton Ellis (sin llegar a su altura), se trata de otro autor imprescindible, aunque sus 2 últimos libros (Rant y Snuff) sean espantosos. "Nana" me parece su mejor obra, incluso por encima de "El club de lucha" o "Monstruos invisibles". Una road movie enloquecida para destruir todos los ejemplares de un libro de poemas africanos con el poder de matar a quien lo escucha. Como siempre, Palahniuk no deja títere con cabeza. No tiene piedad. Nosotros tampoco.
A menudo olvidamos el poder de nuestras palabras.


Kazuo Ishiguro - Nunca me abandones
Triste y desolador. Durísimo, tan duro como esos días negros en que parece, que tu vida se derrumba. Al terminar el libro, no pude dejar de pensar en él durante semanas. Hablé más a fondo de todo lo que me transmitió esta historia en la crítica de la película. Una pequeña joya a la que afortunadamente, ahora se le hace un poco más de caso gracias a la película. Esta semana he vendido varios ejemplares en la tienda y no podía dejar de sonreír.
Aprovecha cada segundo, porque al final del día no hay mayor recompensa que haber vivido.


Haruki Murakami - Crónica del pájaro que da cuerda al mundo
Para mí (a falta de leer "1Q84"), el libro más críptico, intimista, apasionante y complejo del autor japonés de moda. Es de esos libros en los que "no pasa nada" y sin embargo te mantienen enganchado. No puedes soltarlo. Alucinas con el protagonista mientras su vida se va volviendo más y más absurda. Su mujer le ha dejado por causas desconocidas,, y en la búsqueda de respuestas, primero tendrá que volver a descubrir quién es él. Se rodeará de gente muy extraña que no sabes si quiere ayudarle o todo lo contrario.
No te reencontrarás a ti mismo en el fondo de un pozo: sal de ahí.




Paolo Giordano - La soledad de los números primos
Quizá el libro más bonito que he leído jamás. La sensibilidad de Giordano es única. Se fija en los pequeños gestos, defectos y manías de sus personajes para explicarte no sólo cómo es su vida: también cómo es la tuya. No me cansaré jamás de recomendar esta maravilla. Una oda a la compañía del silencio. Es un libro que todo el mundo debería leer, aunque muy poca gente será capaz de apreciarlo. O eso creía, porque hasta ahora me consta que todos los que lo han leído gracias a mi insistencia, han quedado fascinados por sus páginas. Siento que mi primera crítica no le hacía justicia a su grandeza, tengo que releerlo y recomentarlo.
Hay que aprender a soltar lastre y seguir adelante.

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Sometimes you're better off dead, there's a gun in your hand and it's pointing at your head

"No era el sonido de un avión." Así arranca "Azul casi transparente" (Ryu Murakami), el libro que me estoy releyendo ahora. Una novela que empieza así sólo puede ser buena, ¿verdad? Pues sí, en efecto.

La primera frase de un libro es casi tan importante como su título o su portada. Al menos para mí, vaya. Esa primera frase (o como máximo ese primer párrafo) tiene que atraparme por completo, tiene que decirme que no estoy ante un libro cualquiera. Sí, un buen inicio debería ser indispensable en cualquier obra: una canción, un álbum, una película... Pero en los libros, con más razón: vas a invertir muchas horas leyendo uno, así que si no empieza bien, apaga y vámonos. Yo no soy de esos que se sienten con la obligación moral de terminar una novela que han empezado; de hecho, si su primer párrafo no me atrapa, ni siquiera le daré una oportunidad. Lo cerraré y lo devolveré a su sitio. Tan cruel como suena.

Recuerdo un verano que estaba buscando en la estantería del comedor algún libro para leer en esas tardes de bochorno donde sólo apetece apalancarse en el sofá. Estaba hojeando la biblioteca familiar entera sin encontrar nada que me motivase. Y de repente, me golpearon estas palabras:


"A veces, aún te deseo. Quizá ahora mismo. Ahora, quizá te abrazaría. Pero siempre con miedo, siempre con miedo y un poco más de tedio. Siempre suficiente, suficiente y demasiado. Tal vez ahora iríamos a la cama a no ser por el regreso".

Supe que tenía que leer ese libro. Me sorprendí al ver que era una novela de título bastante hortera ("El día que murió Marilyn"), que rondaba por casa sin las cubiertas y que encima era de un autor (Terenci Moix) de quien siempre había oído decir que era bastante plomo. Pues bien: gracias a ese hipnótico primer párrafo, hoy en día éste es mi libro favorito (junto a "El retrato de Dorian Gray", que por cierto tiene un inicio muy discreto) y Terenci Moix, uno de mis autores fetiche.


El maestro de las primeras frases es Bret Easton Ellis, que suele condensar el tono de toda la novela en el primer párrafo. Es una sensación alucinante acabar de leer un libro suyo y volver a la primera página para captar todo el significado que encerraban aquellas palabras. No sé cuál será su técnica, pero siempre acierta de pleno. Todos sus libros tienen el inicio perfecto; no cabe imaginar otro. Genio.

Personalmente, soy incapaz de empezar a escribir nada sin una frase de la que piense: "me gustaría leer un libro que arranque así". Hasta dar con esa primera frase, la historia y los personajes rondarán en mi cabeza, se me irán ocurriendo escenas y diálogos, pero aún no pasarán al "papel" (bueno, a la superfície blanca del Word). Y cuando llega esa primera frase, sé que lo es, y ya no la cambio. Corregiré más o menos, pero esas palabras iniciales permanecen inamovibles.

Me gustan las frases cortas, impactantes, casi eslóganes. Detesto los libros que empiezan describiendo el tiempo que hace ese día. Hay que tener mucho talento para empezar dando el parte meteorológico y atrapar al lector. Como por ejemplo, es el caso de cierto libro que aún no he tenido ocasión de leer pero cuyo inicio me sé de memoria, porque me fascina: "El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto." ("El Neuromante", de William Gibson.) Wow.

Supongo que no es casualidad que yo sea así: muy de primeras impresiones, de flechazos peliculeros y de odios eternos a primera vista. Me cuesta bajarme del burro y cambiar mi primera impresión sobre alguien. Lo mismo con los libros: un buen título, una buena primera frase, o nada.

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We could steal time, just for one day

Terenci Moix empezaba "El Beso de Peter Pan", el segundo volumen de sus memorias, con una escena demoledora. A sus 60 años, está en la misma habitación del mismo hotel de París que tantas veces ha visitado a lo largo de su vida: en ocasiones solo, en ocasiones con buena compañía. Fue uno de sus primeros refugios cuando se independizó y le gusta volver allí. Esta vez, viaja con él un chico mucho más joven. A Terenci le fascina el entusiasmo de ese chico al descubrir la ciudad al otro lado de la ventana. Le fascina esa ilusión ingenua, esa felicidad absoluta, esa confianza del chico de que el amor que comparten será eterno. Ahora no tengo el libro a mano (fallo gordo: los libros del señor Moix deberían acompañarme siempre), pero en ese momento Terenci piensa algo así: "Y sé que por mucho que lo niegues, porque todavía no puedes comprenderlo, nuestro amor terminará algún día. Conocerás a alguien, o me cansaré de ti".

La serenidad con la que expone esa certeza de que el amor siempre termina te deja planchado. La vida es así, fin. En esas palabras no hay ni rastro del dramatismo desgarrado de canciones como Who wants to live forever (when love must die) de Queen. Y es que el drama lo hace todo más digerible. Pero no hay drama alguno en las palabras de Terenci, sólo la voz de la experiencia. Una nostalgia triste y pletórica al mismo tiempo. Pletórica, sí. Porque mucho cuidado: tampoco se trata de cerrarse en banda, como una tortuga en su caparazón, para no sufrir en el futuro. Para nada. Escondernos en el caparazón sólo nos lleva a ir dando bandazos, a golpearnos contra la pared una y mil veces, a sufrir más de lo que intentábamos evitar al refugiarnos ahí dentro.


Está claro que nunca te vuelves a entregar tan absolutamente como al primer amor. El temblor de esos besos,  esa sensibilidad total con la que vuelves a descubrir el mundo, la eternidad de vuestras promesas, el tiempo detenido, la seguridad compartida de que sois únicos... son cosas irrepetibles. Y así debe ser. Después, recuperas la vista de golpe y el sol te ciega. Debes volver a acostumbrarte a la luz. Toma su tiempo. Las pupilas se contraen despacio; "demasiado despacio", pensarás a veces, esos días en que la luz te quema tanto que jurarías que no volverás a ver de forma normal. Las gafas de sol y las habitaciones en penumbra, como el buen sexo, ayudan a pasar el trago.

"Un primer amor, luego llega el cuarto" cantan Pastora en "Un Pedazo De Tierra". Pues sí. Ésa es la actitud. Ningún amor es eterno, pero todos deben parecerlo. ¿Qué sentido tiene empezar una relación obsesionado por el hecho de que algún día se acabará? "Me dejará, no soy lo bastante bueno, no me merezco ser feliz, no follo bien, no siento lo mismo que con X, ¿para qué decirle te quiero si pasado mañana ya no nos veremos?"... Es absurdo dejar de disfrutar de los besos por culpa de pensamientos así. ¿Y aparte de seguir más solo que la una, qué ganas diciendo "Es demasiado pronto, no estoy preparado para volver a salir con alguien" cuando se te presenta una nueva oportunidad? Nada. Haced caso a Robyn: "I'm gonna love you like I'm indestructible".

Los amores llegan de repente. No hay que empeñarse en buscarlos, pero sí que hay que tener siempre la maleta preparada para embarcarnos en uno en cuanto se nos cruce por delante. Y disfrutarlo como si fuera el último. Disfrutarlo como el adolescente ingenuo que fuiste, pero con la tranquilidad que te da saber que ya no lo eres. De eso creo que hablaba Terenci Moix al describir esa escena en la habitación de París, momentos antes de arremolinarse en la cama junto a su joven amante. El mismo colchón, pero una cama nueva, recién hecha.

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Wacthing the signs as I go, I think I'll follow the sun

Ayer bajaba yo las escaleras mecánicas del Metro de Plaza España dándole vueltas a algo que tengo ganas de dejar atrás definitivamente, bastante sufrí ya. Pero cierta canción ("La pequeña edad de hielo", de Fangoria) había saltado en el aleatorio del iPod, llevándome a pensar en eso. Y de repente, justo al llegar al último pasillo, al hombre que iba delante mío se le rompió la correa del pesado maletín que llevaba a cuestas. El maletín cayó al suelo como una losa. Pum. Me sentí profundamente identificado con el pobre hombre, con la mezcla de angustia y alegría que detecté en su cara al verse liberado por unos segundos del exagerado peso que había estado cargando. De hecho, vi esa anécdota como una señal. Las cargas hay que soltarlas, romper la correa si es necesario.

No soy supersticioso, no soy creyente, en general paso de los horóscopos (aunque lo cierto es que soy MUY Géminis), en "Lost" estaba del lado de Jack (ciencia) y detestaba a Locke (fe)... Me gusta ser racional. Y sin embargo, debo admitir que sí creo en las señales. Digo señales por llamarlas de algún modo. Esas pequeñas casualidades que el destino va sembrando a nuestro alrededor, encadenando unas con otras, un camino de baldosas amarillas guiándonos hacia la dirección que de verdad queríamos tomar. Y así vivir nuestra vida, y no otra. Casualidad vs Causalidad.


Y suena ridículo, en el fondo es una chorrada, lo sé, pero a mí me fascina el tema. Me fascina en la vida real y, desde luego, me fascina en las obras de ficción que se basan en esto: "Lost" misma o "Dos vidas en un instante", por ejemplo. En algo hay que creer, supongo. O quizá precisamente creo en las señales y causalidades en mi intento de racionalizarlo todo, porque es más tranquilizador pensar así que creer en el azar y el caos absolutos.

Hace unos días hablaba de señales con un buen amigo. Horas después, mientras le explicaba a fondo cierto encuentro reciente que me impactó y las consecuencias del mismo y todas las dudas que me provocaba, decidimos poner el VidZone. Puse uno de los canales aleatorios para no tener que ir buscando vídeoclips yo mientras hablábamos. Como no podía ser de otra manera, como para disipar cualquier duda posible, el primer vídeoclip que saltó fue el de la canción que más he escuchado a lo largo de estos dos meses pensando en ese encuentro que le estaba explicando a mi amigo. "No te invité a dormir". Y no es la única canción que me recuerda a este tema, claro, hay otras 3 que he tenido en repeat en el iPod estos meses y que por si fuera poco también me han perseguido últimamente al entrar a bares, tiendas y discotecas varias. Justo cuando mi cabeza pensaba: ¿sí o no? Pues depende.

Hay señales de todo tipo, y no siempre son fáciles de interpretar, y menos a corto plazo. A veces son sólo eso, una canción (pero no una cualquiera, sino ESA canción) sonando cuando más lo necesitas. Otra posibilidad son esas coincidencias tan metafóricas: el pesado maletín que se le cae a otro en el metro mientras ibas pensando en algo que te agobia; o que se te estropee el coche justo cuando empezabas a valorar la posibilidad de comprarte uno nuevo. Otras veces, en cambio, sí parece inmediatamente que todo se haya alineado a tu favor, como cuando en Abril de 2003 me había pedido de fiesta en el trabajo un día cualquiera, estaba un poco quemado y me apetecía un día de relax. Ese preciso día se murió Terenci Moix, mi escritor favorito, y gracias a estar de fiesta pude acudir a su capilla ardiente y despedirle. Si se hubiera muerto otro día, si yo no hubiera estado mal en el trabajo y no me hubiera pedido el día de fiesta... ¿Casualidad? Pues sí, pero para mí significó muchísimo poder decirle adiós a quien tanto me había marcado con sus magníficos libros. Jamás me habría perdonado no poder hacerlo.


La relación más importante y más larga de mi vida también empezó gracias a una casualidad similar, una quedada que se celebró justo durante la única semana de vacaciones que tenía. Irónicamente, esta relación terminó influida por dos hechos, dos hechos que se produjeron sólo porque trabajé dos días en los que en teoría iba a tener fiesta. Dos días alejados en el tiempo, pero unidos íntimamente por similitudes y diferencias perfectamente simétricas, como un espejo frente a otro. ¿Y por qué tuve que trabajar esos días? Más casualidades, claro: una feria inesperada, unos billetes de tren agotados. Detalles, sin embargo, imprescindibles para que todo ocurriera como tenía que ocurrir. Pero no son cosas que puedas forzar. Fluyen sin que te des cuenta.

Y es que la mayoría de las veces las señales son eso, nada más que un cúmulo de casualidades y decisiones aparentemente triviales de cuyo alcance no eres consciente hasta que, más adelante, lo analizas con suficiente perspectiva: decides que ese disco que quieres se lo pedirás a tu abuela por Navidad, pero ella no entendió bien el título y te regala otro que ni conoces, lo dejas apartado en la estantería hasta que un buen día te animas a escucharlo y resulta que te gusta, y se lo comentas a una amiga y ella aprovecha para te invitarte a un concierto de ese cantante porque le sobra una entrada, en la cola del concierto conocéis a otra persona muy simpática, esa persona os invita a una fiesta al día siguiente, de camino a esa fiesta pierdes el autobús, entonces decides ir en metro pero te despistas leyendo el mismo libro que recomendaban en un blog al que no recuerdas como llegaste, y te pasas de parada. Y justo al subir las escaleras de la estación de metro, a punto de echar a correr para no llegar aún más tarde a la fiesta, el mundo se detiene: acabas de cruzar la mirada con el amor de tu vida. Y todo porque tu abuela no entendió bien el nombre del cantante cuyo CD querías en realidad.

Decidir viajar a la ciudad X en vez de a la ciudad Y, aceptar una oferta de trabajo en vez de otra, coger un avión o el del día siguiente, ir o no ir a una fiesta que no te apetece, que te presenten a alguien que quizá conozca o quizá no al amor de tu vida, aceptar o rechazar la invitación a un concierto, llamar al timbre equivocado, entrar a un chat aleatorio un día cualquiera, ir a la piscina en vez de a la playa, tener que bajar al super otra vez porque te has olvidado algo, haberte aficionado a ese disco en vez de al otro de la misma cantante, seguir un link que has encontrado en una página que te habían recomendado, que te abandonen hoy y no mañana, que en un escaparate decidan poner tal o cual objeto, olvidarte un móvil o encontrar el monedero de otra persona, girar una esquina o esperar a la siguiente... Por si solo, nada nos cambia la vida. Una casualidad, al fin y al cabo es eso: una casualidad, ¿no? Pero si lo analizas bien, con perspectiva, abruma el montón de casualidades y decisiones en que consiste tu vida. El invisible camino de baldosas amarillas que te ha traído hasta aquí, precisamente aquí.