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Said you took a big trip, they said you moved away

Ayer volví a casa de mis padres, por primera vez solo, a comer con mi madre y mi hermano. Se me hace raro, y al mismo tiempo me gusta, llamar "casa de mis padres" al lugar en el que vivía hasta hace 4 meses. Disfruté de la abundante comida familiar y me sorprendí sonriendo al comprobar cómo mi madre, que tan moderna es para lo que quiere, recitaba los tópicos de toda mujer cuyo hijo acaba de abandonar el nido: "¿Ya comes bien? ¿Te cuidas? ¿Necesitas algo? ¡Toma esto! ¿Hace frío por las noches? ¿Seguro que no necesitas nada? ¡Te veo muy delgado...!". Ella se sorprendió cuando le expliqué las cosas que me cocino, cuando le dije que como ensaladas cada día, y que no todo son pizzas y pasta: también hago pescado, legumbres, arroz, etc. Y en sus ojos vi esa mezcla de nostalgia y orgullo ante el hijo independizado. En cierto modo, nunca habíamos estado tan unidos como ahora.


Mi antigua habitación no me impactó tanto como esperaba. Seguía prácticamente igual, algo más llena de cajas con los libros y el material de papelería que sobraron de la otra librería que cerramos el año pasado, pero con los mismos muebles, los pocos peluches que no me llevé, casi todos mis juegos y discos y  películas y libros, mi viejo ordenador, mi PS3, mis pósters... Cosas que algún día, cuando encuentre El Lugar, me llevaré pero que por el momento me esperan allí pacientemente.

Aproveché para coger algunos libros de autores fetiche (Terenci Moix, Bret Easton Ellis, Oscar Wilde...) que me apetece releer, o quizá no, quizá sólo me apetece que me hagan compañía. ¿Es raro echar de menos a un libro? ¿Es raro que te guste tenerlo cerca, tener la tranquilidad de que podrás sumergirte en sus páginas si lo necesitas? No lo sé, pero a mí me pasa con ciertos libros y ciertos escritores.

Buscando ropa en el armario, encontré una caja con recuerdos de mis primeros novios y también de mi primer amor. Fotos, billetes de tren, mixtapes, entradas de cine, postales... Y cartas, muchas cartas. Al releerlas, más que empañarse los ojos, me di cuenta de cuánto he crecido desde entonces, cuánto he vivido. Eran cartas de 1998 y 1999, me hablaban de conversaciones por IRC, de servidores de internet extintos, de la música de entonces (Spice Girls, el segundo disco de Alanis, "Mechanical Animals" de Marilyn Manson...), de exámenes y clases de instituto, de primeros besos, de citas inolvidables, de amigos que ya no son amigos, de futuros que nunca llegaron.


Me avergüenza decir que sentí como si ciertas cartas nunca me las hubieran enviado a mí, como si el cartero se hubiera equivocado de persona, de ciudad. Eran de gente que ya había olvidado casi por completo. En plena efervescencia juvenil de hormonas, con qué facilidad decimos cosas como "Eres el amor de mi vida", "Quiero vivir contigo", "Nunca había tenido tantas ganas de besar a alguien como a ti", "Te quiero". Ansiando ser adultos, cómo confundimos el sexo puro y duro con la necesidad de amar y ser amados, y cómo además, sin pudor alguno, a ese deseo físico lo llamamos amor.

En una de las cartas, un chico me explicaba porqué me enviaba una lámina con la imagen de un corazón. La había comprado en Londres un par de años atrás y la había guardado todo ese tiempo hasta dar "con la persona indicada". Me la enviaba a mí porque estaba convencido de que yo la guardaría y la cuidaría bien. El sobre acolchado que había contenido esa lámina crujía, estaba vacío. Ni siquiera recuerdo cómo era el dibujo de ese corazón. En aquel entonces, nos reíamos de cómo semana a semana, los personajes de series como Al Salir De Clase cambiaban de pareja, con un chasquido de dedos pasaban de estar enamorados de una persona a otra, pero nosotros no éramos tan distintos.

Lo volví a guardar todo en la caja, la cerré y la devolví al armario. Mi madre me tendió una bolsa para que me llevase los libros, la película y el juego que había cogido. Y me añadió un paquete de jamón serrano, "del bueno, para que comas un bocadillo rico". Le di un beso y me fui a trabajar. Al volver a casa (mi casa, aunque la comparta con dos compañeros), no pude evitar la curiosidad de buscar en Facebook a esos antiguos novietes de las cartas. Comprobé que algunos estaban más guapos y otros más feos, pero que para todos ellos también había pasado la vida: tenían subidas decenas, cientos de fotos de momentos en los que yo no tenía que estar, en sus perfiles indicaban gustos y aficiones nuevos, películas y series que yo mismo he visto con otras personas, nuevos discos, nuevos libros. Frases en el muro con una madurez que no desprendían aquellas cartas adolescentes. Todos crecemos, todos aprendemos, todos vivimos. Satisfecho, o quizá debería decir aliviado, apagué el ordenador y seguí leyendo "Azul casi transparente".

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Hedwig and the Angry Inch

Tenía que ser entonces, ahí, así. Llevaba casi 10 años oyendo maravillas de ella, pero no fue hasta hace 3 semanas que por fin tuve la ocasión de ver "Hedwig and the angry inch". Por supuesto, la vi con mi amigo CainQ, que fue el primero que me habló de ella. Y me alegré de haber ido retrasando el visionado de esta película: aquel día, aquel momento era el indicado. Con CainQ, acompañados de galletas de chocolate, Coca-Cola y cervezas.


Llego tan tarde que no me voy a poner ahora a valorar en profundidad el reparto (espectaculares todos los actores y actrices), las canciones (de esas bandas sonoras que añades a Spotify nada más acabar la peli, porque todas las canciones son perfectas), el guión ni la película en general. Digamos que su fama está más que justificada y no me decepcionó un ápice. Todo lo contrario. Si sois aún más desastres que yo y todavía no la habéis visto, corred: alquiladla, descargadla, compradla. Hay que verla.

Pero sí me apetecía comentar lo identificado que me sentí con el protagonista. Y no es que cambiarme de sexo entre dentro de mis planes, pero su entrega absoluta a la búsqueda del amor me conmovió. Hay personas que lo sacrifican todo por amor, incluso su dignidad. No les importa arrastrarse por el barro, hacer el ridículo. Se dejan la piel luchando por conseguir ese ideal con el que una vez soñaron y al que no piensan renunciar. Y lo que es peor: en su obstinación, arrastran a quienes los rodean en esa espiral destructiva.


Es tristemente fascinante ver a alguien enamorado romperse las uñas para lograr que el otro le mire y sólo recibir un portazo a cambio. Ya le puedes prevenir o aconsejar, que no servirá de nada. No te escuchará. El enamorado está tan sedado por las endorfinas que atacan su cuerpo que incluso esos portazos le parecen algo parecido a una suave caricia. Nos han educado así: el amor tiene que ser algo casi divino, inalcanzable, desgarrador. No puede ser fácil. Exige dolor, sacrificio. Y por eso, por amor se aguanta con una sonrisa cualquier humillación; se puede perdonar el desdén, una y mil infidelidades, todos los insultos, prácticas sexuales que te disgustan, un abuso económico, cualquier maltrato (psicológico e incluso físico), todos los desplantes imaginables. Y en tu prisión, los recibirás con gratitud eterna por permitirte a cambio roer ese mendrugo duro y mohoso al que llamas amor.

Demasiado a menudo, la búsqueda del amor te lleva a comportarte como un masoquista que paga a una dominatrix para que le clave un tacón de aguja en los testículos. Cuanta más fuerza y más desprecio, más gemidos de placer. Qué simbólica es esa escena al principio de "Hedwig and the angry inch" en que derriban el muro de Berlín poco después de que Hedwig se haya cambiado de sexo para huir de allí. Y encima, su amante le abandona por otro. Ésa es la recompensa de tanto sacrificio.

El único consuelo es que nadie se salva de este ridículo. Ni siquiera toda una faraona como Cleopatra, que lo perdió todo (incluso su país) por amor. A los artistas, el amor y el inevitable desamor les sirve para crear sus mejores obras. Y poco o mucho, reconforta la certeza de que siempre, el día menos esperado, el hechizo se rompe y podemos escapar por fin de ese yugo que nos sometía. Me gusta definirlo como un "click": un hecho casual y en aparencia inocuo provoca que algo gire en tu interior y puedas volver a caminar por ti mismo. Una canción, una película, una conversación a tu lado mientras vas en metro, otra persona, un comentario cualquiera, un accidente. Click.


No os perdáis la canción The Origin Of Love, el mejor tema de "Hedwig and the angry inch" y una de las explicaciones más bonitas de cómo nació este sentimiento y de porqué necesitamos tanto buscar un alma gemela. La letra no tiene desperdicio, está inspirada en el discurso de Aristófanes en "El Banquete" de Platón. Al principio, formábamos parte de un ser único y, separados por los dioses de nuestra otra mitad, estamos condenados a buscarla y juntarnos con otras mitades semejantes, con la frustración de que podremos unir y coser nuestros cuerpos, pero nunca las almas. Y aún sabiéndolo, no dejaremos de intentarlo.

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Sometimes you're better off dead, there's a gun in your hand and it's pointing at your head

"No era el sonido de un avión." Así arranca "Azul casi transparente" (Ryu Murakami), el libro que me estoy releyendo ahora. Una novela que empieza así sólo puede ser buena, ¿verdad? Pues sí, en efecto.

La primera frase de un libro es casi tan importante como su título o su portada. Al menos para mí, vaya. Esa primera frase (o como máximo ese primer párrafo) tiene que atraparme por completo, tiene que decirme que no estoy ante un libro cualquiera. Sí, un buen inicio debería ser indispensable en cualquier obra: una canción, un álbum, una película... Pero en los libros, con más razón: vas a invertir muchas horas leyendo uno, así que si no empieza bien, apaga y vámonos. Yo no soy de esos que se sienten con la obligación moral de terminar una novela que han empezado; de hecho, si su primer párrafo no me atrapa, ni siquiera le daré una oportunidad. Lo cerraré y lo devolveré a su sitio. Tan cruel como suena.

Recuerdo un verano que estaba buscando en la estantería del comedor algún libro para leer en esas tardes de bochorno donde sólo apetece apalancarse en el sofá. Estaba hojeando la biblioteca familiar entera sin encontrar nada que me motivase. Y de repente, me golpearon estas palabras:


"A veces, aún te deseo. Quizá ahora mismo. Ahora, quizá te abrazaría. Pero siempre con miedo, siempre con miedo y un poco más de tedio. Siempre suficiente, suficiente y demasiado. Tal vez ahora iríamos a la cama a no ser por el regreso".

Supe que tenía que leer ese libro. Me sorprendí al ver que era una novela de título bastante hortera ("El día que murió Marilyn"), que rondaba por casa sin las cubiertas y que encima era de un autor (Terenci Moix) de quien siempre había oído decir que era bastante plomo. Pues bien: gracias a ese hipnótico primer párrafo, hoy en día éste es mi libro favorito (junto a "El retrato de Dorian Gray", que por cierto tiene un inicio muy discreto) y Terenci Moix, uno de mis autores fetiche.


El maestro de las primeras frases es Bret Easton Ellis, que suele condensar el tono de toda la novela en el primer párrafo. Es una sensación alucinante acabar de leer un libro suyo y volver a la primera página para captar todo el significado que encerraban aquellas palabras. No sé cuál será su técnica, pero siempre acierta de pleno. Todos sus libros tienen el inicio perfecto; no cabe imaginar otro. Genio.

Personalmente, soy incapaz de empezar a escribir nada sin una frase de la que piense: "me gustaría leer un libro que arranque así". Hasta dar con esa primera frase, la historia y los personajes rondarán en mi cabeza, se me irán ocurriendo escenas y diálogos, pero aún no pasarán al "papel" (bueno, a la superfície blanca del Word). Y cuando llega esa primera frase, sé que lo es, y ya no la cambio. Corregiré más o menos, pero esas palabras iniciales permanecen inamovibles.

Me gustan las frases cortas, impactantes, casi eslóganes. Detesto los libros que empiezan describiendo el tiempo que hace ese día. Hay que tener mucho talento para empezar dando el parte meteorológico y atrapar al lector. Como por ejemplo, es el caso de cierto libro que aún no he tenido ocasión de leer pero cuyo inicio me sé de memoria, porque me fascina: "El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto." ("El Neuromante", de William Gibson.) Wow.

Supongo que no es casualidad que yo sea así: muy de primeras impresiones, de flechazos peliculeros y de odios eternos a primera vista. Me cuesta bajarme del burro y cambiar mi primera impresión sobre alguien. Lo mismo con los libros: un buen título, una buena primera frase, o nada.

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108 - Nobody can tell you there's only one song worth singing


La entrada 108 del blog sólo podía ir dedicada a Lost.Ya ha pasado casi un año desde que la serie terminó y, transcurrido este tiempo, debo confesar dos cosas. Primero, que ninguna serie ha conseguido rellenar ese hueco. Teorizar, cagarse en los guionistas, esperar angustiosamente hasta el siguiente capítulo, enfadarse cuando no pasaba nada, emocionarse con lo más inesperado, quedarse descolocado ante el enésimo rizo rizado o indignarse tras la enésima fantasmada sacada de la manga... Son sensaciones irrepetibles. Sí, hay muchas series que se emiten actualmente y que merecen la pena. Pero ninguna es Lost. Y las que han intentado copiar la fórmula, han acabado resultando fiascos absolutos (Flashforward, The Event...).


Pero también tengo que reconocer que si hay una serie cuyo revisionado me provocaría una pereza absoluta, es sin lugar a dudas Lost, muy por encima de otras que han reemitido mil veces y que me conozco de memoria, como Los Simpson o Se Ha Escrito Un Crimen. Antes de que saliera a la venta, estaba ansioso por hacerme con la caja de la serie completa y juguetear con su mapa de la isla, su Senet y sus chuminadas. Pero luego salió y... ni la compré, ni la pedí por Navidad, ni nada. Creo que no tiene ningún sentido volver a ver Lost.

Y me siento desubicado cuando leo en foros cómo la gente se organiza para volver a ver la serie; montan torneos, ligas y demás curiosidades para amenizar ese revisionado y divertirse mientras tanto. Es curioso, porque esta desconexión hacia Lost es algo que no me ha ocurrido jamás con ninguna otra serie. Ahora mismo estoy volviendo a ver (por sexta o séptima vez, quizá octava) Neon Genesis Evangelion y la disfruto como el primer día: hay escenas que no recordaba, descubro nuevos detalles, alucino con cosas que me habían pasado por alto, frases viejas cobran una fuerza muy nueva. Sé que con Lost no me ocurriría eso. En Lost, nada puede ser nuevo.


En Lost, como en la vida, lo importante es el recorrido. Vivir una vez tal y como has escrito que debes vivir. Recorrer las baldosas que el destino te ha ido sembrando para llegar a la pista de aterrizaje que tú ayudaste a construir. Ahora ya sé qué les pasa a los personajes, ya sé todo lo que les ocurrirá, cómo viven, cómo se enamoran, cómo mueren. Ya sé que los misterios no son nada. Los interrogantes son sólo eso: interrogantes. ¿Os gustaría volver a ver entero vuestro pasado? Por orden cronológico, sin poder saltar nada, sin poder cambiar nada. Gritándole a la pantalla "Pero tonto, no hagas eso" con la angustia de saber que tus palabras no servirán de nada. Qué sopor. Ya lo he vivido, gracias. Centrémonos en el futuro.

Así que lo siento mucho por Jack, Boone, Sawyer, Locke, Kate, Charlie, Hugo, Desmond, Ben, Jacob, Claire, Aaron, Jin, Sun, Rose, Bernard, Alex, Rousseau, Libby, Sayid, Walt y compañía... pero ya nos reencontraremos cuando todo tenga que terminar. Si todo va bien, agarraré a Jack por banda y le diré: "Te he echado muchísimo de menos". Porque es cierto, le echo de menos. A él y a todos. Pero prefiero esta nostalgia que llegar a echarles de más.

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You want to go outside? Why, Rapunzel!

Viernes con sesión doble de cine. El destino o la casualidad han querido que acabase viendo dos películas sobre gente encerrada contra su voluntad. Una "Rapunzel" (me niego a llamarla Tangled/Enredados), la otra "Buried". Una princesa y un tío bueno, una torre muy elevada y un ataúd bajo tierra.


"Rapunzel" es un digno 50º cuento clásico de Disney. Lástima de canciones (forzadas y olvidables más allá de "Mother Knows Best" y "I've Got A Dream"), pero a cambio tenemos una historia con el encanto acartonado de antaño, divertidos secundarios (el camaleón Pascal y el caballo Maximus), el príncipe más guapo de toda la historia de la factoría Disney y un apartado artístico de excepción que aúna lo mejor de la animación tradicional y la animación 3D. Una delicia visual. Espero que repitan más esta técnica porque han acertado de pleno.

A destacar también cómo juegan a invertir los roles: esta vez es la princesa quien lleva la voz cantante (pero sin tener que demostrar lo feminista que es en cada escena, como le pasaba a Mulan; a Rapunzel le sale natural). La madrastra es tremenda, clásica villana Disney pero desatada y dramática como ella sola. Fan. Y además... ¿es la primera vez que se ve sangre tan explícita en una película Disney? En fin: no os la perdáis. (Y os confirmo que no hace falta que gastéis el dinero extra del 3D, mejor invertid la diferencia en un bote más grande de palomitas.)

Os reto a ver la película sin enamoraros de estos dos...

Y llego a casa encantado del cine y me pongo a ver con Hidroboy, mi compañero de piso, nada más y nada menos que "Buried", de la que procuré huir el año pasado porque me conozco. Pero cuando la he visto en su lista de Apple TV le he dicho convencidísimo: ésta, ésta. ¡Como si no me pusiera nervioso yo en el ascensor cuando tarda más de la cuenta o da alguna sacudida!

Hora y media de angustia ininterrumpida. Ryan Reynolds encerrado en un ataúd, a varios metros bajo la arena del desierto, sin más compañía que un mechero y un móvil al que se le agota la batería (y encima está configurado en árabe). El personaje chora contra la impasible burocracia mientras lucha por encontrar una salida o una explicación, oxígeno, algo. Y a cada rato piensas: ya no le puede pasar nada peor. Pues sí que puede, tú. La situación empeora y empeora y vuelve a empeorar, alcanzando cotas absurdas pero de una intensidad hipnótica.

No es una película que vaya a recomendar a nadie, porque el mal rato está garantizado, pero debo reconocer que me ha parecido excelente y cuando termina por un lado piensas que se te ha hecho eterna (y ésa es su intención), pero también te sorprendes de que haya sido tan amena una película con un único personaje y un escenario tan minúsculo. Tiene mérito.

Y así 95 minutos.

Moraleja del día: cuando te sientas atrapado, rescátate tú mismo. No esperes que los demás lo hagan por ti.

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We could steal time, just for one day

Terenci Moix empezaba "El Beso de Peter Pan", el segundo volumen de sus memorias, con una escena demoledora. A sus 60 años, está en la misma habitación del mismo hotel de París que tantas veces ha visitado a lo largo de su vida: en ocasiones solo, en ocasiones con buena compañía. Fue uno de sus primeros refugios cuando se independizó y le gusta volver allí. Esta vez, viaja con él un chico mucho más joven. A Terenci le fascina el entusiasmo de ese chico al descubrir la ciudad al otro lado de la ventana. Le fascina esa ilusión ingenua, esa felicidad absoluta, esa confianza del chico de que el amor que comparten será eterno. Ahora no tengo el libro a mano (fallo gordo: los libros del señor Moix deberían acompañarme siempre), pero en ese momento Terenci piensa algo así: "Y sé que por mucho que lo niegues, porque todavía no puedes comprenderlo, nuestro amor terminará algún día. Conocerás a alguien, o me cansaré de ti".

La serenidad con la que expone esa certeza de que el amor siempre termina te deja planchado. La vida es así, fin. En esas palabras no hay ni rastro del dramatismo desgarrado de canciones como Who wants to live forever (when love must die) de Queen. Y es que el drama lo hace todo más digerible. Pero no hay drama alguno en las palabras de Terenci, sólo la voz de la experiencia. Una nostalgia triste y pletórica al mismo tiempo. Pletórica, sí. Porque mucho cuidado: tampoco se trata de cerrarse en banda, como una tortuga en su caparazón, para no sufrir en el futuro. Para nada. Escondernos en el caparazón sólo nos lleva a ir dando bandazos, a golpearnos contra la pared una y mil veces, a sufrir más de lo que intentábamos evitar al refugiarnos ahí dentro.


Está claro que nunca te vuelves a entregar tan absolutamente como al primer amor. El temblor de esos besos,  esa sensibilidad total con la que vuelves a descubrir el mundo, la eternidad de vuestras promesas, el tiempo detenido, la seguridad compartida de que sois únicos... son cosas irrepetibles. Y así debe ser. Después, recuperas la vista de golpe y el sol te ciega. Debes volver a acostumbrarte a la luz. Toma su tiempo. Las pupilas se contraen despacio; "demasiado despacio", pensarás a veces, esos días en que la luz te quema tanto que jurarías que no volverás a ver de forma normal. Las gafas de sol y las habitaciones en penumbra, como el buen sexo, ayudan a pasar el trago.

"Un primer amor, luego llega el cuarto" cantan Pastora en "Un Pedazo De Tierra". Pues sí. Ésa es la actitud. Ningún amor es eterno, pero todos deben parecerlo. ¿Qué sentido tiene empezar una relación obsesionado por el hecho de que algún día se acabará? "Me dejará, no soy lo bastante bueno, no me merezco ser feliz, no follo bien, no siento lo mismo que con X, ¿para qué decirle te quiero si pasado mañana ya no nos veremos?"... Es absurdo dejar de disfrutar de los besos por culpa de pensamientos así. ¿Y aparte de seguir más solo que la una, qué ganas diciendo "Es demasiado pronto, no estoy preparado para volver a salir con alguien" cuando se te presenta una nueva oportunidad? Nada. Haced caso a Robyn: "I'm gonna love you like I'm indestructible".

Los amores llegan de repente. No hay que empeñarse en buscarlos, pero sí que hay que tener siempre la maleta preparada para embarcarnos en uno en cuanto se nos cruce por delante. Y disfrutarlo como si fuera el último. Disfrutarlo como el adolescente ingenuo que fuiste, pero con la tranquilidad que te da saber que ya no lo eres. De eso creo que hablaba Terenci Moix al describir esa escena en la habitación de París, momentos antes de arremolinarse en la cama junto a su joven amante. El mismo colchón, pero una cama nueva, recién hecha.

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I picked myself back up, I held my head up high

Leía ayer la triste historia de un adolescente gay austríaco que se ha suicidado harto del bullying al que le sometían sus compañeros de instituto. Por desgracia, parece que esto ya no sea noticia: este verano ha habido una desoladora oleada de suicidios similares en Estados Unidos, lo que ha llevado a organizar la famosa campaña It Gets Better, a modificar el argumento de una serie como Glee para incluir el bullying en su trama, y a varias cantantes a subirse al carro del mensaje esperanzador (Katy Perry con "Firework", Ke$ha con "We R Who We R", P!nk con "Raise Your Glass", Lady Gaga con "Born This Way"...).

Estos casos me hierven la sangre. Comprendo perfectamente el sufrimiento extremo que les ha llevado a matarse, pero también sé que nada ni nadie merece que acabemos con nuestra vida. Yo fui otro de esos adolescentes que sufrían el acoso y las burlas diarias de sus compañeros. En aquella época, ese acoso ni siquiera tenía un nombre que le diera visibilidad o ayudase a clasificarlo. Era, sencillamente, la crueldad típica de los adolescentes.


Podría pensarse que todos los avances legales y sociales ayudarían a suavizar este tipo de actitudes, que las nuevas generaciones serían más tolerantes, más abiertas. Pero no. No en el colegio, no en el instituto. La infancia y sobre todo la adolescencia son etapas de inseguridad y de muchos cambios. La forma más fácil que tenemos para reafirmar nuestro lugar en el mundo es uniéndonos a la manada. Aplastando al diferente demostramos que nosotros sí formamos parte de la sociedad.

Si eres homosexual (o sólo lo pareces), si llevas gafas, si eres cojo, si no vistes como dictan los cánones, si tienes sobrepeso... En definitiva: si no eres un clon de lo que debería ser un adolescente "normal", muy probablemente sufrirás ese acoso asfixiante. Asfixiante porque sabes que eres así, que aunque intentes cambiarlo o disimularlo, seguirás siendo así. Y esto te crea una desazón de la que no puedes escapar.

En mi caso, todo empezó porque en la hora del patio me gustaba leer. Con 12 años, me llenaba más devorar la bibliografía de Stephen King que darle patadas a una pelota, qué le vamos a hacer. Fue suficiente para convertirme en blanco de burlas, insultos y algún que otro escupitajo. Seguí leyendo, claro. El primer indicio de que me ocurría algo peor fue cuando mi mejor amigo, aquel con el que nos pasábamos las tardes enteras hablando, viendo Bola de Drac, haciendo los deberes, probando videojuegos... dejó de quedar conmigo porque los demás decían "que éramos novios". ¿Sabéis lo más irónico? Que empecé a hacerme amigo suyo precisamente porque los demás chicos de mi grupo de amigos me atraían sexualmente, y en cambio él no, así que ser amigo suyo me sosegaba. Mi primer intento de una amistad "normal" se fue al traste y volví con mis amigos de siempre, a pesar de la incomodidad que me provocaba sentirme atraído por ellos. Me acogieron con los brazos abiertos, olvidando mi extraña actitud de rechazo de esos últimos meses.


Luego llegaron las primeras pajas, el ratificar que cuando contemplábamos aquellas revistas y aquellos cómics, yo no me fijaba en lo mismo que mis amigos. La angustia de los vestuarios, especialmente los vestuarios de clase de vela, porque el monitor estaba tremendo. Las primeras risas al pasar, el primer "maricón" lanzado contra mí. Y agaché la cabeza. Procuraba salir poco de casa o cambiar de ruta para evitar pasar por las calles y las plazas donde sabía que estaría mis acosadores. Lo más frustrante era que algunos de los me insultaban me gustaban, no podía evitarlo. Tampoco podía evitar ayudarles con los deberes o incluso dejándoles copiar mi examen. Quería encajar a costa de mi inteligencia. Pero ni así conseguía que dejasen de insultarme.

Los profesores hacían la vista gorda y aunque mis amigos a veces me defendían ("Y tú eres gilipollas", le respondió un amigo a un chico que me había preguntado si yo era maricón), también eran amigos de los mismos que me insultaban. Yo lo sentía como una traición. Al principio valoré la posibilidad de suicidarme.  Cuando iba de camino a casa de un amigo que vivía cerca de las vías, estudiaba los mejores puntos para hacerlo, me fijaba en la velocidad de los trenes que pasaban para calcular el mejor momento del salto. Escribí un relato sobre un chico que se tiraba al tren y me horroricé al describir el estado en que quedaba el cadáver. No quería convertirme en ese amasijo.

Lo peor es que todo esto ocurría en Sitges, meca del turismo gay pero a la hora de la verdad, un pueblo tan pueblerino y cerrado como cualquier otro. En aquella época, al Ayuntamiento (del Partido Popular) no se les ocurrió otra cosa que empezar a fichar homosexuales en el Paseo Marítimo, "por seguridad". Cuando saltó la polémica y se criticó esta práctica en los medios, se organizó una pequeña manifestación a favor de un pueblo limpio de homosexuales y un turismo más familiar. Algunos de esos manifestantes eran compañeros de clase o de instituto. Afortunadamente, al final el dinero es lo más importante y los comerciantes del pueblo sabían perfectamente que necesitaban al turismo homosexual, así que todo siguió como siempre. Pero me impactó profundamente ver en televisión a gente que conocía, lanzando proclamas que me negaban un sitio en mi propio pueblo.


Me creé escudos: empecé a peinarme mal y vestirme peor. Eran dos cosas que yo podía controlar y por tanto, no me hería que me criticasen por ello. Empecé a escuchar música en el discman a todas horas: yendo al instituto, en la hora del patio, entre clases... Los cascos me blindaban de cualquier murmullo, cualquier crítica, cualquier insulto. Escucha principalmente a Aqua: en sus letras divertidas, sonido desenfadado y vídeos coloristas veía un refugio y me aferraba a él. Alguna gente se ríe de que hoy en día aún me guste Aqua, pero de alguna manera fueron mi salvavidas y supongo que por eso les tengo tanto cariño.

Pero no sólo fui una víctima. Como decía antes, los adolescentes pueden ser los seres más crueles. Cuando tuve la oportunidad de unirme a la manada y aplastar a otros por ser diferentes, no la desaproveché. Nos reíamos de una chica con gafas muy aparatosas, que siempre se sentaba en primera fila y que nos "traicionó" haciendo un examen que los demás habíamos acordado dejar en blanco en protesta por los penosos métodos de la profesora. La chica estaba perdiendo la vista y para ella, cada día que pasaba significaba ver un poco menos y por tanto, arriesgarse a no poder terminar los estudios. Nos reíamos de dos chicas que siempre iban juntas: bolleras fijo.

Y nos ensañábamos especialmente con un chico que había cometido el pecado de ser menos guapo que los demás, llevar gafas y no tener dinero para ropa de marca. Le decíamos de todo y más, le abucheábamos, le lanzábamos bolas de papel. Nos reíamos al enterarnos de que alguien le había llenado la mochila de jabón, estropeándole los cuadernos. Experimentaba el placer de, por una vez, no ser yo el blanco de las burlas. Me sentía parte del instituto. Sobra decir que tiempo después me arrepentí de todas estas actitudes. Lo peor es que soy incapaz de recordar el nombre de este chico que, a pesar de tantas humillaciones, no perdía la sonrisa y a veces, incluso, intentaba hablar conmigo, quizá no para ser mi amigo, sino sólo porque sabí que compartíamos la misma angustia de ser insultados por ser como éramos. No lo sé.

Pronto llegó internet a mi vida. Y con internet, la liberación: el éxtasis de teclear "gay" por primera vez en un buscador (Altavista: no existía Google aún). descubrir que había más gente como yo, que había actores que incluso cobraban por practicar lo que yo ansiaba, los primeros escarceos, el primer amor, los primeros amigos homosexuales con los que compartir preocupaciones comunes, las primeras tardes en Arena. Descubrir que en el instituto no estaba solo, que aunque se camuflasen muy bien, había más como yo. Y vencer poco a poco los miedos, encontrar fuerzas para decir la verdad a mis amigos de toda la vida. Comprar la revista Zero: con las manos temblorosas y la cara roja la primera vez, riendo con una amiga la tercera. La luz al final del túnel, en definitiva.

Empecé a cuidarme más, a vestir mejor. Dejé de agachar la cabeza y con ese simple gesto, las críticas se diluyeron. Encontraron nuevos blancos, supongo. El último día de gimnasia para mí fue tan significativo (adiós al ridículo de no ser tan fuerte, adiós a los vestuarios) que no he vuelto a ponerme chándal jamás; es una prenda que detesto (para mí, ojo; en otros, si marca lo que tiene que marcar, sigo disfrutándola). Los años pusieron las cosas en su sitio. Ese paraíso colorista que intuía en las canciones de Aqua existía. Y empecé a sentirme feliz de ser quién era. Dejé lo malo atrás, en Sitges (significativamente, sólo vuelvo al pueblo una vez al año, para el Festival de Cine de Terror) y me concentré en disfrutar, bailar, reír, conocer gente, follar, descubrir música y películas y libros y series, viajar, llorar, escribir, amar. Vivir. It gets better, en efecto.

Y nada se compara al placer de ver cómo algunos de los que me insultaban entonces ahora tienen novio, o cómo indican "Me Interesan: Hombres" en su perfil de Facebook, el placer de cruzármelos en  Metro bailando "Bad Romance" de forma más maricona que yo (que ya es decir). Y digo placer porque como mínimo me queda la dulce venganza de saber que yo no perdí el tiempo negándome a mí mismo y empecé a disfrutar mi vida mucho antes que ellos.

Que para eso estamos aquí, para disfrutar siendo nosotros.