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Matías Candeira - La soledad de los ventrílocuos

A lo mejor no hace falta mucho para que uno se acostumbre al ruido de una existencia distinta.

Y con éste ya he disfrutado de todos mis autorregalos de Sant Jordi. El debut literario de Matías Candeira es en realidad el segundo libro suyo que leo (tras el recomendable Antes de las jirafas), y se trata de otro recopilatorio de relatos donde lo extraño y lo absurdo se abren paso entre lo cotidiano con una naturalidad muy creíble. Queda claro que es marca de la casa.


Quizá por tratarse de su estreno, aquí a Matías Candeira lo noto más comedido, no llega al punto de ciencia ficción y pulp de "Antes de las jirafas", es todo más poético y simbólico. Y lo cierto es que, quizá por eso, lo he disfrutado más. Hay algunos relatos donde parece que el autor se centra más en acumular imágenes chocantes, pero son minoría: cuando se dedica a utilizar esos elementos extraños para narrar, consigue emocionar como pocos.

Ese funeral a una nevera como despedida de nuestra normalidad, ese bombardeo de flores lanzado no tanto para contraatacar como para recordarle qué son los sentimientos a un país demasiado bélico, las cuerdas que utiliza el destino para movernos como marionetas (un destino que con valor quizá podamos controlar), ese agujero que le canta a nuestra pareja como símbolo del amor que se escurre entre los dedos y sin remedio, el romance con una mano que nos recuerda a la de alguien que se fue (¿buscamos siempre el recuerdo de patrones que ya supimos amar?)...

Pero si tengo que quedarme con un relato, será sin duda con "La segunda vida": la emocionante historia de un cartero que lleva cartas a un edificio ruinoso pero todavía en pie a pesar de la lluvia eterna que se filtra por todos los rincones. En ese edificio, sus extravagantes inquilinos se refugian a la espera de las cosas buenas. Es el relato más largo de todo el pack y me ha dejado con ganas de más, de un libro entero con esta ambientación y estos personajes. Fascinante. Seguiré con interés la carrera de Matías Candeira, y ojalá nos sorprenda pronto con una novela que siga la línea de "realidad fantástica" de sus relatos.


"La soledad de los ventrílocuos" es una soledad autoimpuesta, quizá melancólica pero en absoluto triste. Es la soledad de los que esperan sabiendo que lo mejor todavía está por llegar, la soledad de los que aprenden a valorar la belleza de las cosas poco comunes, la soledad de los que descansan merecidamente antes de volver a coger su machete para adentrarse en la jungla del destino. La soledad paciente y feliz.

Si les describía esos lugares infrecuentes del mundo, esos instantes que sólo podían ser ciertos si uno fabricaba un pequeño hatillo y se lanzaba al interior de un paisaje lluvioso, quizás aquellos hombres de musgo, que se encerraban día a día en sus habitaciones con la solemnidad de los gusanos de seda, decidieran salir y abrir los ojos; salvarse de esa vida encenagada que también se había cebado con el edificio y lo había carcomido hasta dejarlo con la forma de una muela podrida.

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Reif Larsen - Las obras escogidas de T.S. Spivet

No me parece que sea nada que yo haga. El mundo está ahí fuera, yo sólo intento verlo. El mundo ha hecho todo el trabajo por mí. Los modelos ya están ahí, y veo el mapa dentro de mi cabeza y luego lo dibujo.

Pobres murciélagos, piensa T.S.: siendo ciegos, están condenados a no conocer nunca su "Aquí" y con su oído apenas pueden intuir el eco del "Allí". Pobres criaturas, vagando sin rumbo y sin hogar. Para no ser como uno de esos murciélagos, para transformar en familiar lo desconocido, para acortar el abismo que separa aquí y allí y volverlo menos misterioso, T.S. se dedica con sólo 12 años a dibujar mapas. Mapas, gráficos, ilustraciones, estadísticas, planos... todo le sirve para saciar su curiosidad.


La suya es una curiosidad insaciable. La forma de comer de su padre, las detonaciones de diferentes escopetas, el recorrido de un tren de larga distancia, su habitación, los parques de Washington DC o la soledad de los transeúntes: de todo crea mapas con una precisión envidiable. Se fija en detalles que pasan inadvertidos para la mayoría, le da importancia a banalidades que quizá no lo sean tanto. Clasifica, memoriza. También es un perfeccionista.

Los lectores disponemos de una privilegiada ventana al imaginario de T.S. Spivet gracias a una edición espectacular con ilustraciones en los márgenes. Me encanta que mientras algunos vaticinan el fin del formato físico, escritores como Reif Larsen apuesten por un libro sólo posible en papel. Y es que las ilustraciones al margen son imprescindibles porque no sólo ilustran, sobre todo complementan el texto; lo tiñen con las sensaciones y emociones de este crío, reflejan con acierto su peculiar forma de observar la realidad que lo rodea. Y no es que Reif Larsen escriba mal, al contrario: página a página, plasmas toda la inteligencia y toda la ingenuidad del protagonista, toda la emoción y toda la crudeza de su viaje.

T.S. Spivet pasa de una vida confinado en un rancho de Montana a descubrir lo inabarcable del mundo que le esperaba fuera de sus vallas. Y dibuja, y dibuja y sigue dibujando para entender -para intentar entender- ese mundo, para intentar pertenecer a él. Dibujará cosas que jamás imaginó que existían y se verá incluso desbordado por todo lo que tiene que aprender todavía. Cosas buenas y cosas malas, porque fuera de la seguridad del hogar se encontrará con numerosas sorpresas desagradables. El mundo de los adultos le enseñará los dientes mientras le da palmaditas en la espalda y le ríe las gracias.


Como todas las historias protagonizadas por un crío explorando el mundo, estamos ante un viaje de iniciación, de aprendizaje, de entrada en la edad adulta, pero también de reconciliación (con uno mismo, sobre todo). T.S. comprenderá que al final del día más importante que hacer las cosas, lo es saber que eres capaz de hacerlas. Por eso, decir "no" conscientemente nunca podrá ser considerado una derrota.

"¿Será posible coleccionar todo lo que tiene el mundo? Si todo lo que existe en el mundo se encuentra en tu colección, ¿seguiría siendo una colección?"

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I’d rather be a comma than a full stop

"Inicio de las obras en esta calle: 7 de Junio", anunciaba el letrero. La casilla para la fecha del final de las obras estaba en blanco. Todos los comerciantes de la calle se llevaron las manos a la cabeza: se sabía cuándo empezaban las obras pero no cuándo terminaban. "La cosa irá para largo", dijo alguien. Entre rumores y especulaciones, se empezaron a describir futuras imágenes apocalípticas: el tráfico cortado, las aceras levantadas, la calzada abierta para acceder a las tuberías que tenían que cambiar, la gente evitando adentrarse en una calle tan impracticable.


"Todo el verano perdido", dijo una segunda voz. "Nos vamos a arruinar", añadió alguien con desesperación. Y un apunte ingenuo: "Parece mentira: hace dos días que pintaron las señalizaciones ¿y ahora van a levantar toda la calle para volver a pintarla después? Cómo se nota que no es su dinero". Quejas y temores, temores y quejas. Yo me mantuve cauto. El aviso era confuso, sí, pero eso no tenía necesariamente por qué ser malo. Ya se vería. Angustiarse con tanta antelación me parecía absurdo.

Después de semanas de angustia y quejas, el día tan temido por los comerciantes llegó. De buena mañana, los cristales de las tiendas temblaban al ritmo de los motores de los camiones gigantes, los obreros gritaban en sus idas y venidas frenéticas, resultaba casi imposible atender a los -pocos- clientes bajo el ruido de las taladradoras que destripaban la calzada, por el resquicio de las puertas entraba contínuamente humo y polvo y costaba respirar con el olor que llegaba de las alcantarillas abiertas. Imaginarse varias semanas trabajando con este caos era poco menos que una pesadilla.


Falsa alarma: el letrero no indicaba la fecha de finalización de las obras porque éstas sólo iban a durar tres horas. A mediodía, realizado su trabajo, los obreros volvieron a asfaltar rápidamente la calle. Sólo habían tenido que levantar una mitad, así que las señalizaciones recién pintadas que tanto habían preocupado a uno de los comerciantes continuaban intactas. Las máquinas se fueron; volvió el silencio, la tranquilidad. Los clientes siguieron comprando. Y por la tarde llovió y el asfalto antiguo, al mojarse, igualó el tono oscuro del asfalto nuevo.

Por la noche, después de cerrar, la dependienta de la tienda contigua me sonrió: "Tenías razón. Al final las cosas nunca son tan terribles como te las imaginabas". Volví a casa contento, con un buen libro bajo el brazo y una canción inesperada animándome desde el mp3.

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Sun Tzu - El arte de la guerra

Conócete a ti mismo, conoce a tu enemigo, y tu victoria nunca estará en peligro. Conoce el terreno, conoce tu tiempo, y tu victoria será entonces total.

Dicen que todas las respuestas están ya escritas en los clásicos. No sé si será verdad, pero lo cierto es que nunca dejará de sorprenderme que textos ancestrales como este "El arte de la guerra" sigan teniendo plena vigencia. Y no me refiero exclusivamente a la hora de aplicarlos al mundo de los negocios o, por supuesto, a la guerra (leyéndolo entiendes mejor ciertos acontecimientos y conflictos, y también te lamentas de que haya capítulos "pacifistas" del libro que se olvidan demasiado a menudo), también me refiero a aplicar esos mismos textos -Hagakure sería otro ejemplo- al día a día de cada uno.


Sería discutible si estos autores clásicos aprobarían que sus textos pudieran aplicarse lejos del terreno bélico, pero yo creo que no sólo darían el visto bueno, sino que incluso en el momento de escribirlos ya previeron esa posibilidad. Ya fuera un general chino como Sun Tzu o los samuráis del Japón medieval, todos entendían el entrenamiento del guerrero como una forma de vida, como una filosofía más que como un adorno o algo puramente físico.

Se trataba del desarrollo como persona y mente pensante, no como cuerpo mercenario. Al contrario del falso individualismo moderno -que intenta convertirnos en consumidores-máquina, tan egoístas como clónicos-, ellos proponían un individualismo al servicio de la sociedad: mejorando como persona, contribuías a mejorar la sociedad. Y quizá por eso, por priorizar el desarrollo personal y la filosofía -incluso siendo una filosofía bélica-, resulta tan fácil extrapolar ahora sus lecciones a un terreno más íntimo.

"El arte de la guerra" te recuerda cosas que ya sabes y te abre los ojos ante detalles cuya importancia habías pasado por alto. La importancia de la estrategia, pero también del factor sorpresa; la importancia de respetar las normas sin renunciar por ello a la intuición propia; la importancia de ser consciente de los defectos propios para recordar cuáles son las virtudes de las que podemos sacar provecho; la importancia de tener al enemigo controlado pero sin parecer receloso. Si bien es imposible caerle bien a todo el mundo, tampoco es cuestión de plantearse la vida como un campo de batalla lleno de enemigos potenciales de los que desconfiar. Hay que ser precavido, claro, pero sin dejar de lado el optimismo o la afabilidad. Y conviene recordar que muchas veces, ese temido enemigo es uno mismo.

Un clásico eterno, muy accesible, cuya lectura recomiendo (y si ya lo habéis leído, nunca vendrá mal una relectura).


Y como viene siendo habitual, os dejo una selección de las citas que me han parecido más interesantes:

Cada día, cada ocasión, cada circunstancia exige una aplicación particular de los mismos principios.

El segundo peligro es una atención demasiado grande en conservar la vida. Uno se cree necesario para el ejército entero; uno no quiere exponerse; uno no se atreve, por esta razón, a proveerse de víveres en el campo enemigo; todo inspira desconfianza, todo da miedo; siempre se está en suspenso, uno no se decide a nada, se espera una ocasión más favorable, se pierde la que se presenta, no se hace ningún movimiento; pero el enemigo, que siempre está atento, se aprovecha de todo y pronto hace perder toda la esperanza a un general tan prudente.

Un general que no sabe moderarse, que no es dueño de sí mismo y que se abandona a los primeros movimientos de indignación o de cólera, no puede dejar de ser víctima del engaño de sus enemigos. Le provocarán, le tenderán mil trampas que su furor le impedirá reconocer y en las que caerá infaliblemente.

Un general debe saber disimular; no debe desanimarse después de algún fracaso, ni creer que todo está perdido porque haya cometido algún error o haya sufrido algún revés. Por querer reparar el honor ligeramente herido, a veces se pierde sin remedio.

En las ocasiones en que todo es de temer es cuando no hay que temer nada; cuando uno carece de recursos es cuando hay que contar con todos; cuando uno es sorprendido es cuando hay que sorprender al enemigo.

¿De qué sirven la bravura sin la prudencia, el valor sin la astucia?

Sé vigilante y manténte informado, pero muestra en el exterior mucha seguridad, sencillez e incluso indiferencia; manténte siempre vigilante, aunque parezca que no pienses en nada; desconfía siempre de todo, aunque parezca que no receles de nada; sé extremadamente secreto, aunque parezca que lo haces todo al descubierto; ten espías en todas partes; en vez de utilizar palabras, sírvete de señales; ve por la boca, habla por los ojos. 

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I'm so thankful that we're strangers when we meet

Curiosa sensación cuando te reencuentras con algún antiguo compañero de clase y y compruebas cuantísimo habéis cambiado ambos con el paso de los años. No hablo de reencontrarse fugazmente en la calle ni tampoco de cambios físicos -tan visibles como inevitables-, sino de redescubriros como personas: quedar para tomar algo y hablar tranquilamente hasta que te parece casi de ciencia-ficción el haber conocido a esa persona antes de esta conversación.


Superado el trámite de las preguntas de rigor -¿dónde vives ahora, acabaste por fin la carrera, a qué te dedicas ahora?-, de repente surgen temas más profundos, y os ponéis a hablar de ellos con una naturalidad y una firmeza inesperadas. Problemas de verdad. Vivencias impensables años atrás. Muertes, operaciones, sexo (sexo real, no la anticipación del sexo de la adolescencia). Cuestiones políticas, por ejemplo. Utopías para cambiar el mundo. Temas que quedan muy lejos de aquellas horas del patio, los bocadillos de paté, los créditos variables, los profesores odiosos, el último episodio de Bola de Drac, los tazos y las partidas de cada tarde al Street Fighter II.

También existe el caso de antiguos compañeros que no han evolucionado un ápice: siguen con los mismos intereses, su visión del mundo es la misma de años atrás, como si hubieran vivido encerrados en un huevo. Si intentas hablarles de tu nueva madurez se ríen porque son incapaces de concebirla, se piensan quizá que les estás tomando el pelo. No pueden concebir un mundo en el que la gente aprende, evoluciona, avanza. Hablando con esta gente también sonríes: te sientes lejos. Afortunadamente, tu tren prosigue su marcha mientras ellos, atrapados en el andén, se hacen cada vez más pequeños.

Es curioso porque al darte cuenta de cuánto ha madurado -o no ha madurado- la otra persona, por primera vez eres consciente también de cuánto has cambiado tú. Todos los aprendizajes, experiencias, naufragios, opiniones, decisiones... todos esos pasos que, poco a poco y sin hacerse notar, te han ido moldeando para que fueras quien eres hoy. Y sonríes porque el viaje ha merecido la pena. Piensas: que siga la conversación con esa persona que también ha avanzado por su cuenta, que me interesa. Y seguís debatiendo apasionadamente acerca de la situación mundial actual, de las verdaderas injusticias, de vuestro último fracaso, del miedo y de la felicidad, de lo que os ha enseñado el último libro leído.


He experimentado esta sensación con unos cuantos conocidos ya. En ciertos casos, no hemos vuelto a quedar jamás, quizá sólo necesitábamos constatar que, efectivamente, habíamos avanzado y que seguiríamos haciéndolo. Pero en muchos casos, después de este reencuentro la amistad se ha afianzado, como si hubiéramos necesitado ese largo paréntesis para retomar ahora la relación con más ganas. Para ser amigos de verdad teníamos que convertirnos en las personas que somos ahora.

Sigamos evolucionando, aprendiendo, sigamos sintiéndonos agradables extraños cada vez que nos volvamos a reencontrar.

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Andrea Corr - Lifelines

Lifelines. Las líneas de la palma de la mano, pero también las cuerdas salvavidas. "Lifelines" es un título evocador, intencionadamente ambiguo para esta colección de versiones de 11 canciones que -en palabras de la propia Andrea Corr- no sólo la marcaron, también la salvaron. "Lifelines" nos muestra un recorrido vital, el de una vida a veces a la deriva, pero siempre manteniendo la esperanza de encontrar un poco de luz, de llegar a un futuro con más -y mejor- vida. Todo el álbum es un homenaje a la música, la música entendida como biografía y como refugio.


En "Lifelines", estamos en las antípodas de esos discos donde artistas en horas bajas se ponen a versionar clásicos ya mil veces versionados. Aquí Andrea Corr no está intentando reflotar su carrera. Gracias a la tranquilidad que debe de dar el estar casada con un multimillonario, la vocalista de The Corrs se ha permitido el capricho de grabar y traer a su terreno sus canciones-talismán, canciones más o menos conocidas, pero en ningún caso obvias. Velvet Underground, John Lennon, Vangelis, Roy Orbison, Nick Drake, The Blue Nile...  La selección da prioridad a lo que ha significado cada canción en la vida de Andrea.

Si en "Ten Feet High" se la notaba incómoda, esforzándose sin éxito por sonar moderna, pícara o incluso trascendente -el primer single pretendía ser un himno antibélico-, en "Lifelines" a Andrea Corr se la nota simplemente sonriente, cantando en bata y zapatillas, con el pelo recogido, una taza de la café en la mano y muchas ganas de pasarlo bien. Y es así cómo conectamos con el disco, sentimos incluso un poco de envidia porque a todos nos gustaría poder ponerle voz a todas esas canciones que van llegando a nuestra vida en el momento oportuno: describen exactamente cómo nos sentimos, el punto exacto en el que nos encontramos, son unas canciones que parecen escritas por y para nosotros, no podemos dejar de escucharlas una y otra vez.


Andrea canta con un sentimiento inusual, utiliza su fragilidad invulnerable para teñir las canciones de un optimismo que, en la mayoría de casos, originalmente no tenían. Esto se nota sobre todo en el corazón del disco, el tándem formado por "State Of Independence", "No 9 Dream" y "Tinseltown In The Rain"; con estos 3 medios tiempos, el álbum parece coger fuerzas. Suenan a sonrisas bajo la lluvia, a ese instante preciso en que el sol resurge tras las nubes.

El resto del álbum es más melancólico, a menudo habla de mantenerse a la expectativa ("Pale Blue Eyes", "I'll Be Seeing You", "Blue Bayou", "Tomorrow In Her Eyes") y nunca se deja arrastrar por la tristeza, ni siquiera en los temas más oscuros, como "Some Things Last A Long Time" o "Lifeline". Ésta última contiene, de hecho, el momento más divertido de todo el álbum. A media canción, Andrea imita el sonido que haría alguien ahogándose en un cómic: "blurb-blurb-blurb", pero notas que Andrea está aguantándose la risa, está disfrutando como una niña. Nos recuerda así que nunca te ahogas, aunque lo parezca.

Los productores John Reynolds y Brian Eno consiguen que este conjunto de 11 temas suene muy coherente a pesar de sus orígenes dispares. Por eso, el disco funciona tan bien como conjunto, algo rarísimo hoy en día, que los discos parecen hechos para que cada cual se haga una playlist con sus 5 o 6 favoritas. Hay algún que otro guiño al pop-folk de The Corrs, son momentos muy puntuales que tampoco desentonan. Al fin y al cabo, Andrea Corr está trayendo las canciones a su terreno, no se limita a copiar los originales.


Cuando meses atrás supe que la chica iba a lanzar un disco de covers levanté la ceja, escéptico. Y al final me encuentro con un disco perfecto, sin pretensiones, muy agradable, de esos que ganan con cada escucha y que te apetece que te hagan compañía trabajando, leyendo, cocinando, paseando. ¿Qué haríamos sin música en un mundo en el que todos, alguna vez, somos náufragos?

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Les Petits Mouchoirs / Pequeñas mentiras sin importancia

154 minutos. "¿Dónde me he metido?", pensé al descubrir en el programa -me fascina que algunos cines conserven todavía la tradición de ofrecerte estas fichas de la película; yo las colecciono- la exagerada duración de "Pequeñas mentiras sin importancia". Empezamos con un plano secuencia impactante, atronador y acabamos con un plano congelado agridulce y mudo. En medio: dos horas y media con muchas carcajadas y alguna que otra escena dura, a veces incluso te descubres riendo con el corazón en un puño (la ridícula desesperación de esa mujer refugiándose de madrugada en el porno virtual, por ejemplo).


No diré que al final la película se pasó como un suspiro, porque no sería exacto -la película es larga y no lo intenta disimular-, pero sí diré que salí del cine deseando más, mucho más, deseando una serie entera dedicada a estos personajes: dos temporadas como mínimo, cada una con 13 capítulos de 45 minutos. Tan humanos son los personajes y tan identificado te sientes con ellos, tanto cariño les coges a pesar de sus defectos (que son muchos), tantas ganas te quedan al final de seguir sabiendo de sus vidas.

"Pequeñas mentiras sin importancia" gira en torno a las vacaciones de verano de un grupo de amigos; unas vacaciones vistas no sólo como un acto de escapismo, sino también -y sobre todo- como el ejemplo máximo de su egoísmo. Y es que en esas ganas de pasarlo bien, esa necesidad de que nada se tuerza, de que ni siquiera las comadrejas amenacen la calma del refugio playero, hay mucho de dar la espalda a la realidad, a sus problemas y a los de los demás. Se consuelan pensando que no han abandonado a su amigo hospitalizado porque van a acortar las vacaciones: dos semanas en vez de un mes, y al fin y al cabo sólo estarán a una hora de avión de París.

Así somos. Nos acomodamos en las pequeñas mentiras porque es más fácil así, porque mentir en las pequeñas cosas parece un acto inocente. Mentimos a los demás autoconvenciéndonos de que es lo mejor para ellos, cuando en realidad lo que hacemos es mentirnos a nosotros mismos, retrasar ese momento en el que habrá que afrontar la verdad: la persona a la que verdaderamente quieres, lo que verdaderamente te llena, la sexualidad que verdaderamente sientes. Y mientras estás mintiendo, ese momento de sinceridad parece muy lejano, como la costa cuando navegas en barco bajo el sol, pero a menudo olvidas que también existen bancos de arena, golpes imprevistos que te obligarán a mirarte al espejo y ser sincero de una vez por todas.


"Pequeñas mentiras sin importancia" también nos recuerda la importancia de lo que se dice, y de cómo se dice. Hay un personaje que, a modo de ejemplo, explica un experimento de Masaru Emoto que no sé si será verdad pero en cualquier caso me fascina como metáfora. Emoto puso arroz hervido en dos tarros y los cerró; a un tarro le colocó una etiqueta con la frase "Te quiero" y al otro una etiqueta con la frase "Te odio". Día a día, al primer tarro le agasajaba con palabras cariñosas, mientras al segundo le escupía palabras llenas de rencor. El arroz odiado se pudrió enseguida, mientras el arroz amado seguía intacto.

Y de eso se trata: de hablar pero hablar bien, de cuidar el lenguaje, de quejarse menos (o directamente, no quejarse), de proyectar una imagen más optimista de nosotros, de dedicarles a la gente que nos rodea las buenas palabras que merecen. Toda esa energía positiva acabará llegándonos de vuelta. En ese sentido, estad muy atentos a cuál es el único personaje que termina la película mejor de lo que la empieza. No hay que conformarse con las mentiras, hay que aprender a hablar y hay que aprender a escuchar.


Cine francés generacional, cinta coral ensalzada por un reparto excelente, comedia y drama muy bien hilados, canto a la amistad (pero a la de verdad), un pequeño empujón para que seamos optimistas, sinceros y hablemos de las cosas que nos importan, banda sonora de lujo (mezcla de canciones muy famosas con momentos indie)... Todo eso y mucho más. Una sorpresa agradable sobre las sorpresas desagradables de la vida.