Ian McEwan - Chesil Beach
Eran demasiado educados, contenidos, timoratos, daban vueltas de puntillas alrededor del otro, murmurando, susurrando, aplazando, accediendo.
Conocí este libro a través de una clienta de mi antigua librería que siempre hablaba maravillas de él. Ella era muy fan de "La soledad de los números primos", así que me fiaba de su criterio. Pero hasta ahora, cuando ya hace casi un año que no veo a dicha clienta, no he leído "Chesil Beach", he tardado mucho, demasiado en seguir su recomendación. Me gustaría poder comentárselo. Intercambiar opiniones y, sobre todo, ver si estoy en lo cierto y este libro me ha ayudado a entender la peculiar relación que tenía ella con su marido. Estaban casados, claro, y muy enamorados, pero vivían en pisos distintos del mismo edificio. Curioso.
"Era su noche de bodas y no tenían nada que decirse": con esta frase lapidaria Ian McEwan nos pone en situación y ya nos advierte del pequeño drama que presenciaremos. En poco más de 150 páginas, disecciona con precisión a esta pareja, desgrana el recorrido que les ha llevado a esa suite nupcial, sus fantasías, sus deseos y sus miedos. La prosa del autor, al que inexplicablemente no había leído todavía, es muy natural, muy elegante, muy británica. El narrador está en la habitación con Edward y Florence, pero es lo bastante discreto como para no interferir. No les juzga: nos muestra a ambos personajes tal como son, deja que sean ellos los que actúen, piensen, hablen, decidan.
La novela está ambientada en la Inglaterra de 1962 pero creo que esto es puro adorno: el tema es universal, atemporal. "Chesil Beach" nos presenta el sexo como liberación, como consumación, como meta, pero también (y sobre todo) como muralla. Y ese mismo sexo que debería sellar la unión de Edward y Florence es lo que los mantiene separados. Se diría que una pareja puede luchar contra todas las diferencias (de estatus, de edad, de ideología, de gustos...), aprender a amoldarse al otro e incluso crecer gracias a esas diferencias, pero en cuanto al sexo, ahí en toda pareja debe existir una sincronicidad absoluta. De lo contrario, todo se derrumba.
Como las piedras de la playa junto a la que se asienta el hotel, el tiempo y la experiencia han moldeado a Edward y Florence de forma parecida, los han ido erosionando poco a poco, limándolos, por eso esta noche se parecen tanto el uno al otro y en el fondo quieren cosas tan similares. Son igualmente libres, se han desprendido de la sombra de sus padres y de su educación, de repente se descubren a sí mismos en la edad adulta y buscan refugio mútuo. Pero la marea es caprichosa y la playa, demasiado extensa: a lo largo de su costa, las piedras se amontonan por separado, distribuyéndose en categorías, según sus sutiles diferencias de tamaño. Una piedra pequeña jamás podrá estar junto a una piedra grande, aunque ambas sean piedras y producto del mismo mar.
"Chesil Beach" habla de una única noche que cambia por completo dos vidas, las marca a fuego. Acongoja que la mayor parte de la novela describa dos, tres horas como máximo y en cambio las últimas diez páginas resuman cuarenta años completos. Así es la vida: años que avanzan a velocidad de vértigo, casi imposibles de recordar, y unos pocos momentos críticos inolvidables. Un cúmulo de acciones y decisiones, algunas tan trascendentes que por si acaso conviene decidir siempre sabiamente, porque podrías cambiarlo todo. Y al cabo de los años desearás haber elegido o actuado distinto, pero en realidad acabarás dándote cuenta de que elegiste la única opción posible: tenías que vivir esta vida, ésta y no otra.
Pero todo eso, claro, todavía no lo saben los advenedizos Florence y Edward mientras terminan su primera cena como matrimonio y se miran nerviosos, conscientes de lo que ocurrirá en pocos minutos en el dormitorio, de lo que tiene que ocurrir, de lo que se espera que ocurra entre ellos. A veces uno tarda años en descubrir que es posible salirse del camino prefijado, desprenderse de las expectativas que los demás han depositado en uno. No es exactamente ser libre, es ser uno mismo.
Cruzara la frontera que cruzase, siempre había otra nueva esperándola. Cada concesión que hacía aumentaba la exigencia, y luego el desencanto. (...) Quería estar enamorada y ser ella misma. Pero para ser ella misma tenía que decir que no a cada paso. Y entonces ya no era ella.

