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Norwegian Wood / Tokio Blues

De ciencia ficción me pareció esta película. Y sus personajes, auténticos extraterrestres. Me sabe mal decirlo, y puede que el doblaje, terrible, tenga parte de culpa (tantos cines de versión original en Barcelona y ninguno apostó por "Tokio Blues"), pero Watanabe, Naoko, Kizuki y compañía me parecieron gilipollas. Salvaría a la optimista Midori (qué monada de actriz) y al canalla Nagasawa (hot as Mexico).


Es cierto que las novelas de Haruki Murakami siempre las protagonizan personajes que se pierden en la tristeza, se ahogan en una soledad densa de la que no saben salir. La novela, sin ser el mejor libro del autor, no me disgustó, pero la película de "Tokio Blues", supongo que al no poder profundizar en la personalidad de los personajes que retrata, es una sucesión absurda de suicidios y llantos y desgarros emocionales que roza la parodia. Tela marinera con esas escenas donde los personajes discuten moviéndose de lado a lado sin parar y la cámara apenas puede seguirles: intentaban ser dramáticas y en el cine reíamos. Por no hablar del momento "babas en el acantilado" del final.

Como con todo, influye mucho el momento emocional en que la ves. Sé que en mi época adolescente me habría sentido muy identificado con estos personajes lánguidos que se ahogan en un vaso de agua, que hasta soplando velas de cumpleaños se deprimen. Hoy por hoy, no puedo sentirme más lejano de ellos. Y así es cómo me tomé la película, como un recordatorio del camino que no hay que seguir jamás. Esa melancolía absoluta y esa desolación y esa ceguera, incluso: cuanto más lejos, mejor.


Por destacar cosas buenas, que las hay (la película tampoco es tan mala como la pinto... sólo muy alejada de mí; extraterrestre, ya lo he dicho al principio), me quedo con la sorprendente banda sonora, temas instrumentales que mezclan tristeza y angustia y encajan como un guante con el mundo de Murakami. Me quedo también con esos paisajes boscosos que van mutando al ritmo del ánimo de los personajes y con esa escena en la que Watanabe, Nagasawa y la novia de éste hablan de su vida sexual. El personaje de la novia es tremendo, lástima que al final sea tan tonta como los demás. Me gustaría reescribir la historia sólo para darle a esta chica el final (el nuevo principio, en realidad) que se merecía.

La verdad es que me quedé pensativo al salir del cine (por cierto, el tiempo se alió con Murakami: diluviaba). La literatura y el cine japoneses son muy dados a estas historias de melancolía que acaba en drama. ¿Ya no podré disfrutar de ellas? Con lo que me gusta la cultura japonesa... Luego me sentí afortunado: en realidad, ahora podré disfrutarlas sin miedo a dejarme arrastrar por su tristeza inevitable. Y buscaré autores cuya sensibilidad se salga de la norma, como Yasutaka Tsutsui. De algo sirve madurar, supongo.

-¿Sabes qué me gustaría hacer ahora?
-Midori, estamos en un sitio público...
-Nunca imaginé que dirías eso.

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The Imaginarium of Doctor Parnassus / El Imaginario del Doctor Parnassus

Do you dream? Or should I say, can you put a price on your dreams?

"Llegará el día que a nadie le interesen mis historias", dice el Doctor Parnassus al principio de la película. Una frase tan triste como cierta. Parece que la imaginación está mal vista hoy en día. Triunfa la mediocridad de lo inmediato y lo superfluo. Afortunadamente, Terry Gilliam (director también de una de las pelis de mi infancia, "Las aventuras del barón Münchausen") no se rinde, continúa recordándonos la importancia de soñar, de tener imaginación para iluminar nuestro día a día.

Y lo hace con esta fábula sobre un hombre inmortal que se empeña en que todo el mundo pueda acceder a su mente, su Imaginario deslumbrante donde los sueños y los anhelos y las fantasías cobran vida. Despréndete de todo lo que no necesitas, atraviesa el espejo, sueña, elige bien y disfruta del mayor orgasmo de tu vida. Metafórica y literalmente.


"La conquisté, pero ¿a qué precio?", se lamenta el Doctor Parnassus al recordar un amor que terminó en desastre. La película también es un recordatorio de que siempre hay que afrontar las consecuencias de nuestras decisiones. Y es que por mucho que duela, por mucho que quieras evitarlo, no puedes pretender que una decisión no tenga consecuencias. A los personajes que acceden al Imaginario les llega un momento inevitable en el que tienen que elegir si se quedan con la luz y la felicidad de la iluminación espiritual, o con la oscuridad y la tristeza de lo material. Personalmente, considero que la decisión que tomes, al final, siempre será la decisión correcta. Pero por eso mismo, conviene saber el precio que estamos dispuestos a pagar a cambio de nuestra felicidad: ¿venderías tus sueños a cambio de algo efímero? ¿Estás dispuesto a admitir que cosas maravillosas pueden surgir de algo malo? "Eres el mejor error que he cometido", le reconoce el protagonista a su hija.

"Nada permanece, ni siquiera la muerte".¿Hay que ser inmortales para comprender todo lo cierta que es esta frase? Seguramente. Pero no somos inmortales, y por eso mismo conviene tanto tenerla muy presente a la hora de vivir y decidir y soñar. Nosotros no podemos pactar con el Diablo como hace el Doctor Parnassus pero podemos pactar con nosotros mismos una vida mejor. Lo decía ayer: la felicidad es una opción. Con cuidado siempre de no perderse en esa felicidad ni en esos sueños, claro.


No vi esta película en su día, y aunque me arrepiento, porque disfrutarla en una pantalla de cine tiene que ser una gozada, en el fondo sé que "El Imaginario del Doctor Parnassus" estaba esperándome pacientemente a que ella y yo nos (re)encontrásemos en el momento indicado. Ese momento en que ella pudiera hablarme con toda sinceridad y yo pudiera entenderla con la serenidad necesaria.

No es casualidad que acabase disfrutando de este poderío visual rebosante de simbolismos la misma semana que terminé Paprika y Antes de las jirafas, ni el mismo fin de semana que meditaba intensamente sobre el futuro que sueño y las decisiones tomadas, ni el mismo día que había colgado una entrada en el blog en referencia a Sonrisas y Lágrimas (el Doctor Parnassus lo encarna, precisamente, Christopher Plummel, el mismo actor que interpretaba al padre de la familia Von Trapp). Como siempre, las señales van tendiendo su camino de baldosas amarillas para recordarte que avanzas y que lo haces en la dirección correcta. Por eso, sólo ahora os puedo decir que esta película huele a chocolate con naranja azteca y un toque de vainilla. Toca seguir soñando.

He doesn't want to rule the world. He wants the world to rule itself.

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I simply remember my favourite things and then I don't feel so bad

La felicidad no existe. Sólo existe ser feliz cada día.
(Albert Espinosa, "Si tú me dices ven lo dejo todo... pero dime ven")

Hace unos días se me estropeó mi adorado netbook, que desde que me independicé es el único ordenador que tengo, en el que escribo, veo series, navego por Internet, etc. La reparación costaba casi tanto como un netbook nuevo. Años atrás, esto habría bastado para deprimirme profundamente, sentarme en un rincón a llorar y lamentarme en las redes sociales de mi desgracia. Fui un precursor de los emos, en la adolescencia (que por suerte queda muy lejos ya) me quejaba de todo y me consideraba muy maduro por ello, muy de vuelta de todo por ver el mundo desde una perspectiva tan oscura.

Si algo aprendí de mi ex fue a afrontar la vida con más alegría, sonreír contra viento y marea. Me costó, y de hecho él a menudo me criticaba por ser tan negativo. Pero poco a poco he conseguido tener ese optimismo que envidiaba. No se trata de negar los problemas. Se trata de darles la vuelta, usarlos en tu beneficio, ya sea porque te ayudan a aprender o porque realmente puedes sacar algún provecho. Me consta que hay gente que no se cree mi nueva etapa de optimismo y vitalidad. Lo siento por ellos, porque yo la estoy disfrutando muchísimo. Volviendo al ejemplo de mi netbook, opté por tirar de Visa y comprarme uno mejor y más bonito. Y estoy encantado. Es blanco y suave y rápido y tiene unas teclas que parecen caramelos. Estoy escribiendo con fuerzas renovadas.


En Facebook, hoy por hoy sólo tengo escondida a una persona de mi muro. Y no me cae mal, para nada. Pero es una persona muy negativa. Negativa hasta la extenuación. Absolutamente todos sus estados son quejas y lloros. Entrar a su perfil es como chocar de morros contra el muro de las lamentaciones. Lo fuerte es que le pasan cosas buenas, claro: a todos nos pasan cosas buenas, es inevitable. Pero de las suyas sólo te enteras cuando ya han pasado, cuando se han estropeado y puede seguir el drama. Me parece una actitud muy triste. Sobre todo porque yo la tuve, y con el tiempo me he dado cuenta de que es muy fácil lamentarse y suplicar que la vida te dé una tregua pero a la hora de la verdad, ese golpe de volante tienes que darlo tú. Nada cambia si no lo haces cambiar tú.

Últimamente a varios amigos que lo están pasando mal les he dado mis humildes consejos para que empiecen a dar ese golpe de volante. Creo que no me han hecho ni puñetero caso, no dejan de ser trucos tontos que suenan a libro de autoayuda cutre, un optimismo quizá demasiado ingenuo. Pero funcionan, doy fe. Se trata de positivizar tu vocabulario: evitar los "no" y las frases negativas y las quejas. Se trata de cambiar tu foto de perfil en las redes sociales, poner una en la que salgas sonriente. Cortar de raíz con lo malo, lo que te hace daño: sin miramientos, fuera. Obligarte a sonreír cada mañana nada más levantarte. Dejar de depositar tus ilusiones en un único objetivo: diversificar. Cuidarte a ti mismo, mimarte. Escuchar y compartir con los demás sólo canciones felices, optimistas, que te transmitan buen rollo. Compartir momentos agradables con los amigos y hablar de cosas divertidas. Incrementar el número de series de humor y películas de comedia que ves. Leer (y releer) libros que te iluminen, como por ejemplo El mundo amarillo de Albert Espinosa. Limitar tus estados de Facebook o tus tweets a comentar las cosas buenas, positivas o curiosas que te pasan, obviar por completo las malas. Lo mismo se aplica si tienes un blog. Disfrutar los días de sol, pero también agradecer la lluvia. Dar gracias por el amor que recibes (aunque no sea el que tú querrías), y ser bueno con quienes te rodean. Tomarse los problemas con la mente fría, usarlos a tu favor, aprender. Recordar tus cosas favoritas. Fijarse en todos esos detalles bonitos que endulzan el día: unas chicas saltando por la calle mientras otra les hace fotos o un niño sonriente con su globo de Bob Esponja. En definitiva, se trata de no regodearse en lo malo. "Sadness be gone", que dice la amiga del protagonista en la iluminadora Happy Thank You More Please.


Y sí, parecen chorradas, seguramente lo son, pero es curioso comprobar cómo, poco a poco, esa capa de felicidad que te has construído acaba cobrando vida. La felicidad te acaba empapando. Lo malo ya no te sienta tan mal, de hecho en general te resbala, y lo bueno parece que abunda mucho más, que te llena mucho más. Esas sonrisas que forzabas acaban saliendo naturales. Y los amigos lo notan: "¿Y esa cara?", "Se te ve feliz", "Estás mucho mejor ahora". Y es verdad. Estás mucho mejor ahora. Sin darte cuenta, has pasado de ir llorando por las esquinas a radiar una sonrisa de lado a lado. No sueltes el volante: has esquivado la peligrosa desviación de la tristeza, sí, pero ahora toca seguir conduciendo. Hacia adelante, claro.

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Matías Candeira - Antes de las jirafas

¿Qué se puede esperar de alguien que no busca fracturas en este mundo que nos ha tocado?

Me lo autorregalé por Sant Jordi después de una reseña en la revista Qué Leer. Ya con lo que comentaban ahí y una portada tan fascinante (con ese De Lorean aparcado ahí en medio) me imaginaba que sería un libro como mínimo interesante. Al cogerlo de la estantería de la tienda, leí cómo empezaba la sinopsis: "Un viaje a las mutaciones de la vida feliz que alguna vez tuvimos." ...Y supe que había acertado, así que me animé y me llevé también el primer libro del autor, "La soledad de los ventrílocuos", que prometo leer pronto.


"Antes de las jirafas" es una colección de cuentos sobre personas solitarias, atrapadas en un presente que no les gusta, temerosas del futuro, que sólo consiguen acariciar fugazmente la felicidad a través de lo extraño. Unas buscan huir del pasado, otras regresar a él. Para ello, se transforman en monstruos, agujerean fotos, escriben cartas que no enviarán, cazan humanos y se inyectan calmantes para caballos para calmar sus instintos asesinos. Cada relato nos adentra un paso más en este fascinante safari por las vidas raras de gente que quizá alguna vez no fue rara.

Hay espacio para el humor (negro), la ciencia ficción, el terror, el romance, el absurdo, el cómic y la melancolía. Hay relatos más clásicos y otros más rompedores o incluso experimentales, pero Matías Candeira consigue que todos encajen unos con otros, formando un puzzle muy sólido. De hecho, con algunos tuve la impresión de que formaban parte de un mismo universo, momentos distintos de una misma historia.


No sé si será intencionado (me gustaría creer que sí, sobre todo teniendo en cuenta esas jirafas que pueblan el título) pero en casi todos los relatos hace acto de presencia el color amarillo. Y así es como recordaré el libro, como un libro amarillo. Una invitación a disfrutar de lo extraño, lo extraordinario como la mejor forma de enriquecer la realidad. Permitir que los sueños se abran paso.

Uno de los mejores párrafos de "Manhattan Pulp", que es también uno de los mejores relatos del libro:

Hacía mucho tiempo que, con mis propias manos, no apretaba a alguien para romperle los huesos y prometer algo que jamás cumpliré. Ocurre que se me da muy bien despedazar en trozos muy pequeños a una persona, pero no sostenerla entre mis brazos.

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Bret Easton Ellis - Menos que cero

Imágenes de chicos de mi edad que levantan la vista del asfalto y quedan cegados por el sol. 

Hace ya dos meses que me releí este título de Bret Easton Ellis, pero sin darme cuenta había ido demorando su crítica hasta que el otro día vi que aún no estaba publicada y pensé: "No puede ser". Cuando lo descubrí en su día, hace ya muchos años, venía de devorar "American Psycho", pero no por ello me impactaron menos los escarceos sin rumbo de este grupo de adolescentes a las puertas de la edad adulta. Unas puertas de las que no tienen las llaves y contra las que se dan cabezazos hasta sangrar. Están solos. Solos porque, como anuncia la apoteósica frase inicial (y Bret Easton Ellis es un genio a la hora de elegir las frases que abren sus libros), "A la gente le da miedo mezclarse".


La novela empieza suave, pero escena a escena, se va volviendo más cruel y explícita. Primero, para que te sientas cómodo en tu nueva habitación de hotel, te presenta la cama: grande, muy señorial, con cabecero de oro y deslumbrantes sábanas de seda. Luego, sin que te des cuenta, alguien levanta esas mismas sábanas para que contemples horrorizado lo que escondían: manchas en el colchón, manchas de sangre, comida, sexo y cosas peores; también cadáveres en vida, demasiado jóvenes para serlo pero cadáveres al fin y al cabo.

Son jóvenes que avanzan hacia adelante, conducen muy deprisa: para no tener que preocuparse de nada más, para no tener que contemplar el paisaje que los rodea, para no tener que mezclarse con el resto del tráfico. Están atrapados; lo saben, pero procuran encontrar formas de olvidarlo. Dinero para sus caprichos y sus drogas no les falta: sus padres son como un cajero sin fondo. Estos jóvenes lo tienen todo, excepto algo que perder. Bret Easton Ellis no intenta que los comprendas ni que sientas lástima por ellos. Tan sólo te muestra cómo gritan "Auxilio" con la angustia de saber que ni siquiera tú, su lector, podrás tenderles la mano. Las frases incisivas del autor van pelando, troceando, desmenuzando sus vidas, despojándolas de la poca humanidad que les quedaba, hasta que no queda más que unas tristes pepitas mal colocadas en el centro de un corazón marrón.


A menudo se define "Menos que cero" como un retrato generacional de la Generación X. Pero excepto una MTV que ya apenas emite vídeoclips en favor de reality shows clónicos y unas conversaciones banales sustituidas por estados banales en Facebook y Tuenti, no creo que hayan cambiado tanto las cosas entre los jóvenes de los 80 y los de la actualidad. Supongo que por eso la novela es ya un clásico moderno: sigue teniendo plena vigencia.

Alguien ha escrito "Auxilio" muchas veces con lápiz rojo en la mesa con letra infantil y hay números de teléfono alrededor de los veinte "Auxilio" y muchas palabras ilegibles alrededor de los números de teléfono.

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He doesn't look a thing like Jesus but more than you'll ever know

Hay un tipo de historias que no me gustan nada. Esas en plan "La Bella y la Bestia", donde la belleza está en el interior pero, qué curioso, al final el príncipe deja de ser un monstruo para convertirse en un apuesto joven que haga buena pareja con la apuesta princesa. Incluso cuando se le intenta dar la vuelta al argumento desde una perspectiva gamberra, como en "Shrek", siempre acabamos en las mismas: la princesa deja de ser una apuesta joven para convertirse en una ogra fea que haga buena pareja con el ogro feo. Si hay vampiros de por medio, estad convencidos de que al final la chica le pedirá al vampiro que la convierta o en su defecto buscarán una forma de humanizar al vampiro. Se diría que en la ficción no hay espacio para lo diferente.


Puede parecer una tontería, pero al fin y al cabo, son las historias de ficción las que moldean nuestra forma de pensar. Y es que ésa es la función original de los cuentos infantiles: enseñar valores y moral a los niños. Pero el pensamiento único me asusta. Por eso, como librero me encantaba tener en las estanterías libros infantiles que se salían de la norma. Tres Con Tango, por ejemplo, o "¡Sígueme! (Una historia de amor que no tiene nada de raro)", que mediante ilustraciones bellísimas narraba la relación amorosa entre un elefante y una hormiga. Y sí, al final del cuento el elefante seguía siendo un elefante y la hormiga, una hormiga. Porque es cierto que no eliges quién te impacta, pero tienes que apechugar con ello. No cambiará mágicamente para parecerse a ti como en los cuentos Disney.


Yo creo en el poder de la diferencia. Cada vez más. Aprender de esa diferencia, complementarse. Considero que los contrarios tienen muchas más cosas en común y pueden aportarse más el uno al otro que los iguales. No creo que sea casualidad que mi grupo favorito, Pet Shop Boys, se base precisamente en el choque entre dos personas tan diferentes: Neil Tennant (culto, educado, hablador, elegante, aficionado de la música clásica, escribe las letras) y Chris Lowe (fiestero, con cierto toque travieso, callado, ropas casual, aficionado a la música dance, compone la música). Llevan tocando juntos 25 años.

Che Guevara and Debussy to a disco beat. (Pet Shop Boys)

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First step is taken when you say it

Stop overthinking everything. (Cougar Town)

Decisiones. De eso hablaba este fin de semana con una amiga. De lo especialitos que podemos ser a la hora de tomar decisiones. De cómo a veces cuesta reunir el valor de tomar una decisión que sabemos que hay que tomar, y cómo en cambio, otras decisiones absurdas o incluso contraproducentes las tomamos al vuelo, sin pensarlo dos veces.

Yo, de por sí, soy bastante indeciso. Hasta hace poco, las grandes decisiones las demoraba cuanto podía, daba vueltas y vueltas a los pros y los contras, me aferraba a cualquier excusa para mantener las cosas intactas... Hasta que el tiempo pasaba (tiene esa manía, el tiempo) y las decisiones me acababan acorralando y ya no quedaba otra opción que decidir. Dejaba que las decisiones llegasen a mí, por así decirlo. Pero de un tiempo a esta parte, consciente de que es bueno tener más iniciativa, intento "forzarme" a tener más poder de decisión. Siempre consciente de las consecuencias, claro. Se trata de encontrar un término medio entre la temeridad y la cobardía. No me va mal.

Y cuando me cuesta, de vez en cuando delego esta responsabilidad en las canciones. Un método absurdo, pero útil para gente indecisa como yo. Cada cual tiene sus supersticiones. Algunos se fijan en el color de la ropa del próximo que entre en el bar. Yo pongo mi reproductor mp3 en modo aleatorio, elijo un número, me hago mentalmente la pregunta y paso las canciones correspondientes al número elegido. La canción que suene después contiene la respuesta. Por ejemplo: la otra noche estaba a punto de coger el autobús, elucubrando sobre si me convenía volver a una discoteca por razones que no vienen al caso. Utilicé este método y saltó, cómo no, "Let's Dance" de David Bowie. La respuesta no podía ser más clara ni elocuente.

Lógicamente, con este método tan tonto (no deja de ser una versión más elaborada de tirar una moneda a cara o cruz) se corre el peligro de no obedecer a esa señal que habías pedido. Poner excusas: "Bueno, esta canción no cuenta, porque creo que he adelantado 4 canciones en vez de 5" o "Mejor paso una más, que ésta es un remix". Cuando ignoras las señales que pides suele ser porque en realidad ya habías tomado otra decisión de antemano.


Supongo que también existe el riesgo de depender demasiado de este método, pero al menos en mi caso ocurre justo al contrario, cada vez soy más decidido por mí mismo y últimamente me encuentro haciendo y diciendo cosas que antes no habría hecho ni dicho. Y no me arrepiento.  Porque en realidad, esas señales en las que uno se apoya (una canción, una frase de un libro, el color de la ropa de la próxima persona que entre en el bar, la marca del último coche del semáforo, una bola de cristal, etc) no son importantes: el valor de tomar una decisión depende de ti. Siempre. Más vale buscar ese pequeño empujón externo que quedarse agarrotado.

Los caminos se pierden cuando se ponen excusas. (Yamamoto Tsunetomo)