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I will follow you, you will be my main direction

Estas últimas semanas, llevo ya vistas unas cuantas películas y leídos unos cuantos libros que abordan el tema del papel del escritor, del artista en general. Y no es otro que el de aportar un poco de luz con sus escritos, con su obra, porque la vida real ya es lo bastante árida. Y ésa es la responsabilidad del artista: dar esperanza. He tardado años en darme cuenta de ello.


Empecé a escribir para desahogarme. De adolescente, vertía en el papel todo mi sufrimiento, todo aquello que me torturaba o que no me atrevía a decir y me quemaba por dentro, como un mal vaso de palinka. En realidad, me regodeaba en ese dolor y lo compartía no para obtener compasión, sino comprensión, pretendía que al leer mis escritos -tan lúgubres ellos- la gente me hablase también de su dolor. Y lo conseguía: el dolor alimenta el dolor, la tristeza a la tristeza.

Luego fui feliz y dejé de escribir durante muchos años, lo cual fue una lástima. Mi ex me insistía a menudo (con toda la razón) que no debía dejarlo, que tenía que seguir escribiendo. Fue él quien me empujó, de hecho, a abrir este blog que durante dos años no sentí mío. Escribía tonterías más por hacer algo que por voluntad real. Iba espaciando las entradas y ni siquiera cuando algún libro me impactaba dejaba constancia aquí.

Sólo cuando el cuento de hadas terminó, opté por retomar el blog y un par de antiguas novelas que tenía a medias: una trataba del desamor y la muerte, la otra del futuro desolador que (quizá) nos espera. Nuevamente escribía para desahogarme, para hablar de cosas que por una razón u otra no me atrevía a decir en persona ni parecía correcto que las dijera en sitios más "públicos", como Facebook. Volvía a mis orígenes: regodearme en el dolor y las preocupaciones.


Pero, poco a poco, ocurrió algo curioso. Me fijé en que las películas, las canciones, las series, los libros que más me emocionaban ahora eran aquellos que tenían un mensaje de esperanza. No ignoraban el dolor, porque no se puede ignorar el dolor, pero confiaban en las bondades del presente... y del futuro. "Sky Fits Heaven" de Madonna, por ejemplo (Nothing takes the past away like the future). O los libros de Albert Espinosa (Las pérdidas se convierten en ganancias). O la serie "How I Met Your Mother" (Sometimes things need to fall apart to make way for better things). O la película "Happy Thank You More Please" (Sadness be gone). Empecé a fijarme en cómo me molesta la gente que se está quejando contínuamente, comentando sólo las cosas malas de su día a día, cuando estoy convencido de que también les pasan cosas buenas (aunque sea comerse un delicioso plato de lentejas: ya es un buen principio). Opté por corregir en mí mismo esa negatividad que me incomodaba en los demás. Si me gusta tanto que me hagan feliz, ¿por qué no intentar yo hacer felices a quienes me rodean?

Me planteé empezar a escribir una nueva novela. Una comedia, quizá. Pero al ir a despedirme de las que ya tenía a medias y seguramente quedarían inconclusas, derrotadas por un presente del que sentía que ya no formaban parte, me fijé en que la semilla del optimismo siempre estuvo allí, en esas páginas tan tristes, tan terrible. Son novelas que hablan de nuevas oportunidades, siempre lo han hecho, sólo que en mi ceguera, yo no se las permitía disfrutar a mis personajes. Como en "El Principito", en mis escritos sólo veía un sombrero, y no me daba cuenta de que en realidad estaba escribiendo acerca de una serpiente que se ha comido a un elefante. Sólo hacía falta cerrar los ojos, escuchar atentamente y abrir los ojos con una mirada completamente nueva, como Annie al final de "Happy Thank You More Please". También se lo decía el personaje de Kathy Bates al protagonista de "Midnight in Paris": Debes dejar espacio a la imaginación.


De repente, surgió en mi mente un breve diálogo que me aclaró por completo de qué va la novela que más ganas tengo de terminar. Fuera de contexto, no entenderéis porqué me gusta tanto, porqué supone no un giro, sino un nuevo enfoque, una nueva meta, una semilla germinando al fin. Con estas dos líneas, comprendí que no tenía a medias esta novela por desidia sino porque sólo ahora -ahora y no antes- puedo escribirla. Y por eso, aunque no comprendáis el significado, me gustaría compartir el diálogo:

-¿Cuántos David existen?
-Eso depende de ti: ¿cuántos David estás dispuesto a perdonar?

¿Y el blog? En enero estaba convencido de que lo abandonaría en cuanto estuviera mejor de ánimos. Ha ocurrido justo lo contrario: ahora que estoy tan bien, tan feliz, me cuesta más que nunca abandonarlo. Me gusta ir comentando las películas y los libros de los que disfruto. Me gusta ir compartiendo pedazos de las cosas buenas que voy descubriendo, de todo lo que estoy aprendiendo a estas alturas, con 28 años (pronto 29). No me cuesta nada dedicarle un rato cada día, preparar una entrada diaria. Me gusta ver su evolución. A mejor, al menos para mí. Me gusta que completos desconocidos lo comenten, que compartan sus experiencias, su sabiduría y me recomienden libros o películas que les han marcado, y me gusta que mis amigos hagan lo propio. Si alguna entrada os hace sonreír, me doy por satisfecho. Porque eso es lo que intento, aportar una sonrisa cada día. Es mi pequeña revolución.


De hecho, ya lo dice el propio título: "Sombras de neón". No lo elegí yo y lo cierto es que nunca me había planteado qué significaba. Pero ahí está, ahí ha estado siempre, y ahora comprendo porqué no lo cambié en la nueva etapa, cuando incluso hubo gente que me lo sugirió: la vida está llena de sombras, pero en nuestras manos tenemos las herramientas para pintarla de colores. Colores vibrantes, de neón. Colores felices.

More, please.

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2 comentarios:

Lidia dijo...

Hay la terrible adolescencia. De jovencita pensaba q la felicidad mataba la creatividad. Pensaba q, la tristeza y la melancolía, lo envolvía todo en un halo de magnífica belleza. Ese pensamiento era algo terrible para mí, pues me colocaba en una inquietante paradoja, porque mi mayor deseo era escribir cosas preciosas, q conmovieran el corazón de quien las leyese, pero mi esencia era, y es, tremendamente optimista y tendente a la felicidad sin fin. Aún así, nunca dejé de escribir, por pura necesidad. La escritura es para mí, mi “pensadero” particular. Creo q el escritor (indiferentemente de q vea o no publicado sus escritos) es un hambriento, un sediento y necesita unir palabras, hacerlas danzar, para poder sobrevivir.
Me encanta q hayas retomado tus escritos. Me encanta ese nuevo enfoque q quieres darles (tb a tu vida). Me encanta q quieras seguir compartiendo con nosotros tu sensibilidad. Me encanta tu “pequeña revolución”.

Lleonard Pler dijo...

Ayer hablábamos de esto y hoy he venido por casualidad a esta entrada, he visto que había una réplica sin contestar y, claro, era la tuya. Los escritores tenemos la responsabilidad de dar esperanza. Nuestros libros son pequeñas hogueras en el bosque. Gracias, Lidia.

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