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Your goodnight kiss felt like a ghost

No recuerdo su nombre, sólo su nick: Chinarro. Tiene una sonoridad basta, y sin embargo lo recuerdo con cariño. No fue mi novio, ni siquiera fue mi amante, y al mismo tiempo fue el novio y el amante más perfectos que he tenido (entendiendo por perfección aquello que nunca se estropea; aunque lo cierto es que hay cosas mucho mejores y más interesantes y disfrutables e intensas que la perfección: 7 años lo corroboran). En realidad, Chinarro sólo era el "amigo" -todo lo amigo que puede ser alguien con quien has chateado por IRC algunas noches- en cuya casa me alojé la primera vez que estuve en Madrid, aquel enero de 2001. Encontré el edificio, en pleno Leganés, sin dificultad. Es curioso cómo en aquella época nos orientábamos perfectamente sin necesidad de consultar el GPS de nuestro smartphone: dos garabatos en un papel eran suficiente mapa.


El caso es que esos días, Chinarro tenía a su madre en el hospital, así que no podía acudir al evento que de verdad me había llevado a Madrid: una quedada de la gente de un foro y un canal de chat que yo había creado. (Otro día quizá hablaré de todo aquello.) Intercambiamos cuatro frases, como viejo amigos que no necesitan perder el tiempo en formalidades, dejé la maleta en su casa y me despedí con prisas hasta la noche, el resto del día lo dedicaría a la quedada. Y así lo hice. Volver a Leganés de noche no fue tan fácil, e incluso me equivoqué de autobús y acabé perdidísimo, bajo la lluvia intermitente, sin batería en el móvil, con las calles desiertas y cabinas rotas que inspiraban de todo menos confianza. Pasé un poco de miedo, pero tras media hora deambulando, encontré la casa otra vez. Lo dicho: entonces nos orientábamos mejor.

Al llegar, Chinarro me recibió con un abrazo muy fuerte, como el que le habría dado Penélope a Ulises si las cosas hubieran sido de otra manera y aún le hubiera echado de menos y se alegrase de tenerle de vuelta en Ítaca. Con él pasé una de las noches más extrañas y más bonitas de mi vida. Como siempre ocurre con las mejores conversaciones, hablamos de todo y nada. Bebíamos no recuerdo qué alcohol, a sorbitos, como con miedo de acabarlo demasiado pronto o de emborracharnos demasiado deprisa y dejar de disfrutar de aquello. Hablamos de mi historia y mi fiasco con P, de los problemas que tenía él con su novio, de nuestras experiencias y primeros escarceos. Hablamos, claro, de su madre enferma, de las enfermedades en general, de la muerte y el miedo a la muerte. Hablamos de la gente de la quedada, gente a la que intuíamos que él no llegaría a conocer, aunque dijéramos: "Seguro que te caerán genial", "Sí, tengo ganas de conocerles". Acurrucados en su sofá y siempre escuchando la lluvia contra la ventana, parecíamos una puta película de Isabel Coixet.


Cuando ya eran las tantas, hizo un colacao para los dos y calentándonos las manos con las tazas humeantes, nos dispusimos a ver algunas escenas de la serie que nos había unido. Pero a los cinco minutos, ya no prestábamos atención a la pantalla. Con la gente que merece la pena, lo que te ha unido es sólo una excusa, es absurdo aferrarse a ello cuando la conexión va mucho más allá. Seguimos hablando de muchas cosas que en aquella época, con 18-19 años, nos parecían trascendentes. Pasamos del amor a la política, del sexo a la música. Puede que incluso habláramos de lo que escribíamos, de literatura. En resumen: jugábamos a hablar como adultos. Éramos muy, muy distintos, opinábamos muy diferente en todo, o en casi todo. Pero allí estábamos, compartiendo sofá y risas y colacao y lluvia.

Nos dimos un beso fugaz antes de acostarnos. Ya nos habíamos cepillado los dientes, cada cual se iba a su habitación y entonces me dijo: "Ven". Y fui. Él se tumbó en la cama de sus padres, iba en calzoncillos. Yo supongo que también, no me acuerdo pero no suelo llevarme pijama cuando voy de viaje. Me abrazó y, sonriendo, sin decir nada ni pedir permiso, me besó. Fue un beso corto y dulce, como todos esos besos inesperados que no has tenido que trabajarte y que, curiosamente, suelen llegar de golpe cuando más los necesitas (sin que sepas que van a llegar, sin que sepas que los necesitas: ahí está la gracia). Me encanta la cara, apenas un segundo después del beso, de quien te ha besado: traviesa, como diciéndote "Pues sí, lo he hecho". No sé si la cosa podría haber ido a más, pero Chinarro dijo: "Buenas noches". Y yo lo repetí: "Buenas noches". Volví a mi cuarto.


Antes de marcharme a la mañana siguiente, me regaló un móvil que le sobraba ya que el mío empezaba a funcionar fatal. Chinarro y yo no volvimos a vernos, de hecho perdimos el contacto al cabo de poco tiempo, cuando él desapareció del foro. Por algún motivo, me dio mucha pena desprenderme de aquel Motorola suyo y de hecho, aunque ya no lo usaba, durante varios años lo guardé en un cajón, pero se perdió durante una mudanza. Lo metí en una caja y, al volver a abrirla, ya no estaban allí. Las cosas importantes siempre se pierden de la forma más tonta.

Ya lo he dicho al principio: sin ser nada de todo eso, Chinarro fue el novio y el amante perfectos. Hablamos mucho, no discutimos nunca, compartimos cosas buenas durante una noche eterna, no llegaron las infidelidades ni la desgana de sexo, nos despedimos sin dramas, soy capaz de recordar nuestro último beso. No fuimos absolutamente nada, lo nuestro duró justo lo que tenía que durar. Pero la vida no es perfecta, y quizá por eso nos gusta tanto. Quizá por eso no guardo esta historia en el cajón de los buenos recuerdos. Aquello fue bonito, pero también irreal, y prefiero la realidad antes que la perfección. Prefiero recordar 7 años muy bonitos que acabaron mal que una noche perfecta. La perfección, como la vida eterna, conlleva aburrimiento. Es más interesante disfrutar de las cosas imprevistas e imprevisibles que llegan, dejarse llevar por ellas, disfrutarlas con toda su intensidad, sin pensar en una hipotética caída. El puenting no sería tan emocionante si no existiera un mínimo riesgo de que algo falle, ¿verdad?

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4 comentarios:

Kuroneko-kun dijo...

Jo! Que bonito! La micro-relación perfecta *O*

Lleonard Pler dijo...

Pero la perfección implica aburrimiento. Aquello fue bonito, pero prefiero la realidad, con todo lo que ella implica. :)

Andrés dijo...

Preciosa historia amigo, a mí me pasó algo (muy remotamente) parecido hace años, en Londres.
Él se llamaba Jeff y era de Canada, ojalá nos hubiésemos dado los mails aquel fin de semana, o quizás fue mejor así, eterno mientras duró...

Por cierto ayer empecé "Los Penúltimos" y me está encantando.

Un abrazo.-

Lleonard Pler dijo...

Qué alegría que te esté gustando "Los Penúltimos", cuando lo termines espero comentario en la entrada del libro ;)

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